Capítulo 21: La Samaritana

Introducción
Lectura y comprensión del evangelio
Enseñanza teológica y espiritual
Lectura y meditación

1. Introducción

El encuentro con Cristo cambia la vida. Cuando una mujer samaritana iba al pozo a buscar agua, se encontró con «aquel que posee el agua viva» y le enseñó que el verdadero culto no está limitado por el lugar o la ubicación, sino por el espíritu y la verdad. La vida de la mujer samaritana cambió por completo y se convirtió en misionera suya.
¿Cómo valoras tus encuentros con las personas? ¿Conllevan buenas noticias de salvación y paz? ¿Incluyen conversaciones constructivas? ¿Por qué te has unido a este grupo catequético? ¿Cuál es tu experiencia con Jesús? ¿Estás considerando hacer una peregrinación o una visita a lugares sagrados? ¿Crees firmemente que Dios está presente en el Medio Oriente, como en Europa y en otros lugares, siguiendo tus pasos y escuchándote cuando lo invocas? Estas preguntas son las que trataremos de abordar en nuestra reunión de hoy.

2. Lectura y explicación del evangelio

El encuentro de Jesús con la samaritana (Jn 4,1-42)

1Cuando supo Jesús que habían oído los fariseos que Jesús hacía más discípulos que Juan y que bautizaba 2(aunque Jesús no bautizaba, sino sus discípulos), 3dejó Judea y partió de nuevo para Galilea. 4Era necesario que él pasara a través de Samaría. 5Llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; 6allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta. 7Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber». 8Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. 9La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). 10Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva». 11La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; 12¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?» 13Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; 14pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». 15La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla». 16Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve». 17La mujer le contesta: «No tengo marido». Jesús le dice: «Tienes razón, que no tienes marido: 18has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad». 19La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un profeta. 20Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén». 21Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. 22Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. 23Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. 24Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad». 25La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo». 26Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo».
27En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?» 28La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: 29«Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?» 30Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. 31Mientras tanto sus discípulos le insistían: «Maestro, come». 32Él les dijo: «Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis». 33Los discípulos comentaban entre ellos: «¿Le habrá traído alguien de comer?» 34Jesús les dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. 35¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; 36el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. 37Con todo, tiene razón el proverbio: uno siembra y otro siega. 38Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos». 39En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho». 40Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. 41Todavía creyeron muchos más por su predicación, 42y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».

2.1 Explicación

La conversación de Jesús no fue con un samaritano sino con una mujer samaritana, lo que le da a la mujer un valor y estima olvidado entre los pueblos antiguos. Este encuentro se asemeja a los de los primeros patriarcas: Isaac con Rebecca (Gén 24,64-67), Jacob con Raquel (Gén 29,10-12) y Moisés con Séfora (Éx 2,16-21). La conversión de los samaritanos al final de este texto es similar a una nueva relación de alianza, un nuevo matrimonio entre Dios y su pueblo. El diálogo entre un judío y una mujer samaritana es inusual debido a la larga enemistad entre estos dos pueblos tanto desde una perspectiva histórica como desde el punto de vista de la fe.
Históricamente, este conflicto remonta a la muerte del rey Salomón en 935 a. C. (como mencionamos antes, en el capítulo 14, que trataba del buen samaritano), cuando el país se dividió en el territorio del Norte (Israel) y del Sur (Judá o Judea). Después de esta separación entre Judea e Israel en el siglo IX, el rey Omri, del reino del Norte, compró la colina de Samaría a Semer (1 Re 16,24). Construyó allí la ciudad de Samaría, que se convirtió en su capital, y controló el valle por el que discurría un camino principal entre Jerusalén y Galilea, donde Jesús se encuentra con la mujer samaritana. Se dice que todavía quedan algunos samaritanos viviendo en Tierra Santa.
Desde el punto de vista de la fe, los samaritanos creían solo en los cinco libros de la Torá (y no en todo el Antiguo Testamento). Creían en un solo Dios, en la ley y los Diez Mandamientos. Para ellos, el monte Guerizín es el lugar elegido por Dios para su culto y ofrendas. Creían en Moisés como el único profeta que debía regresar y lo llamaban «el Arrepentido» o «El que volverá».
El viaje desde el norte (Galilea) hacia el sur (Judea) no requiere pasar por Samaría, a través de las montañas pobladas por bandidos. Existía un camino más fácil, bordeando el Jordán, que solían tomar los peregrinos. Así, cuando el evangelio dice que Jesús tenía que atravesar Samaría (v. 4), está claro que no se trataba de una obligación geográfica sino misionera. Quería ir allí para evangelizar. El evangelio de hoy desarrolla dos temas:

a. El diálogo con la samaritana sobre el agua (Jn 4,7-18):

El diálogo con la samaritana se puede leer en dos niveles: el primero es un intercambio humano, material o natural; y el segundo, el más importante, es espiritual y divino. El agua que el hombre necesita para saciar su sed se ha convertido, para Jesús, en el agua viva que transforma a quienes la beben en manantiales de agua eterna. ¿Qué simboliza el agua? El agua en la Biblia tiene muchos significados. Simboliza la vida y la muerte, porque vivifica al ser humano, a los animales y las plantas, pero cuando los sumerge, mueren. Sin embargo, Jesús da el agua viva, que naturalmente se explica como una corriente de agua pura, a diferencia del agua estancada que no tiene vida, cubierta de impurezas y bacterias. El agua viva significa muchas cosas: en la Biblia simboliza la Palabra de Dios y sus enseñanzas, su sabiduría eterna y su ley sagrada. En el evangelio de Juan, el agua simboliza al Espíritu Santo, el don de Dios por excelencia después de la resurrección. En la vida de la Iglesia el agua es símbolo del agua bendecida del bautismo. El que acepta la Palabra de Dios se transforma en una fuente que transmite esta palabra, en un evangelizador carismático, portador de la Buena Nueva de Cristo, que desborda de gracias en la Iglesia y santifica a los que lo rodean. De hecho, toda persona bautizada puede bautizar en caso de emergencia.

b. El culto (Jn 4,19-24)

La samaritana habla de un lugar geográfico de culto en el monte Guerizín, frente al de Jerusalén. Pero Jesús habla de la calidad de la adoración diciendo: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así» (vv. 21-23). Aquí, Jesús eleva el nivel del diálogo desde lo terrenal y superficial a un nivel superior, espiritual. Para los cristianos, no es el lugar sagrado el que cura, ni el santuario o la Iglesia de tal santo. Jesús habla de una adoración que viene del corazón: no es el lugar lo que sana, sino la fe que brota del corazón. Por eso, en el cristianismo no tenemos la obligación de peregrinar. La interpretación de la expresión «adorar al Padre en espíritu y en verdad» (v. 23) se apoya en la verdadera adoración al Padre, a través del poder del Espíritu Santo, sobre la base de la verdad en Jesús. Independientemente de las explicaciones teológicas, lo que Jesús busca es la adoración que viene del corazón. La religión cristiana no es un conjunto de rituales externos, aun cuando se sirve de símbolos y de liturgia. Lo importante en el cristianismo es el corazón, el interior del hombre.

2.2 Resumen y práctica

El evangelio de hoy nos invita a buscar en nuestra vida el agua viva, a Jesucristo, a través de sus palabras y enseñanzas. Nos dice que aquel que bebe de esta agua nunca tendrá sed. ¿Por qué acudir a los pozos agrietados que no sacian nuestra sed? Cuando bebemos del agua viva, nos transformamos en fuente de vida eterna para los demás. Nuestra vida encuentra su sentido en ser discípulos de Jesús y dar testimonio de él en nuestro entorno. Adoremos, pues, a Dios en espíritu y en verdad, como nos invita a hacer la lectura del evangelio de hoy. Los cristianos no estamos obligados a peregrinar: Dios está presente en todas partes y siempre. Su presencia es real y saludable de una forma duradera.

3. Enseñanza teológica y espiritual

La acción del Espíritu Santo

El Espíritu Santo es uno de los símbolos importantes del agua viva (Jn 4,7-18), el don de Dios por excelencia para los hombres. ¿En qué consiste? Los cristianos creen en la Trinidad, un solo Dios en tres Personas. Esto no significa que Dios esté aislado o dividido, sino que en su unidad es tres Personas, cada una con su propio papel y especificidad, cada una con su relevancia en la historia de la salvación. El Espíritu Santo es la tercera Persona, y su nombre está vinculado a la acción de Dios en la creación: «El Espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas». Su presencia siempre indicaba una nueva creación. Luego lo vemos revoloteando sobre la cabeza de Jesús al comienzo de su ministerio público, símbolo de una nueva creación del mundo. También lo vemos en Pentecostés, descendiendo sobre los discípulos, confirmando la misión de la Iglesia. Y creemos también en su efusión sobre los creyentes al comienzo de su vida cristiana, pues cada uno de nosotros lo recibe el día de su bautismo y confirmación.
Muchas imágenes en la Biblia nos ayudan a comprender el papel del Espíritu Santo y, así, su identidad. Es como el aire que nos hace respirar, como el viento que nos empuja a avanzar, y como el aceite que fortalece a los luchadores y atletas. Él es el fuego que purifica y calienta a los que tienen frío. Él es la paloma que desciende del cielo, y el agua ofrecida por Dios, que produce en nosotros manantiales que sacian la sed de los que nos rodean.
Jesús fue generoso al compartir con sus discípulos este don sublime. El Espíritu es también el Espíritu de comunión amorosa entre el Padre y el Hijo. Cuando el Espíritu Santo se derrama en nosotros, nos da la vida de Dios y nos hace destinatarios de su santidad. A pesar de su poder, no nos obliga a aceptarlo, sino que nos guía, desde adentro, a tomar la decisión correcta según la voluntad de Dios. Él respeta nuestra libertad sin oprimirla. Al contrario, guía nuestra libertad que, quizás, podría ser incapaz de elegir el bien. Al liberarnos de todas las cadenas que pueden retenernos, nos da la capacidad de elegir lo mejor.
¿Cómo nos libera el Espíritu desde el interior? Nos insta a amar y nos provee de la gracia necesaria. El Espíritu libera nuestro corazón del egoísmo, que es la puerta al pecado y la esclavitud. Nos invita a poner paz, suscitando el deseo de perdón y reconciliación. Él siembra en lo hondo de nuestro corazón el bien de la familia a la que pertenecemos. Es el amor entre Dios Padre y su Hijo. El Espíritu nos insta a llamar a Dios «Abba», Padre.
Por su naturaleza amorosa y misericordiosa, no concentra su acción solo en los cristianos, sino que está presente en todo ser humano. A los que se abren a su acción, aun sin reconocerlo, la Iglesia los llama «personas de buena voluntad». El Espíritu no pertenece a la Iglesia y vive según su voluntad; él es el maestro, quien la guía a través de sus inspiraciones, para que siga siendo, en el océano de esta vida, el símbolo del amor de Dios por todos los hombres.

4. Leer y meditar

Lectura de san Gregorio Nacianceno (c. 330-390)

Diversidad en el Espíritu Santo

Si decimos que el Espíritu Santo no debe ser adorado, ¿cómo puede deificarme por el bautismo? Y si debe ser adorado, será porque es objeto de adoración. Y si es un objeto de adoración, debe ser Dios. Uno está vinculado al otro en una cadena verdaderamente dorada y salvadora.
Se le llama «Espíritu de Dios», «Espíritu de Cristo», «mente de Cristo», «Espíritu del Señor» y «Señor» por derecho propio, «Espíritu de adopción», «de verdad», «de libertad». «Espíritu de sabiduría», «de entendimiento», «de consejo», «de poder», «de conocimiento», «de piedad», «del temor de Dios». Porque él es el Hacedor de todas estas cualidades, llenándolas todas con su esencia, conteniendo todas las cosas, llenando el mundo en su esencia, pero cuyo poder no puede ser comprendido por el mundo. Es bueno, recto y nos guía. Él santifica por naturaleza y no por adopción.
Él santifica, no es santificado. Él mide, sin que se le pueda medir. Comparte sus dones con todos. Él llena, pero no está lleno. Él contiene y no está contenido, es recibido como una herencia, glorificado, contado con el Padre y el Hijo.
Se le presenta como amenaza. Él es «el dedo de Dios». Fuego, como Dios, para manifestar, a mi entender, su unidad de ser [con el Padre y el Hijo]; es el Espíritu que crea todas las cosas, el que por el bautismo y por la resurrección las hace todas nuevas.
Es el Espíritu que lo sabe todo, que enseña, que sopla donde quiere y con la fuerza que quiere. El Espíritu que dirige, habla, envía, aparta, se enoja, es puesto a prueba, quien revela, ilumina, da vida, o más bien, el que es la Luz y la Vida mismas. Nos transforma en su templo, nos deifica; es quien nos conduce por el camino de la perfección, de modo que precede al bautismo y se debe buscar después del bautismo. Aquel que hace todo lo que Dios hace. Se divide en lenguas de fuego, distribuye dones espirituales, creando apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros.

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