Capítulo 30: Camino del Calvario

Introducción
Lectura y comprensión del evangelio
Enseñanza teológica y espiritual
Lectura y meditación

1. Introducción

El misterio de la encarnación y el misterio de la redención son dos elementos importantes de la fe cristiana. Precisamente a estas creencias se oponen vehementemente otras religiones. Nuestro Dios se hizo hombre y murió en la cruz. El que fue clavado en la cruz entre el cielo y la tierra no era una imagen divina ni una criatura que se pareciera a Dios. Por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación, el Mesías, el Cristo, se encarnó y nos salvó por su muerte y resurrección.
Nos preguntamos, por supuesto, por qué decidió sufrir de esta manera. ¿Cómo podemos entender su firme decisión de curar y perdonar a los que lo crucificaron, así como al ladrón arrepentido, a pesar de su gran sufrimiento? Y nosotros, ¿cómo podemos experimentar su resurrección y su victoria en medio de los problemas de nuestra vida, nuestras preocupaciones y nuestras enfermedades? Eso es lo que vamos a tratar de compartir hoy a través de nuestra meditación sobre Cristo, recorriendo el camino del sufrimiento hasta el Calvario y pronunciando sus palabras de perdón desde la cruz, antes de su muerte.

2. Lectura y explicación del evangelio

Camino al Calvario, a la crucifixión y a la muerte (Lc 23,26-49)

26Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús. 27Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él. 28Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, 29porque mirad que vienen días en los que dirán: “Bienaventuradas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado”. 30Entonces empezarán a decirles a los montes: “Caed sobre nosotros”, y a las colinas: “Cubridnos”; 31porque, si esto hacen con el leño verde, ¿qué harán con el seco?» 32Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él. 33Y cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. 34Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Hicieron lotes con sus ropas y los echaron a suerte. 35El pueblo estaba mirando, pero los magistrados le hacían muecas diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido». 36Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, 37diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». 38Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos». 39Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». 40Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? 41Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo». 42Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». 43Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso». 44Era ya como la hora sexta, y vinieron las tinieblas sobre toda la tierra, hasta la hora nona, 45porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. 46Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Y, dicho esto, expiró. 47El centurión, al ver lo ocurrido, daba gloria a Dios diciendo: «Realmente, este hombre era justo». 48Toda la muchedumbre que había concurrido a este espectáculo, al ver las cosas que habían ocurrido, se volvía dándose golpes de pecho. 49Todos sus conocidos y las mujeres que lo habían seguido desde Galilea se mantenían a distancia, viendo todo esto.

2.1 Explicación

Lucas, en el camino a la cruz, relata cómo Simón de Cirene ayudó a Jesús a cargar con la cruz, las lágrimas de las mujeres de Jerusalén y la respuesta que Jesús les dio, la presencia de dos ladrones a cada lado, uno de los cuales por su arrepentimiento alcanzó el paraíso, y la muerte de Jesús al entregar su espíritu en las manos de su Padre.

  • El hecho de llevar la cruz y seguir a Jesús es la actitud del verdadero discípulo de Jesús (Lc 9,23). Simón de Cirene es la imagen del discípulo que verdaderamente sabe lo que es el seguimiento de Cristo.
  • Lucas describe el lamento de las mujeres en un duelo tradicional, golpeándose el pecho y lamentando su destino. Jesús describe el destino de las mujeres y sus hijos como más peligroso que el suyo. Por eso las invita a llorar por ellas mismas. El peligro de los días venideros se enfatiza describiendo sus probables reacciones ante la futura calamidad, señalando que preferirán la muerte y la inexistencia a una vida de desesperación, vergüenza y pecado. Sin duda, Jesús se ve a sí mismo como el árbol verde que está siendo cortado. Es el árbol verde que da vida, en contraposición al árbol del conocimiento del bien y del mal que trajo la muerte (Gén 2,17). Las palabras de Jesús son una invitación para que las mujeres se arrepientan antes de que sea demasiado tarde.
  • La oración de Jesús pidiendo el perdón para aquellos que lo han crucificado muestra que él es el único mediador entre Dios y los hombres (1 Tim 2,5). Sus palabras de perdón son consideradas como la síntesis del evangelio: enseñó que debemos amar a nuestros enemigos y ahora aplica esta enseñanza; él mismo se convierte en un ejemplo para cada discípulo cristiano. Así es exactamente como actuó Esteban cuando fue lapidado (Hch 7,60). En la crucifixión, se pone de manifiesto el misterio de la salvación: a Jesús se le pide que se «salve» y se burlan de él los centuriones, los soldados y uno de los criminales, atacando a su identidad: «El Rey de los judíos». Todos quieren que demuestre su identidad haciendo un milagro para liberarse de la muerte. Le piden a un hombre indefenso y crucificado que les conceda la vida y la salvación, pero se les escapa la verdad de que, a través de su sufrimiento y su muerte, está aplastando la muerte por medio de la muerte y concediendo la vida a los muertos.
  • Lucas presenta a los dos ladrones crucificados junto a Jesús como dos compañeros en el mismo camino de la cruz. Los juzga moralmente, diciendo que están pagando por sus malas acciones (v. 41). La crucifixión de Jesús entre los otros dos recuerda las palabras de Isaías: «Expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores» (Is 53,12). Lucas hace hincapié en la salvación y el perdón, y habla de «hoy» como el día de la salvación y el perdón. El ladrón salvado confiesa su temor de Dios, reconoce su castigo como justo y profesa que Jesús es inocente. Pronunciar el nombre de Jesús, diciendo «Jesús, acuérdate de mí», sin añadir ningún título, indica que está familiarizado con Jesús y que confía en su poder salvador. Por esto, Jesús le da la plenitud de la vida en el paraíso, en lugar de una «salvación» momentánea del dolor y la muerte.
  • La muerte de Jesús va acompañada de signos cósmicos apocalípticos, como si tanto la tierra como el cielo quisieran llorar la muerte del Redentor. Según el evangelio de Lucas, las últimas palabras de Jesús fueron: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (v. 46); y sus primeras palabras mencionadas por Lucas, pronunciadas a la edad de doce años, fueron: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» (Lc 2,49). Así, la vida de Jesús estuvo siempre bajo la mirada del Padre y en obediencia a su voluntad; las manos del Padre mostraron misericordia, mientras que las manos de los hombres, a quienes Jesús fue entregado, mostraron dureza. Después de la muerte de Jesús, el centurión pagano profesó su fe en la inocencia de Jesús; de esta manera, se convierte en modelo para todos los incrédulos y no creyentes.

2.2 Resumen y práctica

Jesús no estaba solo en el camino de la crucifixión, estaba rodeado de gente buena, como Simón de Cirene, y de mujeres que se lamentaban y se compadecían de él. Asimismo, estaba rodeado de dos criminales entregados a la misma suerte. Esta compañía en el camino al Gólgota permitió a Jesús conversar, permanecer abierto a los que le rodeaban, llamando al arrepentimiento a pesar del agotamiento de su cuerpo debido al intenso dolor. Preguntémonos: ¿estamos dispuestos a seguir a Jesús por el camino de la vida, aceptando con paciencia y alegría las cruces de nuestro camino? ¿Actuamos como Simón de Cirene, curando las heridas de la humanidad?
La contradicción entre el Cristo físicamente impotente y el divinamente todopoderoso es el principal problema a la hora de describir adecuadamente al Jesús crucificado. ¿Cómo es posible que el que está clavado en la cruz sea el Mesías esperado que salvará a su pueblo y lo llevará a la plenitud de la vida? Esta pregunta no solo forma parte del pasado, sino que está siempre presente y permanece en todos los tiempos. El evangelio de hoy revela a Jesús en su incomparable misericordia y como la fuente de la salvación final para el creyente que teme a Dios. Desde la cruz, Jesús fue capaz de ser el vínculo entre Dios y la humanidad, y el modelo del verdadero discípulo. Mientras caminamos, somos invitados a la humildad, a la conversión del corazón y a la confesión de nuestros pecados, con la esperanza de que un día alcancemos nuestra anhelada felicidad en el paraíso.

3. Enseñanza teológica y espiritual

El misterio de la redención: padeció, murió y fue sepultado

Las palabras del título portan, al mismo tiempo, toda la alegría y toda la tristeza del acontecimiento de la muerte de Jesús. Es el orgullo de la fe y al mismo tiempo su dificultad. Estas tres expresiones «sufrió, murió y fue sepultado» están relacionadas con la cuestión del amor divino. ¿Es posible que Dios nos ame tanto? La respuesta la da san Pablo en su epístola a los Romanos: ¡Sí!, dice Pablo: Dios «no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros» (Rom 8, 32). Entonces, ¿por qué murió Cristo?
La primera razón es histórica. Jesús vino a hacer la voluntad de su Padre y a enseñarla, según su gran misericordia. Quería corregir ciertas prácticas religiosas del pueblo judío. Señaló que el verdadero templo no era aquel en el que se enorgullecían los judíos, sino que él mismo, Jesús, es el verdadero templo, y que la verdadera adoración se hará en Espíritu y en verdad, y no mediante holocaustos y otros sacrificios. También enseñó que la ley no existía para oprimir al hombre, ya que algunos vivían según la letra y no según el Espíritu. En todo esto, Jesús se mostró como uno que es más grande que el templo, la ley e incluso que todos los profetas que vivieron antes que él. Es el Hijo de Dios que conoce la voluntad de Dios. Todo esto dio lugar a que los líderes religiosos lo mataran, porque para ellos se había convertido en un peligro amenazador. Incitaron a los romanos a crucificar a Jesús, y así sucedió. Pero esta lectura puramente histórica arroja solo una luz superficial sobre este gran acontecimiento.
La segunda razón puede encontrarse en nuestros pecados: somos verdaderamente pecadores y esta distancia con Dios nos mata. ¿Puede Dios permanecer como espectador o, por el contrario, su amor desbordante y su inconmensurable misericordia lo llevarán a actuar? El Hijo de Dios se hizo hombre para salvarnos, se hizo hombre «por nosotros y por nuestra salvación». Así, abandonó la grandeza de su divinidad y su gloria celestial, dejó la incorruptibilidad para asumir nuestra humanidad mortal, quedando así sujeto a los límites humanos y a la muerte. De este modo, la verdadera causa de la muerte de Jesús está en nuestros pecados. Por eso la Iglesia nos enseña que cada vez que pecamos participamos en el pecado del mundo. Este pecado alcanzó su punto culminante cuando asesinaron a Cristo. Y cada vez que hacemos el mal o infligimos una injusticia, colaboramos con el mal que crucificó a Jesús.
En conclusión, la principal causa de la muerte de Jesús es su amor por nosotros. Sin este amor no se habría sometido a la crucifixión y a la muerte. Por eso, cada año celebramos el Viernes Santo antes de Pascua, para meditar sobre la pasión y el amor de Dios por nosotros. Estamos, de hecho, profundamente conmovidos y asombrados, casi cegados, por este acto de amor de Dios por nosotros. En ese día, el Viernes Santo, comprendemos que el pecado ya no nos lleva a la muerte, porque Jesús nos salvó con su muerte. Así, cada dolor que experimentamos, si es aceptado en el amor, se convierte en participación en los sufrimientos de Cristo, siguiendo su ejemplo. Sí, el amor es más grande que cualquier cosa, el amor da sentido a la vida, aunque sea insípida y parezca vacía. El amor vence a la muerte. Sí, ¡Dios es amor!

4. Leer y meditar

Lectura de san Cirilo de Jerusalén (313-386)

La cruz y la resurrección

Así pues, Jesús padeció realmente por todos los hombres. La cruz no es ninguna ficción, pues en ese caso también la redención sería algo fingido. La muerte no fue algo aparente, sino una realidad indiscutible. Si no fuese así, la salvación sería una fábula sin más. Si la muerte hubiese sido solo aparente, tendrían razón quienes decían: «Señor, recordamos que ese impostor dijo cuando aún vivía: “A los tres días resucitaré”» (Mt 27,63). La pasión fue, pues, real: fue verdaderamente crucificado, y no nos avergonzamos de ello; fue crucificado y no lo negamos. Más bien me glorío en ello cuando lo digo. Pues si ahora lo niego, argüirá en mi contra el Gólgota que tenemos aquí tan próximo. Argüirá en contra mía el madero de la cruz, que a trozos pequeños ha sido distribuido desde ese lugar a todo el mundo. Confieso la cruz una vez que he conocido la resurrección. Pues si no hubiese ido más allá de la cruz, tal vez no lo habría confesado y la hubiese escondido juntamente con el maestro. Pero, puesto que la resurrección ha seguido a la cruz, no me da vergüenza proclamarla.

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