Capítulo 33: La aparición de Jesús en el monte

Introducción
Lectura y comprensión del evangelio
Enseñanza teológica y espiritual
Lectura y meditación

1. Introducción

Después de su resurrección, Jesús se apareció a los discípulos en la montaña y les encargó que proclamaran la Buena Nueva en todo el mundo. Quien responde a sus palabras cree en Jesús y recibirá el bautismo como un discípulo bien preparado para el reino de Dios. Por lo tanto, el bautismo es el resultado de la escucha de la enseñanza y de la conversión de la vida. Jesús prometió permanecer junto a la Iglesia hasta el final de los tiempos. Él es el Enmanuel, Dios con nosotros, la garantía de la vida de la Iglesia y de su constante renovación.
¿Cómo te llegó la Buena Nueva? ¿De quién? ¿Estás preparado para ser discípulo del reino de Dios? ¿Cuáles son los efectos del bautismo en tu vida? Eso es lo que discutiremos en nuestra reunión de hoy.

2. Lectura y explicación del evangelio

La aparición en el monte (Mt 28,16-20)

16Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. 17Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron. 18Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. 19Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; 20enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».

2.1 Explicación

Este texto presenta el último acontecimiento del evangelio según Mateo, en el que Jesús ofrece las últimas indicaciones que el creyente necesita. Podemos compararlo con aquel que, estando cercano a la muerte, declara su último testamento a sus hijos: antes de dejar este mundo, les manifiesta todo su amor y les da los consejos que guarda en su corazón. El texto expone las últimas palabras de Jesús, el último mandamiento del que ha resucitado de la muerte. Después del acontecimiento de la resurrección y del conflicto de los dirigentes judíos (Mt 28,1-15), viene esta aparición como el final del evangelio de Cristo y, al mismo tiempo, como el comienzo del evangelio de la nueva vida en Cristo. Así pues, este texto, por una parte, representa el punto de llegada o el punto culminante de todos los demás relatos del evangelio de Mateo; y, por otra parte, marca el punto de partida de otra narración. Con este texto concluye la historia de la misión de Jesús y se marca el comienzo de la historia de la misión de los discípulos.
En la primera parte de este texto (vv. 16-17), la «cámara» se detiene en los once discípulos, en Galilea, en la montaña, sin poder registrar ninguna de sus palabras. Galilea, que fue el lugar de la actividad misionera de Jesús en Israel, se convierte en el lugar de apertura a los demás pueblos (Mt 4,15), según la visión profética (Is 49,6). La montaña es el lugar de la revelación completa del Señor, el Hijo de Dios (Mt 17,1). Pero los discípulos ya no son doce (como en Mt 10,1), llamados en el evangelio de Mateo «hombres de poca fe» debido a su actitud contradictoria, que oscila entre la adoración y la duda.
En la segunda parte (vv. 18-20), Jesús es el centro de este acontecimiento. Sus palabras adquieren un carácter litúrgico y sus expresiones son de una importancia solemne. La proclamación del Pantocrátor (v. 18b), del Señor del Mundo, del Todopoderoso, es un eco de lo que leemos en el libro de Daniel (Dan 7,13-14) que profetizó que el Hijo del hombre vendría, con poder y gloria, para ser adorado por todos los pueblos. Esto habla del poder total y absoluto de Jesús, fundamento y justificación de la misión de la Iglesia. En cuanto al «envío» (vv. 19-20a), ello demuestra claramente lo que significa ser discípulo. «Hacer discípulos» es la obra esencial que la evangelización de los pueblos implica (Is 42,6), el bautismo es solo un paso dentro del ámbito del auténtico discipulado. La promesa de la presencia constante del Señor —«Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (v. 20b)— asegura al creyente en su camino, pues el Enmanuel (Mt 1,23) se compromete a permanecer con cada discípulo, con cada creyente.

2.2 Resumen y práctica

Esta escena se centra en la divinidad de Cristo y su lugar en la Santísima Trinidad y en la Iglesia. Jesús es la clave para el conocimiento del mundo de Dios. Jesús nos ha revelado al Padre y al Espíritu Santo. Al mismo tiempo, Jesús es el principio y el fundamento de la Iglesia. En este pasaje del evangelio se define la acción de la Iglesia: su campo abarca «todas las naciones», es «universal», y su papel consiste principalmente en hacer discípulos, predicar y enseñar la Palabra de Dios. Por lo tanto, la divinidad de la Iglesia está estrechamente ligada a la misión, especialmente en lo que se refiere a las tres funciones sacerdotales: la enseñanza, la santificación y la administración. En efecto, la enseñanza inflama el corazón que, por el arrepentimiento y el bautismo, se santifica y, a su vez, se convierte en testigo de la Buena Nueva del amor de Dios.

3. Enseñanza teológica y espiritual

El sacramento del bautismo

El sacramento del bautismo es la clave de la vida cristiana. Después de la conversión de la persona, el Señor le pide que declare su fe; luego lo recibe como hijo. El sacramento del bautismo es rico en significados. He aquí algunos:

  • El bautismo es una doble declaración pública: por un lado, el candidato al bautismo se presenta con sus padrinos para declarar ante la Iglesia que cree en el amor de Dios. Esta declaración es la respuesta del creyente a la invitación que Dios le ha hecho a través de experiencias previas en la Iglesia. Por otra parte, Dios confirma y consolida esta aceptación de la fe a través de la proclamación de la adopción, repitiendo las palabras que pronunció en el Jordán en el bautismo de Jesús: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3, 17). Por eso, la celebración del bautismo termina con la oración del Padre nuestro, recitada por el nuevo cristiano junto con toda la comunidad reunida, cuyos miembros han aceptado la incorporación de este nuevo hijo de Dios.
  • A través del bautismo, el creyente se convierte en miembro de la Iglesia. La fe es un asunto personal, pero no individual. Mi fe está ligada a mi vida y a mis experiencias, es una elección de vida y esta es la dimensión personal de la fe. Pero vivo todo esto gracias a la Iglesia y con ella: esta es la dimensión comunitaria. El bautismo es, por lo tanto, la entrada en esta comunidad. En el rito maronita, comenzamos la celebración en la puerta de la Iglesia (como se hacía tradicionalmente en el rito católico latino), y al final de la ceremonia llegamos en procesión frente al altar cantando.
  • El bautismo es también un signo de arrepentimiento y de perdón de los pecados. El hombre nace en un mundo marcado por las pasiones, las seducciones y las inconsistencias de la vida. Esto es lo que llamamos «el pecado del mundo». El bautismo es la gracia que necesitamos para elegir la voluntad divina. Así, por nuestra parte, hacemos la promesa de vivir la conversión con un corazón sincero. También pedimos al Señor su gracia para permanecer fieles a él. Por parte de Dios, el bautismo significa el verdadero perdón de todos los pecados que hemos cometido en el pasado, y también la seguridad de que su gracia nos acompañará a lo largo de nuestra vida. De hecho, la mayor gracia que recibimos de este sacramento es el don del propio Espíritu Santo: «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?» (1 Cor 3,16). El Espíritu nos consuela, fortalece, ilumina y guía.
  • A partir de ahí, san Pablo dice que el bautismo es una muerte con Cristo, de modo que la persona, «el hombre viejo» que éramos antes, también muere, y con él renunciamos a todo lo que impida nuestro crecimiento según la voluntad de Dios. El bautismo es un nuevo nacimiento a una nueva vida en Cristo; el hombre nuevo acoge a Cristo y se compromete a avanzar con él, a dar testimonio de su amor en el mundo.

4. Leer y meditar

Lectura de Teodoro de Mopsuestia (350-428)

La adopción en el bautismo

Cuando el sacerdote [obispo] dice: «En el nombre del Padre», debes recordar las palabras pronunciadas por Dios Padre: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17). Cuando diga: «Del Hijo», toma estas palabras para referirte al que estaba presente en el hombre que ha sido bautizado, y reconoce que ha obtenido la adopción para ti. Cuando diga: «Y del Espíritu Santo», recuerda al que descendió en forma de paloma y permaneció en él, y en definitiva recuerda que tu adopción también será confirmada por el mismo Espíritu. Porque, como dijo san Pablo: «Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios» (Rom 8,14). La única adopción verdadera es la concedida por el Espíritu Santo, pero no es genuina si el Espíritu no está presente para producir el efecto y animarnos a recibir el don en el que tenemos fe. Y así, por la invocación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, has recibido la gracia de la adopción.
Entonces sales de la fuente bautismal. Has recibido el bautismo, el segundo nacimiento. Por tu inmersión, cumpliste la sentencia de sepultura; al salir, recibiste la señal de la resurrección. Has nacido de nuevo y te has convertido en una persona completamente diferente. Ya no perteneces a Adán, que estaba sujeto al cambio, porque estaba afligido y abrumado por el pecado. Ahora perteneces a Cristo, que estaba completamente libre de pecado a través de su resurrección, y de hecho no había cometido ningún pecado desde el principio de su vida. Porque era justo que él tuviera desde el principio la propiedad de la naturaleza inmutable que recibió en su totalidad en la resurrección. Así es como nos confirma la resurrección de los muertos y la participación en su liberación de la corrupción.

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