Capítulo 29: La oración de Jesús por la unidad

Introducción
Lectura y comprensión del evangelio
Enseñanza teológica y espiritual
Lectura y meditación

1. Introducción

Tal vez te preguntes: cuando me bautice, ¿a qué denominación cristiana perteneceré? ¿Por qué profesamos en el credo «una Iglesia» cuando encontramos en la misma Iglesia varias confesiones como maronitas, caldeos, sirios, coptos, armenios, latinos, griegos, etc.? ¿Puede la Iglesia seguir siendo una a pesar de tal diversidad, como la sinfonía de la que emana una bella melodía producida por varios instrumentos armoniosos? ¿Cómo entendemos las divisiones dentro de la Iglesia a lo largo de la historia, así como el movimiento ecuménico en la Iglesia?
Si acudimos al evangelio, vemos que Cristo oró en la víspera de su pasión para que sus discípulos fueran uno. Este será el punto de partida de nuestra reunión de hoy. Después hablaremos del tema de la única Iglesia en varias confesiones, insistiendo en que la unidad no significa uniformidad.

2. Lectura y explicación del evangelio

La oración de Jesús por la unidad (Jn 17,1-26)

1Así habló Jesús y, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti 2y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado. 3Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. 4Yo te he glorificado sobre la tierra, he llevado a cabo la obra que me encomendaste. 5Y ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía junto a ti antes que el mundo existiese.
6He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. 7Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, 8porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado. 9Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por estos que tú me diste, porque son tuyos. 10Y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. 11Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti. Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. 12Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura.
13Ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría cumplida. 14Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. 15No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. 16No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. 17Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. 18Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. 19Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad.
20No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, 21para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. 22Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; 23yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí. 24Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo. 25Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. 26Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos».

2.1 Explicación

Según el evangelio de Juan, después de la Última Cena, y antes de ir al jardín del monte de los Olivos, Jesús oró por la unidad de sus discípulos. Al principio del capítulo 18 comienza el camino del prendimiento, la pasión y la gloria. El discurso de despedida comienza en Jn 13,13 y se extiende hasta el capítulo 16. Estos capítulos (Jn 13—16) son un diálogo con los discípulos en el que Jesús revela quién es el Padre, promete enviarles el Espíritu Santo y les muestra que él es el camino, la verdad, la vida y la verdadera vid. Concluye el diálogo con sus discípulos con un intercambio de oración con su Padre (Jn 17), y les da ejemplo: después de todas las discusiones y diálogos posibles, tenemos que dirigirnos al Padre en la oración. La expresión «oración sacerdotal de Jesús» se remonta al siglo XVI, cuando David Citreo la empleó, probablemente tomándola de san Clemente de Alejandría († 215). Sabemos que Jesús aparece en el evangelio de Juan a la manera de un sumo sacerdote por su «vestimenta sin costuras» (Jn 19,23) y también por su oración de intercesión.

El evangelio de hoy se divide en tres partes:

  • A. Jesús ora por su propia misión (vv. 1-8):
    Mirar hacia el cielo (v. 1) significa la orientación de todo su ser hacia Dios; es un gesto familiar en los rituales. El nombre «Padre» es el nombre principal que Jesús dio a Dios, y en arameo es Abba. Así es como se dirigió a él varias veces en su vida (Jn 11,41; Mt 11,25), y esto es un signo de su excepcional relación con él.
  • «Ha llegado la hora»: Jesús había dicho antes a su madre (Jn 2,4): «Mi hora no ha llegado todavía». La Hora indica el tiempo de la glorificación de Cristo, su muerte y su resurrección.
  • Jesús le pide dos veces a su Padre que lo «glorifique» (vv. 1 y 5). Añade: «Y ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía junto a ti antes que el mundo existiese» (v. 5), lo que significa que está pidiendo la gloria que tenía antes de hacerse hombre. El Padre ha decidido la hora, la hora de la finalización de la misión salvífica de Jesús, y Jesús está dispuesto a permanecer en amorosa obediencia hasta su crucifixión. «Glorifícame» significa que Jesús busca la fuerza para soportar el sufrimiento.

B. Jesús ora por sus discípulos (vv. 9-19):

Jesús pide a sus discípulos cuatro cosas: unidad, que su gozo sea perfecto en ellos, que se guarden del mal y del mundo, y que se santifiquen en la verdad.

  • Unidad: que sean uno (v. 11). El ejemplo de la unidad de los creyentes es la unión de Jesús con el Padre. Esta unión es el fruto de un amor recíproco. En efecto, en la unión está la fuerza.
  • La alegría perfecta (v. 13): la alegría es el don escatológico en el tiempo mesiánico. La alegría es el fruto de la presencia del Espíritu en nosotros (Gál 5,22).
  • Protegerlos del maligno y del mundo (v. 5): los discípulos deben difundir el mensaje de salvación por todo el mundo; por eso Jesús no pide que dejen el mundo, sino que se protejan del maligno. En efecto, en el Padre nuestro pedimos: «Líbranos del mal», a veces traducido como «el maligno». El mal significa el poder de las tinieblas y el pecado, el diablo, el enemigo de Dios, la división y el odio. El mundo (el Cosmos), en el evangelio de Juan, simboliza a aquellos que están en contra de Dios y lo niegan. Juan habla en su primera carta de los pecados del mundo: «Porque lo que hay en el mundo (la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la arrogancia del dinero), eso no procede del Padre, sino que procede del mundo» (1 Jn 2,16).
  • Santifícalos en la verdad (v. 17): Jesús ora por la futura misión de los discípulos, pidiéndoles que participen en la vida divina, distanciándose del mal y aferrándose a la verdad de la salvación.

C. Jesús ora por todos los creyentes: (vv. 20-26):

  • La oración de Jesús se abre aquí a todos los futuros creyentes, es decir, también a nosotros; contiene un nuevo término «amor» (vv. 23-26), que debe caracterizar la vida de los creyentes. Él había pedido la unidad de los discípulos y ahora pide la unidad de todos los creyentes. La unidad confirma la credibilidad de la misión.
  • La relación de Jesús con el Padre es el ejemplo perfecto de unidad y amor cuando reza «para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti» (v. 21). Cuando los creyentes viven en amor y unidad participan de la gloria de Jesús. ¿Cuál es el propósito de esta unidad de amor? El primer objetivo es que el mundo crea (v. 21), por lo que significa dar testimonio a los demás, ir a la misión. El segundo objetivo es la participación en la gloria de Jesús a través de su relación con el Padre (v. 24).

2.2 Resumen y práctica

El evangelio de hoy nos muestra la extraordinaria relación entre el Padre y Jesús. A través del bautismo, Jesús nos introduce en esta relación. Debemos recordar siempre que cuando decimos «Padre nuestro que estás en el cielo» estamos hablando como hijos de Dios, él nos ama y nos escucha. Cuando Jesús dice «Yo voy a ti» (v. 11) entendemos que está hablando de su regreso al Padre. Pero no regresa solo como Dios, sino como Dios y hombre; y así, abre la puerta de la salvación a muchas personas. Las características de nuestra vida iluminada residen en el conocimiento, la unidad y la misión. Nos encontramos a Jesús, lo conocemos, llegamos a amarlo, luego nos unimos a él y a los demás, y como resultado, nos embarcamos en la misión. De hecho, la misión y la proclamación de la Buena Nueva son el fruto de una experiencia obtenida a través de nuestro conocimiento de Jesús y de nuestro amor por él y por los demás.

3. Enseñanza teológica y espiritual

La unidad de la Iglesia y la labor ecuménica

Vale la pena recordar algunos datos históricos. Jesús quería que sus discípulos, junto con los primeros creyentes, formaran una comunidad que luego difundiera la Buena Nueva por todo el mundo. Esta comunidad no es como las demás, porque no es el resultado de la voluntad personal de unos pocos individuos. Fue Jesús quien quiso que esto sucediera; los llamó a estar presentes en el mundo, trabajando con él por el reino. Los discípulos fueron a proclamar la Buena Nueva por todas partes. Así en varios lugares del mundo se establecieron Iglesias; no estamos hablando de iglesias como edificios construidos en piedra sino de comunidades de creyentes reunidos en torno a la celebración de la Eucaristía, con una doctrina común y compartiendo los bienes en común. En cada ciudad, la fe se expresaba en el idioma local. Así, las Iglesias se extendieron en diferentes culturas. Esta diversidad fue motivo de gran alegría para los cristianos, ya que podían crecer en el conocimiento de Cristo cada uno en su propia lengua y cultura. Al mismo tiempo, sin embargo, era importante asegurar que la fe siguiera siendo una sola, a pesar de su difusión en diferentes regiones y culturas del mundo.
Debido a las distancias geográficas y culturales, y al progreso en el conocimiento del misterio de Cristo, la Iglesia se vio obligada a aclarar ciertos dogmas utilizando términos filosóficos, con el fin de ayudar a la gente a comprender las cuestiones más complicadas, cualquiera que fuera su origen. Se pusieron en marcha muchas iniciativas, que no siempre fueron fáciles de llevar a cabo. La naturaleza pecaminosa del hombre también ha estado siempre presente, así como, por ejemplo, la interferencia de reyes y emperadores, que ha causado conflictos en la comprensión de los conceptos cristianos. Esto ha dado lugar a divisiones entre las Iglesias y ha causado heridas dolorosas, ya que la separación de los cristianos es contraria a la voluntad del Señor. Al mismo tiempo, la Iglesia siempre ha tratado de preservar o restaurar la unidad en la fe.
La unidad de la Iglesia proviene de Dios; es él quien envía su Espíritu Santo para limpiar los corazones y ayudar a la Iglesia a expresar la fe más adecuadamente. Los cristianos han llamado constantemente a esta unidad; y así comenzó el trabajo ecuménico, es decir, el trabajo de todos los cristianos del mundo por la unidad. Se han llevado a cabo intensos diálogos teológicos, los creyentes han orado por esta intención, y se puede decir que la Iglesia hoy en día ha dado un paso gigantesco hacia la unidad. El trabajo continúa, se ha adquirido mucha experiencia en este campo y esto a su vez motiva a la Iglesia a avanzar cada vez más en el camino hacia la unidad.
Las tres grandes «familias» de la Iglesia son: los católicos, obedientes a la autoridad del Obispo de Roma, al papa; los ortodoxos, divididos en varias Iglesias y que comparten con los católicos muchos elementos de la fe; y la tercera familia es la comunidad reformada, a menudo conocida como protestantes. Esta última incluye una innumerable cantidad de Iglesias, lo que complica y retrasa el trabajo ecuménico. Hemos recorrido un largo camino, pero aún queda mucho por hacer.
Mientras esperamos la plena unidad en la fe, es esencial estar unidos en el amor y la oración, siempre que sea posible, para que Dios nos dé su gracia, nos fortalezca en nuestras debilidades y sane nuestras heridas.

4. Leer y meditar

Lectura de san Ireneo (140-202)

La fe de la Iglesia

La Iglesia, aunque dispersa por todo el mundo hasta los confines de la tierra, ha recibido de los apóstoles y de sus discípulos la fe en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra y del mar y de todo lo que hay en ellos; y en un solo Jesucristo, Hijo de Dios, que se hizo carne para nuestra salvación; y en un solo Espíritu Santo […] La Iglesia, habiendo recibido esta predicación y esta fe, aunque dispersa por todo el mundo, sin embargo, como si ocupara una sola casa, la conserva cuidadosamente. También cree en estos puntos [de la doctrina] como si tuviera una sola alma y un solo corazón, y los proclama, los enseña y los transmite con perfecta armonía, como si tuviera una sola boca […] Porque, aunque los idiomas del mundo son diferentes, la importancia de la tradición es la misma. Porque las Iglesias que han sido plantadas en Alemania no creen ni transmiten nada diferente, ni las de España […] ni las del Este […] ni las que se han establecido en las regiones centrales del mundo. Sino que, como el sol, esa criatura de Dios, es uno y el mismo en todo el mundo, así también la predicación de la verdad brilla en todas partes e ilumina a todos los hombres que están dispuestos a llegar al conocimiento de la verdad.
Tampoco ninguno de los dirigentes de las Iglesias, por muy dotado que sea en la elocuencia, enseñará doctrinas diferentes de estas (pues nadie es más grande que el Maestro) […] Porque siendo la fe siempre una y la misma, ni el que puede discurrir largamente sobre ella le añade nada, ni el que puede decir poco la disminuye.

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