Capítulo 27: El juicio final

Introducción
Lectura y comprensión del evangelio
Enseñanza teológica y espiritual
Lectura y meditación

1. Introducción

San Juan de la Cruz dijo: «Al atardecer de la vida nos examinarán del amor». Dios no nos preguntará cuántos diplomas hemos conseguido, qué trabajos hemos realizado, o cuántas posesiones tenemos. En cambio, nos preguntará cuánto amor hemos puesto en todas nuestras actividades. ¿Cómo y a quién has amado? Y tú, querido hermano catecúmeno, ¿alguna vez has tenido que enfrentarte a la necesidad, la enfermedad o la emigración? ¿Alguien te apoyó en esta prueba? ¿O ayudaste a alguien que estaba en tal situación de necesidad?
La virtud del amor requiere que traduzcamos nuestro amor a Dios de manera concreta en nuestras vidas. Entre el amor a Dios y el amor al prójimo, hay una similitud como una imagen en el espejo; de hecho, son el fundamento de la ley y los profetas. En cuanto a la imagen de Cristo como pastor, rey y juez, expresa la supremacía absoluta de Dios en la historia. Él volverá y traerá el fin del mundo cuando considere que es el momento adecuado.

2. Lectura y explicación del evangelio

El juicio final (Mt 25,31-46)

31«Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria 32y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. 33Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. 34Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. 35Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, 36estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”. 37Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; 38¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; 39¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?” 40Y el rey les dirá: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”. 41Entonces dirá a los de su izquierda: “Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. 42Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, 43fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis”. 44Entonces también estos contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?” 45Él les replicará: “En verdad os digo: lo que no hicisteis con uno de estos, los más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo”. 46Y estos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna».

2.1 Explicación

El evangelio de hoy marca el final del discurso escatológico y de las enseñanzas de Jesús. Esta escena a veces se relaciona a las tres últimas parábolas (la del siervo fiel y prudente, Mt 24,45-51; la de las diez vírgenes, Mt 25,1-13; y la de los talentos, Mt 25,14-30). El juicio final es sinónimo de las tres expresiones siguientes: la segunda venida, la resurrección de los muertos, el juicio general. El evangelio de hoy mezcla tres imágenes para expresar el día del juicio: la figura del Hijo del hombre que juzga, la del Rey sentado en el trono y la del Pastor que separa las ovejas de los cabritos.
Se trata de la segunda venida de Cristo para el juicio. Su primera venida fue humilde, acostado en un pesebre, para traer la salvación al mundo; pero al final del día, al final de los tiempos, volverá con toda la majestad celestial, acompañado de los ángeles, para recuperar sus ovejas y separarlas de las cabras.
Los bienaventurados (vv. 34-40) serán juzgados por el rey y heredarán el reino, según su práctica de las seis obras de misericordia. Estas obras se habrán hecho por el Rey, pues el hombre fue creado a su imagen y todo lo que hagamos por cualquier persona se lo hacemos al mismo Cristo, a quien encontramos en cada uno de nuestros hermanos. Los bienaventurados preguntarán: «¿Cuándo te vimos en necesidad y acudimos en tu ayuda?» Esta pregunta muestra que los justos nunca prestan atención al bien que hacen, y su mano izquierda desconoce las acciones de su mano derecha. Y esto es, de hecho, la santidad: la práctica del bien sin alardes. El bien se realiza en secreto y nunca se hace para buscar el cielo o por temor al infierno. El bien se hace por amor al hombre y a Dios. Los bienaventurados son imagen de todos los santos.
El juicio de los condenados (vv. 41-45) sucede de la misma manera: una decisión, una prueba, una constatación del juez y una pregunta que objeta su opinión. Todo se invierte aquí: lo que era positivo entre los benditos se ha convertido en negativo con los condenados. No reconocen a los «pequeños» como amados del Señor y sus hermanos. El evangelio describe el comportamiento de los condenados como «acciones no realizadas», pero no como «malas acciones». Seremos juzgados, no solo por los pecados que cometemos, sino también por el bien que debemos hacer a los demás, y que no hemos hecho.
Este tipo de enseñanza nos agrada si somos pequeños, pobres, forasteros y desnudos, porque, si miramos nuestra realidad con los ojos de la fe, nos descubrimos a nosotros mismos como Cristo. Pero si, por el contrario, nuestro comportamiento se asemeja al de los condenados, hemos de tener miedo, porque el juez viene a cuestionar nuestras conciencias y a exigirnos conocer la razón por la que no hemos acogido o ayudado a los pobres, sin considerarlos material social y religioso que debería desarrollarse.
El último versículo (v. 46) habla de dos estados: el del cielo y el del infierno. Las expresiones que se toman de la Biblia y hablan del cielo son: la vida, el reino, la luz, el banquete nupcial, la casa del padre, la Jerusalén celestial y lo que ningún ojo puede ver (1 Cor 2,9). Las expresiones que hablan del infierno son: gehenna, tormento eterno, lugar de llanto y rechinar de dientes, oscuridad exterior y fuego eterno. En cuanto al estado del purgatorio, notamos su existencia a partir de ciertos versos de la Escritura como Job 1,5; 2 Mac 12,46; Mt 12,32; 1 Cor 3,13.

2.2 Resumen y práctica

El juicio final se basa en la justicia de Dios, que recompensa a todos según sus obras. Las buenas obras nos hacen ganar la vida eterna, mientras que las malas acciones merecen el sufrimiento eterno. El evangelio de hoy añade que aquellos que están ociosos y no hacen buenas obras también experimentarán el sufrimiento. Santiago dice: «El que sabe cómo hacer el bien y no lo hace, ese está en pecado» (Sant 4,17). ¿De qué sirve que alguien diga ser creyente si no actúa en consecuencia? La fe sin obras está muerta.
Las obras de misericordia a las que se refiere el pasaje son seis: dar de comer al hambriento, refrescar al sediento, ayudar al extranjero, vestir al desnudo, visitar al enfermo e ir a ver al prisionero. La séptima obra es cualquier acto bueno que hagamos según las diferentes circunstancias de la vida cotidiana. El juicio no se limita al final de los tiempos. Es hoy y todos los días y, ya que la humanidad necesita mucha ayuda, ¡ayudemos con amor!

3. Enseñanza teológica y espiritual

La bendición del amor

Amaos los unos a los otros

Las primeras páginas de la Biblia hablan de las intenciones de Dios cuando creó el universo y el hombre, pero no dicen nada de la historia humana. El libro del Génesis habla de la identidad del ser humano, de su vocación y de lo que Dios quiere de él. Aprendemos que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. ¿En qué se parece el hombre a Dios? El parecido radica en su alma, no en su apariencia. La esencia de Dios es el amor y el hombre está llamado a llenar su ser con este amor. En el Nuevo Testamento, Jesús abre al hombre el camino del amor, explicándole lo que es la verdadera humanidad y la verdadera filiación divina. El amor no es solo realizar unas cuantas obras buenas, es más que eso: es una forma de vida a la que nos acostumbramos, con el fin de realizar plenamente nuestra vocación. Esto no es así solo para los cristianos, sino que es una llamada universal a todos los hombres. Pero los cristianos, que han conocido a Jesucristo, tienen el deber de comprometerse en el amor, siguiendo las huellas de Jesús, para vivir heroicamente las siguientes palabras: «Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen […] Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos?» (Mt 5,44.46). En otro lugar: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando» (Jn 15,13-14).
El amor es un término que se utiliza con diferentes significados y contextos y es necesario volver a las palabras de Jesús para captar el verdadero significado del mandamiento del amor. El amor es muy distinto del deseo que suscita emociones, tampoco significa simplemente amistad, aunque sea algo muy noble si se vive en la fidelidad. La amistad es sana, sobre todo cuando se vive con honestidad, pero el amor o la caridad (agapé en griego) no conoce límites. El amor va incluso más allá de nuestros conocidos, de aquellos con quienes hemos vivido o con quienes nos hemos relacionado. El amor, en el sentido divino, es impulsado por la gracia de Dios hacia aquellos que nos encontramos, sean extranjeros o vecinos, que nos hace cuidar del pobre, ser cariñosos con el débil y perdonar al enemigo. Jesús dice: «Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 15,12). Jesús nos ama, pecadores como somos, independientemente de nuestros méritos o buenas acciones. Murió por nosotros cuando aún vivíamos en pecado.
«En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4,10). Dios es la fuente del amor; cuando acogemos su don y empezamos a amarnos unos a otros, volvemos a nacer como hijos suyos. Es posible que el amor cristiano sea exigente y difícil al principio, pero podemos acostumbrarnos a vivir así si nos comprometemos a practicarlo todos los días, ayudándonos al mismo tiempo de la oración y la meditación del evangelio, y abriéndonos a la acción de la gracia y a la presencia de Dios en nuestra vida. A través de la experiencia del amor de Dios por nosotros, recibimos la fuerza para salir de nosotros mismos y amar a los demás.

4. Leer y meditar

Lectura de san Isaac el Sirio (s. VII d. C.): ¡Solo el amor es creativo!

¡No intentes diferenciar entre personas dignas e indignas! Trátalas con igualdad para poder amarlas y servirlas y llevarlas a la bondad. El Señor cenaba con los recaudadores de impuestos y los pecadores, y no desdeñaba a los indignos. De la misma manera, haz el bien y ofrece atención al hereje y al asesino. No discrimines: son hermanos que comparten la naturaleza humana contigo.
Este es mi consejo para ti, hijo mío: en la balanza, haz que pese más el recipiente de la misericordia. Sentirás la misericordia de Dios hacia el mundo en lo profundo de tu corazón.
¿Cuándo sabe el hombre que su corazón ha alcanzado la pureza? Cuando descubre que todos los que están alrededor son buenos y nadie es impuro. Porque el corazón del hombre es inherentemente puro. ¿Cómo se define la pureza del corazón? En pocas palabras, es la compasión del corazón hacia todo el universo. ¿Qué es la compasión del corazón? La llama que atrae el corazón hacia cada criatura ya sea humana, animal, pájaro o demonio. Cuando un ser humano mira a cualquier criatura con profunda y vívida compasión, sus ojos se llenan de lágrimas y no puede permitir, oír o considerar ningún daño o perjuicio hacia cualquier criatura.
Por lo tanto, la oración mezclada con las lágrimas conserva y purifica a las criaturas ignorantes, enemigas de la verdad y a quien se resista a ella. ¡Esta inconmensurable compasión se genera en el corazón del hombre, acercándolo a Dios!

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