Capítulo 28: La Última Cena

Introducción
Lectura y comprensión del evangelio
Enseñanza teológica y espiritual
Lectura y meditación

1. Introducción

Cuando te preparas para ser bautizado y asistes a Misa, ves a los cristianos caminando en fila para recibir la comunión, que solo se da a los bautizados. Puedes desear fervientemente tomar la comunión también, como dice el salmo: «Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío» (Sal 42,2). Y a medida que tienes más experiencia de la vida espiritual quizás te sientes impulsado a pedir algo más que el bautismo, por ejemplo, la ordenación sacerdotal. ¿Cuál es tu experiencia en relación con la Eucaristía y el sacerdocio? ¿Realmente quieres unirte a Cristo? ¿Cómo describirías la traición vivida por Pedro y Judas Iscariote? Sobre esto vamos a reflexionar en nuestra reunión de hoy, donde hablaremos de la Última Cena de Jesús con sus discípulos.

2. Lectura y explicación del evangelio

Institución de la Eucaristía. La negación de Pedro (Mt 26,26-35)

26Mientras comían, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, lo dio a los discípulos y les dijo: «Tomad, comed: esto es mi cuerpo». 27Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo: «Bebed todos; 28porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados. 29Y os digo que desde ahora ya no beberé del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre».
30Después de cantar el himno salieron para el monte de los Olivos. 31Entonces Jesús les dijo: «Esta noche os vais a escandalizar todos por mi causa, porque está escrito: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño”. 32Pero cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea». 33Pedro replicó: «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré». 34Jesús le dijo: «En verdad te digo que esta noche, antes de que el gallo cante, me negarás tres veces». 35Pedro le replicó: «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré». Y lo mismo decían los demás discípulos.

2.1 Explicación

Según Mateo, Marcos y Lucas (los «evangelios sinópticos»), Jesús comió el cordero pascual durante su Última Cena con sus discípulos. Después de la comida, les entregó su Cuerpo y su Sangre en una nueva alianza a través de la cual recordarán todo su ministerio salvador para con la humanidad.
Al principio del Antiguo Testamento, se presentaban a Dios el pan y el vino como una ofrenda de las primicias de la tierra, como un signo de adoración al Creador. Tras el éxodo, este gesto adquirió un nuevo significado: el pan ácimo, que los israelitas comían cada año con ocasión de la Pascua, les recuerda su salida precipitada de la esclavitud de Egipto. La copa de la «bendición», con la que terminaban la comida festiva de la Pascua, añade a la alegría de la fiesta un significado escatológico, que deriva de la expectativa mesiánica de la Nueva Jerusalén. La celebración de la Última Cena de Jesús con sus discípulos da un significado nuevo y definitivo a los acontecimientos pascuales.
Solo el evangelio de Mateo añade, después de «sangre de la alianza», la expresión «para el perdón de los pecados». Esto recuerda lo que el ángel anunció a san José al principio del evangelio: que el nombre del niño será Jesús «porque él salvará a su pueblo de todos sus pecados» (Mt 1,21).
Durante la Última Cena, Jesús llamó la atención de sus discípulos sobre el hecho de que el cumplimiento de la Pascua será en el reino: «Hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre» (Mt 26,29). Cada vez que celebramos la Eucaristía vivimos un «memorial», es decir, el «recuerdo» del pasado en el presente como si estuviéramos realmente allí, y abrimos nuestro corazón al que vendrá, y le decimos: ¡Maranathá, ven, Señor!
El evangelio de Juan relata (Jn 13,1-17) cómo Jesús, en la Última Cena, lavó los pies de sus discípulos para darles un ejemplo de humildad y servicio. El lavatorio de los pies, como tal, era algo ordinario y rutinario en el antiguo oriente. Un huésped era debidamente recibido de esta manera, y el esclavo haría lo mismo con su amo antes de la cena, cuando este llegara a casa. Pero Jesús, el maestro de los discípulos y su Señor, les lavó los pies durante la cena, dando a la acción un nuevo significado simbólico, anticipando así su sacrificio en la cruz.
En cuanto a Pedro, dijo que no renegaría de su maestro, aunque tuviera que morir. Sin embargo, cuando fue puesto a prueba, tres veces falló en honrar esa seguridad y negó a su Señor (Mt 26,69-75), prueba de que tenía miedo de ser arrestado. Olvidó las palabras de Jesús: «No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma» (Mt 10,28). Perdió toda esperanza al ver a Cristo humillado y maltratado. Pero sus lágrimas, su remordimiento y su regreso a la comunidad cristiana son una lección importante de cómo la gracia de Dios viene en ayuda de la debilidad humana.
La siguiente tabla muestra las diferencias temporales entre los evangelios sobre la pasión de Cristo. De hecho, se da un día de diferencia.

Evangelios sinópticos: Mateo, Marcos, Juan    Evangelio de Juan    Sábado

Mt 27,62: Vigilando el sepulcro      La fiesta de la Pascua

«A la mañana siguiente, es decir, después del día de la Preparación»

El día 14 del mes de nisán del año 30 (o 33):

La fiesta de la Pascua

La muerte de Jesús (Mt 27,1ss) La preparación de la fiesta (Jn 19,31); la víspera de la Pascua durante la cual se sacrifican los corderos; Jesús muere en la cruz al mismo tiempo que se sacrifican los corderos (Jn 18,28; 1,29; 19,36 etc.). Viernes

Víspera de Pascua        Lavatorio de los pies; Última Cena        Jueves

2.2 Resumen y práctica

Así como el alimento corporal nos da fuerza cuando estamos agotados, la comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo fortalece la caridad en nosotros y nos envía de nuevo a servir a los pobres. Los que reciben la comunión en la mesa del Señor se unen fuertemente a Cristo, y esto, a su vez, los une con todos los creyentes en un cuerpo místico. La participación en el Cuerpo y la Sangre de Cristo nos fortalece en los caminos de la vida, alimenta en nosotros la esperanza de la vida eterna y nos hace participar ya en la Iglesia del cielo.
Por su acento galileo, Pedro fue reconocido como seguidor de Cristo. ¡Habría sido mucho mejor si le hubieran reconocido como discípulo de Cristo por su comprensión del misterio de la cruz! El verdadero discípulo no es el que siguió a Cristo durante tres años, y el verdadero cristiano no es tampoco el que ha sido bautizado y ha recibido un certificado de bautismo. Los discípulos que siguieron a Jesús en el camino de la cruz y la muerte se mostraron incapaces de comprender la importancia del sufrimiento y los signos espirituales ocultos del reino de Dios. Ciertamente, no es fácil entender el misterio de Jesús, ya que este misterio es sobrenatural. Nadie puede entenderlo de manera puramente natural si no tiene en su interior el Espíritu de sabiduría, una revelación y una gracia especial que abre los ojos del corazón. Por naturaleza, los discípulos poseen un corazón rígido y una mente cerrada; pero por la gracia, pueden comprender el misterio. Las lágrimas y el arrepentimiento de Pedro son una lección para todos los que niegan a Cristo por miedo a la persecución. La diferencia entre la traición de Pedro y la de Judas es que el primero conoció el camino del arrepentimiento y el regreso a la comunidad, mientras que el segundo no. No importa lo grande que sea nuestro pecado y lo dolorosa que sea nuestra noche oscura, debemos regresar una y otra vez a la comunidad, sabiendo que el Señor nos perdona.

3. Enseñanza teológica y espiritual

La Nueva Alianza en la Sangre de Cristo

Cuando Dios hizo una alianza con su pueblo en el tiempo de Moisés, les pidió que aprendieran sus mandamientos y los pusieran en práctica; a cambio sería un Dios que cuidaría de ellos. Moisés ofreció sacrificios de animales y roció su sangre como señal del pacto. Esto era un preludio y una señal de lo que Jesús realizaría. Dios no pide sacrificios sangrientos porque sabe que la persona que los ofrece no se beneficia de ellos. Dios quiere el amor de su pueblo, ya que el culto se detiene en el umbral de las palabras. Jesús, de hecho, recordó estas palabras de los profetas: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí» (Mt 15,8), «Yo quiero misericordia, y no sacrificios» (Mt 12,7), y añadió: «No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mt 7,21). Es Jesús quien ofreció el verdadero sacrificio, porque cumplió la voluntad de su Padre, encarnando su amor por el mundo hasta darse a sí mismo. El sacrificio que agrada a Dios consiste en que el hombre viva según la voluntad de Dios. Lo que vivimos cada día es un sacrificio vivo, ofrecido a Dios Padre.
Así es como el Señor Jesús realizó la nueva alianza, ofreciéndose a sí mismo. El cáliz de su Sangre es un signo de esta ofrenda. Durante la Última Cena pidió a sus discípulos que bebieran su copa. Esto significa que los invitó a participar en su ofrenda, su sacrificio. La participación real tiene lugar no solo a través de la comunión, sino también a través de las ofrendas de cada día, a través de nuestro buen comportamiento y a través de nuestro amor, en el don de nosotros mismos a Dios. En este sentido dijo: «Haced esto en conmemoración mía». Los discípulos fueron fieles a esta misión, y aquí y ahora continuamos realizándola en memoria suya.
Cristo ha vencido a la muerte, y a través de su resurrección está presente en su Iglesia y en el mundo. Y cuando nos reunimos en memoria suya, se hace presente y él mismo celebra la santa Misa. Su ofrenda (su sacrificio) está presente en cada celebración eucarística, la cual recoge las ofrendas de los fieles, es decir, lo que experimentan diariamente. Así, el amor de Cristo no solo se manifiesta en lo que él mismo ha sacrificado, sino también en el hecho de que nos permite unir nuestro sacrificio al suyo. A menudo nuestras acciones no son completas, contienen muchas imperfecciones. Su sacrificio, sin embargo, es puro y perfecto. Por eso acoge nuestra oración y la ofrece a Dios.
En este sentido, la Sagrada Eucaristía es la puerta de la resurrección que llena nuestras vidas. Durante la Misa, nos unimos a Cristo crucificado y resucitado de entre los muertos. La palabra «Eucaristía», del griego eucharistía, significa «acción de gracias». De esta manera, la Iglesia continúa ofreciendo alabanza, gloria y acción de gracias a Dios, que nos amó con un amor tan sobreabundante.

4. Leer y meditar

Lectura de san Cesáreo de Arlés (c. 474-542)

El Cuerpo y la Palabra del Señor

Os pregunto, hermanos y hermanas, decidme: ¿qué os parece más grande, la Palabra de Dios o el Cuerpo de Cristo? Si me dais una respuesta verdadera, seguramente debéis decir que la Palabra de Dios no es menos que el Cuerpo de Cristo. Por lo tanto, con tanta ansiedad como mostramos cuando se nos ministra el Cuerpo de Cristo, para que nada se nos caiga de las manos al suelo, con tanta ansiedad debemos procurar que la Palabra de Dios que se nos dispensa no perezca de nuestro corazón porque estemos pensando o hablando de otra cosa. La persona que escucha la Palabra de Dios con desatención no es seguramente menos culpable que la que permite que el Cuerpo de Cristo caiga al suelo por su propio descuido.

Comparte esta página: elige plataforma