Capítulo 26: La segunda venida

Introducción
Lectura y comprensión del evangelio
Enseñanza teológica y espiritual
Lectura y meditación

1. Introducción

¿Qué queremos decir con el «fin» de todas las cosas? ¿Cuándo y cómo llegará el final? ¿Qué recompensa o castigo recibiremos al final? ¿Cuál es la actitud requerida mientras esperamos el final? Estos son algunos ejemplos de preguntas que pueden hacerse sobre la escatología, es decir, «las últimas cosas». El evangelio utiliza un estilo apocalíptico al hablar de las últimas cosas, mientras que la enseñanza de la Iglesia nos da puntos teológicos claros al decir que hay dos juicios para cada persona: el juicio particular, en el día de nuestra muerte, y el juicio final, común, en el día del fin del mundo y la segunda venida de Cristo.
Leamos primero un texto del discurso escatológico, este discurso que se desarrolla a lo largo de dos capítulos (Mt 24—25), para después iluminar las imágenes y los símbolos que hablan de la experiencia de la espera del Señor; luego ofreceremos la enseñanza teológica y espiritual sobre el tema de la escatología.

2. Lectura y explicación del evangelio

La segunda venida (Mt 24,32-44)

32Aprended de esta parábola de la higuera: cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; 33pues cuando veáis todas estas cosas, sabed que él está cerca, a la puerta. 34En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo suceda. 35El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. 36En cuanto al día y la hora, nadie lo conoce, ni los ángeles de los cielos ni el Hijo, sino solo el Padre. 37Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. 38En los días antes del diluvio, la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; 39y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: 40dos hombres estarán en el campo, a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; 41dos mujeres estarán moliendo, a una se la llevarán y a otra la dejarán. 42Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. 43Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa. 44Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.

2.1 Explicación

En su quinto y último discurso, Jesús instruye a sus discípulos en el tema de las últimas cosas y la venida del reino. El discurso comienza tras una pregunta de los discípulos: «¿Cuándo sucederán estas cosas y cuál será el signo de tu venida y del fin de los tiempos?» (Mt 24,3). Y así, Jesús responde en los dos capítulos siguientes (Mt 24—25), sin interrupción hasta Mt 26,1. Indica, en estilo apocalíptico, cómo vendrá el fin del mundo, y reuniendo cuatro parábolas (el siervo fiel, las diez vírgenes, los talentos y el juicio final) subraya la importancia de preparar la segunda venida del Señor mediante el trabajo, la vigilancia y la oración. Jesús no respondió en su discurso a la pregunta de «cuándo», sino que enseñó sobre «cómo» será el final y la actitud necesaria para prepararse para recibirlo.
Entre las características de la literatura apocalíptica, que abarca tres siglos (del 200 a. C. al 100 d. C.), están el carácter secreto, el lenguaje simbólico y el tema del Hijo del hombre. Este tipo de literatura, nacida durante las persecuciones y tribulaciones, es un mensaje de aliento a los fieles, una confirmación en la fe y una promesa de la victoria final de Dios. El lenguaje apocalíptico está lleno de metáforas e imágenes oscuras, no llama a las cosas por su nombre y toma prestados nombres simbólicos del Antiguo Testamento. Esto es así porque es reflejo de las peligrosas circunstancias en el momento de la escritura. Para los primeros cristianos, el discurso escatológico se centra en dos eventos importantes: la destrucción de Jerusalén en el año 70 d. C., y el fin del mundo con la venida de Jesús como juez. De hecho, estos dos acontecimientos se han mezclado hasta tal punto que es difícil saber si tales versos hablan de tal suceso o no. Pero la verdad teológica es que la destrucción de Jerusalén es un signo del establecimiento del reino espiritual y definitivo de Dios, en lugar del reino judío y temporal.
En el evangelio de hoy (Mt 24,32-44), encontramos dos imágenes: la higuera y el diluvio. Antes de esto, Jesús había hablado del fin con otras imágenes: el engaño a los fieles, la caída de las estrellas del cielo, el enfriamiento del amor entre las personas, etc. A partir de estas imágenes, Jesús subraya la importancia de los signos y su interpretación. «Cuando las ramas [de la higuera] se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca» (v. 32). La importancia de los signos radica en su lectura e interpretación. Al segundo día de llegar a Jerusalén (Mt 21,18-22), Jesús maldijo una higuera porque no daba fruto. La imagen de la higuera tiene dimensiones simbólicas: es el rostro del pueblo judío del que el Señor había esperado el fruto de la fe, pero que no se produjo, al igual que la vid, que tampoco dio fruto (Is 5). La segunda imagen del evangelio de hoy es la del diluvio (vv. 37-39). Esta también habla simbólicamente de la segunda creación, que se sale completamente de nuestras expectativas. Esta creación no vendrá a nosotros durante el sueño, sino durante nuestras horas de vigilia y de trabajo (dos hombres en el campo, dos mujeres en el molino). Jesús termina su enseñanza insistiendo en la importancia de la vigilancia, porque el momento del fin, el fin de nuestra vida (la muerte) y el fin del mundo, nadie lo conoce, al igual que el ladrón que viene inesperadamente durante la noche.

2.2 Resumen y práctica

El final llegará un día. El Señor quiere que nos preparemos para la eternidad, nos pide que estemos atentos y vigilantes. Este estado de preparación requiere un comportamiento coherente con nuestra fe, que muestre la veracidad de nuestras actitudes espirituales. Para estar preparados necesitamos un corazón despierto. La apatía y la pereza (parábola del siervo fiel: Mt 24,46), no llenar nuestras lámparas con aceite (parábola de las diez vírgenes: Mt 25,3) y no desarrollar nuestros talentos (parábola de los talentos: Mt 25,26) son razones que muestran que nuestro comportamiento no es coherente con los criterios del reino.
En la literatura apocalíptica, aparece el tema del «tiempo». La llegada del reino está cerca, pero no sabemos exactamente cuándo, puede ser ahora o pasado un tiempo. Jesús nos pide que vivamos nuestra vida presente como si ya estuviéramos al final de los tiempos, no en un futuro lejano, sino en el tiempo presente. Esto exige un arrepentimiento inmediato y un cambio de estilo de vida ya ahora, no mañana, sabiendo que Dios es el Señor de la historia, que está más allá del tiempo y ve nuestro presente y nuestro futuro. La Palabra de Jesús es inmutable: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (v. 35). La buena noticia de la salvación no cambiará, a pesar de los cambios de tiempo y lugar de su proclamación, y debemos vivir como si cada momento fuera el último de nuestra vida, preparados para encontrarnos con el Señor. En efecto, ¡él no retrasará su venida!

3. Enseñanza teológica y espiritual

Escatología

Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro

La resurrección de Cristo es la base de la fe cristiana. San Pablo dijo: «Pero si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe […] Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto» (1 Cor 15,12-20). La resurrección es el centro de nuestra fe porque, por un lado, reveló a los discípulos la verdad de la divinidad de Jesucristo y, por otro lado, es la prenda de nuestra propia resurrección, ya que seremos resucitados por su resurrección. Cristo nos ha salvado de toda clase de males, y como dice san Pablo: «El último enemigo en ser destruido será la muerte» (1 Cor 15,26). Por eso los fieles glorifican a Cristo y le dan gracias, porque por su resurrección nos ha dado la gracia de su victoria y su vida eterna.
Hablar de la vida eterna nos lleva a tratar otro tema: el del juicio. El hombre será tratado según sus obras y su comportamiento. ¿Es cierto que Dios juzgará a los seres humanos? Efectivamente, podemos decir que, ante su luz, veremos nuestra vida en toda su verdad. Entonces, todas las mentiras y falsas opiniones que nos cegaron pasarán ante nosotros. Así, los puntos de referencia sobre los que hemos construido nuestra vida nos resultarán claros. ¿Fue construida sobre el amor? ¿En la fe? ¿En el bien? ¿O hemos construido sobre la arena de los sueños y las obras que pensábamos que eran grandes e importantes, cuando en realidad son vanas y no dan vida? El juicio pondrá al descubierto nuestras elecciones, y allí cada persona asumirá la responsabilidad de sus acciones y actitudes. El juicio es como el fuego que quema la capa exterior para poner al descubierto los secretos de las personas. Entonces todos se darán cuenta de cómo ha sido realmente su vida. Ante esta realidad, los creyentes renovarán su confianza en la misericordia de Dios y no en sus propios méritos. De hecho, esta misericordia nos ha llenado durante esta vida en la tierra y esperamos la vida futura. Es difícil juzgarnos a nosotros mismos mientras vivimos en esta tierra, de la misma manera que no podemos juzgar a los demás. Escuchemos la voz de Dios en nuestras elecciones diarias y confiemos en su misericordia en el día del juicio. ¿Cuándo tendrá lugar el juicio? En realidad, tiene dos aspectos: el primero es personal, individual, y vendrá el día de nuestra muerte, que marca el fin del tiempo para nosotros y el comienzo de la eternidad de Dios; la segunda parte del juicio es comunitaria y cósmica; cada uno de nosotros estará en comunión con el mundo entero y asumirá su responsabilidad a nivel personal y comunitario. Por eso decimos que, después de la muerte, cada uno de nosotros esperará el último día, cuando el Señor Jesús regrese en gran gloria y sea todo en todos. Esto marcará el fin del mundo, es decir, su cumplimiento. Entonces reconoceremos no solo nuestra verdad, sino también la verdad del mundo.

4. Leer y meditar

Lectura de documentos del Concilio ecuménico Vaticano II

El misterio de la muerte

El máximo enigma de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor y con la disolución progresiva del cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición perpetua. Juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo. La semilla de eternidad que en sí lleva, por ser irreducible a la sola materia, se levanta contra la muerte. Todos los esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que sean, no pueden calmar esta ansiedad del hombre: la prórroga de la longevidad que hoy proporciona la biología no puede satisfacer ese deseo del más allá que surge ineluctablemente del corazón humano.
Mientras toda imaginación fracasa ante la muerte, la Iglesia, aleccionada por la revelación divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre. La fe cristiana enseña que la muerte corporal, que entró en la historia a consecuencia del pecado, será vencida cuando el omnipotente y misericordioso Salvador restituya al hombre en la salvación perdida por el pecado. Dios ha llamado y llama al hombre a adherirse a él con la total plenitud de su ser en la perpetua comunión de la incorruptible vida divina. Ha sido Cristo resucitado el que ha ganado esta victoria para el hombre, liberándolo de la muerte con su propia muerte. Para todo hombre que reflexione, la fe, apoyada en sólidos argumentos, responde satisfactoriamente al interrogante angustioso sobre el destino futuro del hombre y al mismo tiempo ofrece la posibilidad de una comunión con nuestros mismos queridos hermanos arrebatados por la muerte, dándonos la esperanza de que poseen ya en Dios la vida verdadera.

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