Capítulo 31: La Resurrección

Introducción
Lectura y comprensión del evangelio
Enseñanza teológica y espiritual
Lectura y meditación

1. Introducción

La idea de la resurrección no era nueva para los judíos. Los fariseos, los doctores de la ley y sus discípulos sabían que la primera mención escritural de la resurrección se encontraba en el Segundo Libro de los Macabeos: «Cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna» (2 Mac7, 9). Más adelante encontramos también: «Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la esperanza de que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida» (2 Mac 7,14). Lo que es nuevo en el mensaje de Cristo es que unió la fe en la resurrección a su persona, cuando dijo: «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11,25). San Pablo añadió: «Si se anuncia que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos de entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Pues bien: si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo ha resucitado. Pero si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe […] Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto» (1 Cor 15,12-14.20).
¿Qué significa la resurrección de Cristo? ¿Cómo se produjo? ¿Es diferente de la de otros resucitados, como Lázaro, la hija de Jairo o el hijo de la viuda de Naín? ¿Qué relación tiene con nuestra vida? Eso es lo que vamos a debatir en la reunión de hoy.

2. Lectura y explicación del evangelio

La resurrección (Mt 28,1-10)

1Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. 2Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. 3Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; 4los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. 5El ángel habló a las mujeres: «Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. 6No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía 7e id aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”. Mirad, os lo he anunciado». 8Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos.
9De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él. 10Jesús les dijo: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

2.1 Explicación

¿Quién? ¿Cuándo? ¿Por qué? ¿Qué vieron?
Mateo
(Mt 28,1-10) María Magdalena y la otra María Al amanecer Para ver el sepulcro Un ángel, vestido de blanco, sentado fuera en la roca de la tumba
Marcos
(Mc 16,1-8) Las mujeres de Galilea que le habían seguido Al amanecer Para ungir el cuerpo de Jesús Un joven, vestido con una túnica blanca, sentado a la derecha
Lucas
(Lc 24,1-12) Las mujeres de Galilea que le habían seguido Al amanecer Para ungir el cuerpo de Jesús Dos hombres con vestidos refulgentes (v. 4)
Unos ángeles (v. 23)
Juan
(Jn 20,11-18) María Magdalena Estaba oscuro No se menciona ninguna razón Dos ángeles vestidos de blanco sentados en la tumba

Este cuadro muestra que el descubrimiento de la tumba vacía por parte de las mujeres no es una prueba de la resurrección, sino solo un signo. El hecho de que fueran al sepulcro se relata de diferentes maneras, y que el cuerpo hubiera sido robado era una posibilidad concebible. Esto es lo que María Magdalena pensó inicialmente, y fue la versión difundida por las autoridades judías. Sin embargo, hay un elemento que se utiliza en las cuatro versiones: la ropa blanca, que es un símbolo de pureza, victoria y alegría. Lo que es particular de la versión de Mateo es el hecho de que, en medio del texto, menciona a los guardias temblando de miedo y como muertos (v. 4) mientras que el ángel está sentado fuera en la piedra que había sido rodada. Estar sentado es un signo de estabilidad. Cristo había resucitado de entre los muertos, pero los guardias se han quedado como muertos. Todas las reuniones de los líderes judíos durante la vida terrenal de Jesús tuvieron lugar con el objetivo de arrestarlo y matarlo; cuando fue enterrado, se reunieron para garantizar la verdad de su muerte (Mt 27,62-66); y cuando resucitó, tuvieron que ocuparse de la noticia de la resurrección (Mt 28,11-15). La presencia de las mujeres en el sepulcro significa que todas las etapas del ministerio público de Jesús están vinculadas, desde Galilea hasta Jerusalén, a través de la muerte, la sepultura y la resurrección. Ellas son el «núcleo» fiel que conoce toda la vida pública de Jesús. En efecto, el hecho de que se mencione su presencia muestra indirectamente la ausencia de aquellos que deberían haber estado allí: los discípulos a los que Jesús llamó y luego enseñó durante tres años. La fidelidad de las mujeres a Cristo es sorprendente, con razón fueron llamadas apostolae apostolorum, «apóstoles de los apóstoles». Jesús les pidió que fueran y transmitieran a los discípulos la buena noticia de que debían reunirse en el monte de Galilea, abierto a la tierra de los gentiles. Así, se indica que la misión no se limita al mundo judío.
El verbo «resucitar» se utiliza en los cuatro evangelios, ya sea en tiempo futuro o en pasado simple (el aoristo). Sin embargo, nunca lo encontramos en tiempo presente («está a punto de resucitar») o en pretérito imperfecto («estaba resucitando»), que indica un pasado continuo. A primera vista, esto nos dice que durante la acción misma no se hizo ningún registro de la resurrección, nadie conocía los detalles de este evento. Este verbo también se utiliza en los evangelios en la forma pasiva («fue resucitado»), pero en los Hechos de los apóstoles y en Pablo encontramos este verbo en una voz activa con un sujeto que es Dios: «pero Dios lo resucitó» (Hch 2,24), «a este Jesús, Dios lo resucitó» (Hch 2,32), «tenemos fe en Aquel que resucitó a nuestro Señor Jesús» (Rom 4,24).

2.2 Resumen y práctica

La resurrección es un acontecimiento real e histórico, pero su experiencia sigue siendo siempre nueva para todas las generaciones. La resurrección de Jesús no fue una vuelta a la vida terrenal a la manera de una «resucitación o reanimación», como en los casos de Lázaro, el hijo de la viuda de Naín y la hija de Jairo (su vuelta a la vida fue gracias a Jesús y murieron pasado un tiempo). La resurrección de Jesús, por otro lado, fue una transición a una nueva vida, más allá del tiempo y del espacio. Su resurrección ha hecho que cada creyente y cada bautizado tenga la oportunidad de experimentarla. De hecho, los creyentes que a través del bautismo se unen a Cristo participan ahora, de forma real pero escondida, en la vida celestial de Cristo resucitado, como dijo san Pablo: «Por el bautismo fuisteis sepultados con Cristo y habéis resucitado con él, por la fe en la fuerza de Dios que lo resucitó de los muertos» (Col 2,12). A través de su obediencia, Cristo transformó la muerte de una maldición a una bendición. Por eso podemos decir con san Pablo sobre la muerte: «Para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia» (Flp 1,21); y con santa Teresa del Niño Jesús: «No muero, sino que entro en la vida».

3. Enseñanza teológica y espiritual

El misterio de la redención: La resurrección

¿Cómo es que la muerte devora la vida? Cristo resucitado rompió las cadenas de la muerte. La muerte tuvo que ser destruida en su propia casa, el Señor de la Vida entró en el lugar de los muertos y liberó a todos los rehenes de sus tumbas. Su resurrección no era un paso atrás, como si quisiera recuperar lo que perdió con su muerte, por ejemplo, su cuerpo mortal, como si la muerte fuera un error que debía ser suprimido. En cambio, su resurrección era un paso adelante, un paso a través del cual entró en la gloria del cielo, donde estaba antes de su encarnación. Ahora morará para siempre en el cielo en su cuerpo glorificado.
¿Qué es un cuerpo glorificado o un cuerpo espiritual? Leemos en el evangelio que Jesús, después de resucitar, caminaba con sus discípulos y comió con ellos. Su resurrección es, por lo tanto, una realidad, ya que pudo estar en contacto con ellos, estar presente entre ellos, hablar con ellos. Al mismo tiempo, podía entrar en una habitación cuando las puertas estaban cerradas; no necesitaba que se las abrieran porque, por su resurrección, superó las limitaciones del cuerpo. El cuerpo glorificado es un cuerpo liberado de las necesidades, deseos y limitaciones del cuerpo físico, pero que sigue utilizando muchas de sus funciones y habilidades. El cuerpo glorificado no es un cuerpo que pueda ser experimentado solo por los sentidos. Por eso, Jesús se aparecía y tomaba la iniciativa para que otros pudieran verlo. La resurrección de Jesús es la plenitud de la humanidad deseada por la gracia de Dios para nosotros. Cuando Jesús murió, la comunidad de discípulos se dispersó en una desesperación mortal. Cuando resucitó, se puso de nuevo en marcha para buscarlos, ya que quería dar vida de nuevo a su comunidad y deseaba que sus amigos también experimentaran la resurrección. Por eso Jesús comenzó a aparecerse a ellos, una y otra vez, explicándoles lo que le había sucedido, que su muerte y su resurrección eran un cumplimiento de lo que está escrito en el Antiguo Testamento. Los discípulos entonces entraron en el misterio de la resurrección y, al mismo tiempo, en el misterio de la persona de Jesucristo. Su resurrección reveló el misterio de su identidad. Así, comenzaron a recordar lo que él les enseñó y realizó estando entre ellos, entendiendo más claramente los acontecimientos pasados que habían experimentado juntos.
En el mundo judío, Jesús no era el único maestro que reunía discípulos a su alrededor. Tales círculos de discípulos se dispersaban después de la muerte del maestro. Los discípulos de Jesús, en cambio, se reunieron de nuevo después de su muerte, ya que su maestro estaba vivo y presente en medio de ellos. Su encuentro es un signo de que el Señor ha resucitado. Por este hecho, la sagrada Eucaristía adquiere pleno significado. Jesús resucitado comió varias veces con sus discípulos, como si quisiera recordarles la última comida que había compartido con ellos la noche anterior a su muerte y las palabras que había pronunciado en aquella ocasión: cada vez que se reunieran, él estaría presente entre ellos, y les daría su cuerpo partido y el cáliz de su sangre como signo de su amor, de su muerte y resurrección. Esta experiencia fue suficiente para que los discípulos se lanzaran al mundo, proclamando que Cristo había resucitado. Ellos, a su vez, ofrecieron sus vidas y derramaron voluntariamente su sangre, dando testimonio de la verdad de la fe que habían recibido del Señor.

4. Leer y meditar

Lectura de san Cirilo de Jerusalén (313-386): ¡Ha resucitado!

«Alégrate, Jerusalén y regocijaos con ella todos los que la amáis» (Is 66, 10a) pues Jesús ha resucitado. «Llenaos de alegría por ella todos los que por ella hacíais duelo», al conocer los crímenes y delitos de los judíos. Pues el que fue deshonrado por ellos en estos parajes ha sido devuelto de nuevo a la vida. Y así como la conmemoración de la cruz aportó algo de tristeza, así la fausta noticia de la resurrección debe alegrar a los aquí presentes. «Has trocado mi lamento en una danza, me has quitado el sayal y me has ceñido de alegría» (Sal 30,12); «Mi boca está repleta de tu alabanza y de tu gloria todo el día» (71,8), por causa del que, después de su resurrección, dijo; «Alegraos» (Mt 28,9). Sé que en los días pasados los que aman a Cristo estaban tristes cuando, al terminar nuestro discurso sobre la muerte y la sepultura, y sin hacer un anuncio de la resurrección, el ánimo estaba expectante para oír lo que deseaba. Pero aquel, después de muerto, resucitó «libre entre los muertos» y como libertador de los muertos. El que ignominiosamente fue coronado en su paciencia con corona de espinas, al resucitar se ciñó con la diadema de la victoria sobre la muerte.

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