Capítulo 32: Los discípulos de Emaús

Introducción
Lectura y comprensión del evangelio
Enseñanza teológica y espiritual
Lectura y meditación

1. Introducción

Los dos discípulos de Emaús salieron de Jerusalén. Estaban muy decepcionados porque el «proyecto de salvación» había terminado en una vergonzosa muerte en la cruz. Jesús se les apareció, en su inseguridad y dudas, en la tarde del día de su resurrección, para explicarles el lenguaje de la resurrección y enseñarles a crecer en la fe. Podemos entender lo que les pasó gracias a lo que vivimos hoy en la liturgia de la Misa. En la primera parte, escuchamos lecturas de las Escrituras y una explicación de ellas; en la segunda parte, partimos el pan y participamos de él en la sagrada comunión. La pregunta sigue siendo: ¿cuál es la mayor decepción que hemos experimentado en nuestras vidas? ¿Hemos descubierto su presencia en nuestras vidas, después de que caminara con nosotros, o todavía tenemos que aprender quién es? ¿Dónde encontramos a Jesucristo en el mundo de hoy, y cuáles son las formas de encontrarlo? Y finalmente, ¿cómo alimenta la Eucaristía nuestras vidas? Estas son las preguntas que intentaremos tratar en nuestra reunión de hoy.

2. Lectura y explicación del evangelio

Camino de Emaús (Lc 24,13-35)

13Aquel mismo día, dos de ellos iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; 14iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. 15Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. 16Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. 17Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?» Ellos se detuvieron con aire entristecido. 18Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?» 19Él les dijo: «¿Qué?» Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; 20cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. 21Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. 22Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, 23y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. 24Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron». 25Entonces él les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! 26¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?» 27Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras. 28Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; 29pero ellos lo apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída». Y entró para quedarse con ellos. 30Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. 31A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. 32Y se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» 33Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, 34que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón». 35Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

2.1 Explicación

Este pasaje del evangelio se puede dividir en cuatro partes, dependiendo de los lugares y las personas:
A. El camino de Jerusalén a Emaús (vv. 13-14). La distancia de Jerusalén a Emaús es de unos 11 km (60 estadios). Los dos discípulos dejaron Jerusalén y se dirigieron a Emaús. A lo largo de su vida, Jesús estuvo decidido a ir a Jerusalén para morir allí, resucitar y así procurar la salvación al mundo (Lc 9,51). Salir de la ciudad es el camino inverso del viaje de Jesús, y dejar Jerusalén significa abandonar la cruz, la resurrección y la comunidad. Esto provoca sentimientos de decepción y el desmoronamiento de las expectativas mesiánicas.

B. Después de entrar en escena (vv. 15-27), Jesús les explicó las Escrituras: esto equivale a la primera parte de la Misa, la liturgia de la Palabra.

  • Primer diálogo con los discípulos (vv. 15-24): el comportamiento de Jesús es el del buen Pastor que busca a la oveja perdida para devolverla al redil. La presencia de Jesús los lleva a confesar sus miedos y preguntas. Jesús ha venido como confidente, tiene una forma especial de comportarse: se acerca a ellos, camina con ellos, les pregunta y escucha. Los dos discípulos parecen estar tristes, han hablado de los acontecimientos entre ellos y se han recordado mutuamente cómo era su vida. Esperaban una liberación, pero Jesús ha resucitado en un cuerpo transfigurado y sus ojos no le reconocen.
  • Jesús interviene (vv. 25-27): Jesús explica a los dos discípulos el misterio del sufrimiento en las Escrituras. Su explicación tenía por objeto darles la oportunidad de ver los acontecimientos bajo una luz diferente. Les habla del Mesías de las Escrituras, que vino a liberar a su pueblo mediante su crucifixión y muerte. Así, nos encontramos en el clímax del contraste entre la liberación militar y política, lo que se esperaba del Mesías, y lo que realmente ocurrió en su tortura, crucifixión y muerte. Pero ¿cómo se puede reconocer este don gratuito de Jesús, en su sufrimiento y muerte, como liberación y salvación? Solo las Escrituras, que Jesús les explica ahora, dan una respuesta adecuada. Los dos discípulos expresan sus impresiones sobre la explicación de su acompañante con las palabras: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» (v. 32). Su encuentro con Cristo, la Palabra de Dios, inflama sus corazones. Sin embargo, no lo reconocieron, porque su cuerpo se había transformado. En cuanto a la resurrección, podemos decir que es como el grano de trigo que muere en la tierra, se transforma y produce una espiga de trigo, o como la oruga que se convierte en capullo, y luego en mariposa.

C. La fracción del pan al llegar a la casa (vv. 28-32): este detalle de la narración puede compararse con la segunda parte de la Misa. Al llegar a Emaús, el texto habla claramente del ritual de la Eucaristía: «Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando» (v. 30). Luego desapareció ante sus ojos porque se había hecho presente en la Sagrada Eucaristía, y Jesús no estaba presente dos veces en el mismo lugar: su cuerpo luminoso y glorificado es el mismo que su Cuerpo eucarístico. Las Sagradas Escrituras han inflamado el corazón frío y endurecido, y el pan eucarístico ha eliminado la falta de conocimiento.

D. El regreso de Emaús a Jerusalén (vv. 33-35): los dos discípulos instaron a Jesús a que se quedara con ellos, pues la tarde había caído y el día ya había llegado a su fin. Pero cuando lo reconocieron volvieron inmediatamente a Jerusalén, a la comunidad. Así es como la sagrada Eucaristía une a la comunidad dispersa. Su ansioso regreso a altas horas de la noche indica que la comunidad eclesial es más importante que la distancia y el tiempo: garantiza el depósito de la fe y el poder de la comunión.

2.2 Resumen y práctica

El texto del evangelio de hoy nos ayuda en nuestros fracasos, en nuestra debilidad, y nos ayuda también a identificar el mensaje de la resurrección para nuestros sufrimientos. Lo que nos ayuda en esta experiencia es el valor que damos en nuestras vidas a la Palabra de Dios y al santo sacramento del altar. El comportamiento de Jesús, tal y como vemos en este texto, nos enseña el arte de amar a los demás, dondequiera que se encuentren y en la situación en la que estén. Se nos pide que seamos conscientes de los sufrimientos y expectativas del prójimo, que los escuchemos en lugar de predicarles. Y si nos preguntamos dónde encontrar a Jesús en el mundo de hoy y qué oportunidades hay de encontrarlo, la respuesta es: en primer lugar, leyendo y escuchando las Escrituras, que nos santifican si las escuchamos con atención; segundo, a través de la celebración de los sacramentos, especialmente la Eucaristía, que alimenta nuestras almas porque, así como el cuerpo necesita alimento, también el alma lo necesita; también la confesión y la comunión después del bautismo son importantes; tercero, a través de la comunidad eclesial. El regreso de ambos discípulos a la comunidad de los apóstoles, que estaban en Jerusalén, es una clara indicación de que la santidad crece en el corazón de la comunidad y en el amor a los demás.

3. Enseñanza teológica y espiritual

La santa Misa

Los cristianos tienen muchos rituales y recitan muchas oraciones, pero la Misa sigue siendo la celebración más importante. La Iglesia se reúne en el día del Señor para celebrar su resurrección, y considera, sin dudarlo, que cada domingo es una solemnidad y un día santo que observar. Por eso, los fieles acuden con gran alegría a la Misa, sabiendo y creyendo que allí celebran y encuentran al mismo Jesús. La comunidad junto con el sacerdote se convierte en una comunidad de discípulos en torno al Señor Jesús. Una Misa no es simplemente «otra» Eucaristía, pues en la historia solo ha tenido lugar una Misa, una Eucaristía: la Última Cena. Esta única Misa trasciende el tiempo y el lugar y está presente donde se reúnen los fieles. Así, el celebrante es siempre Jesús, y la asamblea son siempre la de los discípulos.
En la Misa hay dos partes principales y esto es así para todas las Iglesias. Hay algunas diferencias, en la variedad de ritos, lengua y música. Pero todas las Iglesias concuerdan en que en la celebración hay dos partes, al igual que en el relato de la aparición de Cristo a los dos discípulos de Emaús: primero, la celebración de la Palabra; luego, la celebración de la fracción del pan. Cada parte va precedida de antífonas y oraciones, pero no es oportuno tratar de ellas en este catecismo ya que no afectan a la esencia de cada parte de la Misa.
La Liturgia de la Palabra, la primera parte de la Misa, alcanza su clímax, después de ciertas oraciones, en la escucha de la Palabra de Dios en la Escritura. Los domingos y las solemnidades se proclaman tres lecturas; entre semana, dos. La primera lectura se elige entre los diferentes libros del Antiguo Testamento o, durante la Pascua, de los Hechos de los apóstoles; la segunda lectura (para los domingos y las solemnidades) se toma de las cartas del Nuevo Testamento o del Apocalipsis; la tercera lectura es un pasaje del evangelio. Luego viene la homilía del sacerdote, que interpreta el significado de la Palabra de Dios para nosotros y explica de qué manera podemos aplicar esa palabra a nuestra vida cotidiana. Las lecturas no están pensadas para ser aprendidas o recordadas de memoria: son una proclamación directa, es decir, Jesús mismo está presente en su Palabra y nos la anuncia a través de la voz del lector. Jesús ha resucitado de la muerte, y su Palabra también está viva y no es simplemente un eco del pasado.
Por lo tanto, Jesús nos habla en la Misa. Y en la segunda parte, es él quien parte el pan cuando el sacerdote pronuncia las mismas palabras del evangelio de la Última Cena. En efecto, Jesús da gracias a Dios Padre por todos sus dones, luego parte el pan y se lo da a sus discípulos. A continuación, el sacerdote invoca al Espíritu Santo, enviado por el Señor sobre la Iglesia: es él quien hace posible la Eucaristía. El Espíritu Santo viene y santifica al mismo tiempo las ofrendas y a la comunidad. De hecho, la comunidad es como la ofrenda, ambas son el Cuerpo de Cristo, cada una a su manera. Por eso, los fieles pueden recibir la comunión, sabiendo que ellos mismos se han convertido también en un Cuerpo Santo. Al final de la Misa, después de la acción de gracias, el sacerdote da la bendición y los fieles se marchan llenos de alegría y alabanza a Dios. Han venido a la Misa con sus ofrendas materiales y espirituales, y se van llevando el «alimento para el viaje». La verdadera bendición consiste en estar con Jesucristo, el Hijo vivo de Dios.

4. Leer y meditar

Lectura de san Gregorio Magno (540-604)

Los discípulos reconocen a Jesús en la fracción del pan

Debo dirigiros unas palabras, aunque estéis en medio de una celebración entre semana. Mis palabras pueden ser aún más útiles, ya que a menudo los alimentos que apenas son suficientes se consumen con más entusiasmo. Voy a explicar el significado de la lectura del evangelio de forma resumida y no palabra por palabra, para que una explicación demasiado larga no sea una carga sobre vuestra amabilidad.
Habéis escuchado, queridos amigos, que el Señor se apareció a dos discípulos mientras transitaban por el camino. Estaban hablando de él, aunque no creían. No se manifestó a ellos con una apariencia que pudieran reconocer, sino que el Señor se comportó ante sus ojos corporales igual que como se hallaba en su interior, a los ojos de sus corazones. Dentro de sí mismos amaban y dudaban a la vez; y el Señor estaba presente para ellos exteriormente, pero no les reveló quién era. Les manifestaba su presencia mientras hablaban de él, pero a causa de sus dudas ocultaba la apariencia por la cual le reconocerían.
En efecto, habló con ellos, les reprochó la dureza de su entendimiento y les abrió los misterios de la Sagrada Escritura que se referían a él. Luego fingió que pasaba de largo, porque seguía siendo un extraño para su fe. En esta ocasión, la Verdad perfecta no hizo nada engañoso, solo se les manifestaba materialmente tal como ellos pensaban en él. Debía revelarse si aquellos que aún no lo amaban como Dios al menos podrían amarlo como un extraño. Como aquellos con los que caminaba la Verdad no podían ser ajenos a la caridad, le invitaron a él, un extraño, a ser su huésped.
Pero ¿por qué digo que le invitaron, cuando está escrito que insistieron? Debemos deducir de este ejemplo que los extraños no solo deben ser invitados, sino persuadidos a la fuerza. Pusieron la mesa, trajeron comida y reconocieron en la fracción del pan al Dios que no habían conocido mientras explicaba las Sagradas Escrituras. No fueron iluminados al escuchar los mandamientos de Dios, sino por sus propias acciones, porque está escrito: «Pues no son justos ante Dios quienes oyen la ley, sino que serán justificados quienes la cumplen» (Rom 2,13). El que quiera entender lo que ha oído, que se apresure a poner en práctica lo que ya ha entendido. El Señor no fue reconocido mientras hablaba, pero se dignó a ser reconocido durante la cena.
Queridos hermanos, amad la hospitalidad, amad las obras de caridad. Se dijo: «Conservad el amor fraterno y no olvidéis la hospitalidad: por ella algunos,
sin saberlo, hospedaron a ángeles» (Heb 13,1-2). También Pedro nos dijo: «Sed hospitalarios unos con otros sin protestar» (1 Pe 4,9). Y la misma Verdad dijo: «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis» (Mt 25,35).
He aquí un hecho que se cree generalmente, transmitido a nosotros por los relatos de nuestros mayores. Un cabeza de familia, con toda su casa, practicó celosamente la hospitalidad. Todos los días recibía a extraños en su mesa, y cierto día se presentó un desconocido y fue invitado a la mesa. Como era su humilde costumbre, el cabeza de la familia quiso lavar sus manos. Se giró para coger el cántaro pero, de repente, no pudo encontrar al hombre sobre cuyas manos había pensado echar el agua. Se preguntó qué había pasado, y esa misma noche el Señor le dijo en una visión: «Otros días me recibiste en mis miembros, ayer me recibiste en persona». Sabéis que cuando venga el día del juicio dirá: «En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40). Sabéis que antes del juicio, cuando es recibido en sus miembros, él mismo busca a quienes lo reciban. Y, sin embargo, no estamos dispuestos a ofrecerle el don de la hospitalidad.
Considerad, amigos míos, cuán grande es la virtud de la hospitalidad. Recibid a Cristo en vuestras mesas para que podáis ser recibidos por él en el banquete eterno. Ofreced ahora la hospitalidad a Cristo, el forastero, para que en el juicio no seáis extraños para él, sino que seáis recibidos en su reino como de los suyos.

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