Capítulo 20: El matrimonio cristiano

Introducción
Lectura y comprensión del evangelio
Enseñanza teológica y espiritual
Lectura y meditación

1. Introducción

El Creador instituyó la alianza matrimonial que une al hombre y a la mujer en una vida de amor íntimo compartido, bajo unas reglas específicas, mientras que Jesús elevó el matrimonio al nivel de un sacramento. De hecho, los tres pilares del matrimonio cristiano son: unidad, indisolubilidad y apertura a la fertilidad. En consecuencia, la poligamia contradice la unidad, el divorcio separa lo que Dios ha unido, y la negación de la reproducción y de la fertilidad priva a la vida conyugal del fruto más precioso que Dios le otorga al hombre: los hijos.
¿Cuál es tu opinión sobre el matrimonio? Las leyes civiles tienen un enfoque diferente a la institución del matrimonio. ¿Consideras que el enfoque cristiano es más complejo, en lugar de ser más simple y sencillo? ¿En qué se basa el código cristiano para las normas relativas al sacramento del matrimonio? Estas son las preguntas que intentaremos responder en nuestra reunión de hoy, basándonos en el evangelio y la enseñanza teológica y sacramental sobre el matrimonio.

2. Lectura y explicación del evangelio

El matrimonio cristiano (Mt 19,1-12)

1Cuando acabó Jesús estos discursos, partió de Galilea y vino a la región de Judea, al otro lado del Jordán. 2Lo seguía una gran multitud y él los curaba allí.
3Se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: «¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?» 4Él les respondió: «¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, 5y dijo: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”. 6De modo que ya no son dos, sino una sola carne? Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre». 7Ellos insistieron: «¿Y por qué mandó Moisés darle acta de divorcio y repudiarla?» 8Él les contestó: «Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres; pero, al principio, no era así. 9Pero yo os digo que, si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— y se casa con otra, comete adulterio». 10Los discípulos le replicaron: «Si esa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse». 11Pero él les dijo: «No todos entienden esto, solo los que han recibido ese don. 12Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes se hacen eunucos ellos mismos por el reino de los cielos. El que pueda entender, entienda».

2.1 Explicación

La pregunta de los fariseos a Jesús había sido objeto de una larga controversia entre los judíos más intransigentes y los más indulgentes. La ley del Antiguo Testamento permitía el divorcio en circunstancias particulares, y no simplemente por «cualquier razón» (Dt 24,1-4). La pregunta es clara: ¿está permitido divorciarse por alguna razón? Jesús, en su respuesta, va más allá de sus afiliaciones sectarias, e insiste en la indisolubilidad del matrimonio y la prohibición del divorcio. ¿Por qué?
Como Jesús es el Hijo de Dios, sabe cuál es la voluntad de Dios. En su respuesta (vv. 4-6), se remonta al comienzo de la creación, mucho antes que Moisés. Al principio, Dios quiso que la persona humana fuera hombre o mujer. Esta dualidad es necesaria en el matrimonio; ningún matrimonio entre dos personas del mismo sexo es legítimo. Y cuando un hombre se une con una mujer para convertirse en una sola carne con ella, con todo lo que esto implica como verdad en el consentimiento matrimonial, ninguna autoridad humana puede disolver ese matrimonio, porque Dios lo ha bendecido y unido. En resumen, Jesús declara que el divorcio nunca ha formado parte del plan divino desde los albores de la creación.
Los fariseos siguen preguntando (vv. 7-8): «¿Por qué Moisés permitió el divorcio?» Esta pregunta esconde otra: ¿Moisés obraba en contra de la voluntad de Dios y de su Ley? Jesús responde con palabras directas: «Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres». Con esto, Jesús quiere decir que la Ley permitía que el divorcio resolviera una crisis creada por hombres malvados, y que esta solución nunca debería haber existido, ni estuvo en el pensamiento de Dios. En este caso, el divorcio era una exención excepcional y no una norma permanente de la Ley. La comunidad del reino que pertenece a Cristo debe vivir de acuerdo con la voluntad esencial de Dios y los problemas que se producen después del matrimonio se resolverán mediante la reconciliación y el perdón (Mt 18).
La excepción, la «fornicación», originalmente llamada porneia en griego (v. 9), que Jesús menciona se encuentra también en la primera carta de san Pablo a los Corintios (1 Cor 5,1), donde se permitía a dos parientes cercanos casarse, lo que originalmente no era aceptable. Por extensión, esta palabra significaría cualquier impedimento que se encuentre antes del matrimonio, y en el cual se basa el Código de Derecho Canónico, para declarar «la nulidad de un matrimonio». No existe el divorcio en la terminología cristiana.
Con Jesús, el matrimonio no es el único estado social para los creyentes. También existe la castidad voluntaria por el reino (v. 12). Los consagrados al servicio de Dios y del mundo son un signo de fecundidad en vida sin tener que engendrar y cuidar hijos. Por eso los llamamos padres, madres, hermanos y hermanas «espirituales», mereciendo ellos estos títulos debido a la universalidad de su misión.

2.2 Resumen y práctica

En el evangelio de hoy, Jesús mantiene el principio divino del matrimonio: un matrimonio de por vida, sin poligamia, sin divorcio. Las personas están llamadas a mantener su vida matrimonial en fidelidad y unidad hasta la muerte. Por otro lado, vemos que en nuestra sociedad actual las separaciones se multiplican debido al egoísmo, la concupiscencia, el placer instantáneo y la negación del sacrificio y del perdón. Pero, a pesar de todo, la Iglesia no podría, de ninguna manera, volver a la ley de Moisés y legalizar el divorcio. La Iglesia, de hecho, ha vivido durante dos mil años en solidaridad y unidad. Desde sus inicios, ha habido mártires y familias santas; una de las más famosas hoy es la familia de san Luis Martin y su esposa santa Celia, canonizados en Roma por el papa Francisco el 18 de octubre de 2015. Todos sabemos que la convivencia es difícil, pero es posible superar los problemas mediante la gracia del sacramento del matrimonio, en el que Dios se compromete a unir los corazones de ambos cónyuges en una comunión de amor para toda la vida.

3. Enseñanza teológica y espiritual

El sacramento del matrimonio

«No es bueno que el hombre esté solo» (Gén 2,18). Cuando Dios creó al ser humano, lo creó hombre y mujer, y sembró en sus corazones el deseo de no estar satisfechos viviendo solos, sino de buscar un compañero o pareja en sus vidas. Dios dijo: «Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne». Jesús recordó estas palabras y añadió: «Ya no son dos, sino una sola carne. Entonces, lo que Dios ha unido, el hombre no debe separarlo». Anunció esto al responder a los fariseos que lo interrogaban sobre el divorcio y sus razones. Para Jesús, el matrimonio es único y definitivo, en el sentido de que el hombre se casa solo una vez. Y mientras la esposa o el esposo estén vivos, no podrán casarse con otro. Esto es lo que se entiende por «unidad e indisolubilidad» del matrimonio.
El matrimonio tiene una finalidad, que no es menos importante que lo que se acaba de decir: la procreación. Los cónyuges deben estar abiertos al don de la vida. Dios lo dijo claramente en la creación: «Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla» (Gén 1,28).
Para la Iglesia, estos son los elementos esenciales del matrimonio, pero no se detiene en este nivel. La gracia del Señor Jesús excede toda imaginación. El Señor, de hecho, elevó el matrimonio al estatus de sacramento, es decir, que es como la Eucaristía, el bautismo y demás sacramentos, dotados de la gracia del Dios invisible, y derrama esta gracia en la vida de la pareja y la familia. Más específicamente, hace que el misterio de la ofrenda de Cristo en la cruz y de su resurrección impregne la familia. Volviendo a la epístola de san Pablo a los Efesios, el apóstol habla de la cruz de Cristo y de la vida conyugal: «Es este un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia. En una palabra, que cada uno de vosotros ame a su mujer como a sí mismo, y que la mujer respete al marido» (Ef 5,32-33).
También es importante hablar de otra dimensión del sacramento del matrimonio, como el sacramento de «comunión y unidad». La Iglesia cree que Dios llamó a la humanidad para formar un pueblo, una familia. Los esposos, a través de su unidad, participan en el deseo amoroso de Dios de contribuir a la comunión de la humanidad. Por lo tanto, el matrimonio se considera una escuela de amor, en la cual la pareja aprende, día tras día, de los actos de amor y viviendo una vida de entrega, el verdadero significado del amor, el don de Dios a la Iglesia, a través de la entrega mutua. «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Cuando el amor madure en la pareja, o cuando el hombre y la mujer maduren en el amor, podrán trasladar su experiencia a la Iglesia y a la sociedad. Como el matrimonio es un sacramento cristiano, su papel no se limita a santificar solo a la pareja, sino que el Señor llama a los hombres y mujeres a hacer de su matrimonio un carisma al servicio de Dios, de la Iglesia y de la sociedad.

4. Leer y meditar

Lectura de san Juan Crisóstomo (354-407)

El sacramento del matrimonio

No es suficiente que el hombre ame a su esposa, ya que ella fue creada de su carne, sino que debe amarla porque Dios ha establecido el siguiente mandamiento: «El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne». San Pablo nos recuerda esta norma al pedirnos que vivamos el amor en todas sus dimensiones. En su bondad, el apóstol no se contenta simplemente con alentar al hombre a amar a su esposa, en nombre de las leyes divinas o humanas, sino que menciona los dos órdenes, el divino y el humano, al mismo tiempo, sin separarlos el uno del otro. Las almas piadosas aman por motivación espiritual, mientras que las almas frágiles aman por una motivación humana y natural. Por eso comienza su enseñanza poniendo a Cristo como ejemplo: «Los esposos deben amar a sus esposas tal como Cristo amó a la Iglesia». Luego propone un ejemplo humano: «Los esposos deben amar a sus esposas como aman sus propios cuerpos». Más adelante regresa a Cristo: «¿No somos miembros de su cuerpo?» Finalmente, vuelve al hombre: «El hombre debe dejar a su padre y a su madre y unirse a su esposa». Después de esto, agrega: «Esto es un gran misterio».

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