Capítulo 19: La vida en la Iglesia

Introducción
Lectura y comprensión del evangelio
Enseñanza teológica y espiritual
Lectura y meditación

1. Introducción

¿Qué te sugiere el término «Iglesia»? ¿Es solo un lugar de culto para los cristianos? ¿Representa al clero a cargo de la fe? ¿La Iglesia está formada por pecadores o solo por personas perfectas? Cuando estudiamos la confesión de fe de Pedro (Mt 16,18-19), vimos que Jesús instituyó una jerarquía en la comunidad de los discípulos, cuya cabeza es Pedro, seguida por algunos discípulos (Santiago y Juan) seleccionados para ser testigos de eventos especiales en la vida de Jesús. Pero aquí, en Mt 18, vemos una Iglesia no en forma de triángulo, sino de círculo. Es la Iglesia-Comunidad, un grupo de personas que viven como humildes hermanos que se aman y perdonan. Estos hermanos hacen todo lo posible para no perder a ninguno; saben muy bien que son pecadores perdonados y que siempre deben vivir este perdón entre ellos.

2. Lectura y explicación del evangelio

Discurso eclesiológico (Mt 18,1-22)

1En aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?» 2Él llamó a un niño, lo puso en medio 3y dijo: «En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. 4Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. 5El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí. 6Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al fondo del mar. 7¡Ay del mundo por los escándalos! Es inevitable que sucedan escándalos, ¡pero ay del hombre por el que viene el escándalo! 8Si tu mano o tu pie te induce a pecar, córtatelo y arrójalo de ti. Más te vale entrar en la vida manco o cojo que con las dos manos o los dos pies ser arrojado al fuego eterno. 9Y si tu ojo te induce a pecar, sácalo y arrójalo de ti. Más te vale entrar en la vida con un solo ojo que con los dos ser arrojado a la gehenna del fuego. 10Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial. 11Pues el Hijo del hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido. 12¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en los montes y va en busca de la perdida? 13Y si la encuentra, en verdad os digo que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. 14Igualmente, no es voluntad de vuestro Padre que está en el cielo que se pierda ni uno de estos pequeños. 15Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. 16Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. 17Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. 18En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos. 19Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. 20Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
21Acercándose Pedro a Jesús le preguntó: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?» 22Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

2.1 Explicación

En los cuatro capítulos anteriores (Mt 14—17) se describe la fundación de la Iglesia por parte de Jesús: hizo de los discípulos su núcleo, la enseñanza del reino y el cuerpo eucarístico su alimento, Pedro es su piedra fundamental y la cruz su camino a la gloria y a la resurrección. En este capítulo 18, Jesús se dirige a los discípulos, el núcleo de la Iglesia, y define el camino de los hijos del reino. No describe una clara estructura organizada para la Iglesia, ni da instrucciones sobre su formación, sus leyes litúrgicas o morales para su funcionamiento interno. En cambio, da una enseñanza inspirada en el mandamiento principal del amor, mostrando al cristiano cómo debe actuar en sus relaciones personales con sus hermanos. Este discurso podría titularse: «La Iglesia es una comunidad de perdón y reconciliación».
El discurso se divide en dos partes: la comunidad de los pequeños (vv. 1-14) y la de hermanos (vv. 15-35). La primera parte comienza con la pregunta de los discípulos: «¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?» (v. 1). En la respuesta de Jesús, la palabra «niño» se repite cuatro veces, insistiendo en la vida de inocencia, pureza y simplicidad, mientras se aleja de todo orgullo y vana presunción. Jesús advierte contra el desprecio de los pequeños y contra el hecho de escandalizarlos, para que ese comportamiento no los aleje del reino. Pero si alguien peca y se aleja del redil, es necesario buscarlo y hacerlo regresar a casa con alegría y perdón.
En la segunda parte (vv. 15-35), Jesús habla de la Iglesia como una comunidad de hermanos. A todos atañe la responsabilidad de corregir al hermano que peca. Insiste en que a nadie se le debe prohibir la entrada a la Iglesia, excepto si es para disuadir del mal. Jesús exhorta a ejercer el perdón mutuo, pues la Iglesia es, de hecho, una comunidad de hermanos pecadores que se perdonan y se aman entre ellos. En cuanto a la oración (v. 20), podemos ver que el Señor Jesús subraya la importancia de la oración litúrgica, ya que Dios responde de buena gana a las oraciones en común (Jn 14,13-17). Los doctores de la ley solían creer que Dios estaba presente entre ellos cuando enseñaban la Torá, o cuando oraban juntos. En este momento (v. 21) Pedro interrumpe el discurso para hacer una pregunta sobre el perdón del «hermano que peca contra mí». Jesús responde con la parábola del siervo despiadado, aclarando la importancia de perdonar al prójimo y recordando la oración que nos enseñó: «Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden».

2.2 Resumen y práctica

El discurso de Jesús reclama que el creyente viva con la humildad de un niño. En esto se inspiró santa Teresa del Niño Jesús al hablar de la «infancia espiritual». Debemos ser un buen ejemplo los unos para los otros, y no escandalizar a los demás con nuestro comportamiento. Dentro de la comunidad, alguien puede extraviarse. La corrección fraterna según estos principios está en el centro de la comunidad, y la excomunión es el último recurso para los que no responden de otra manera. En cuanto a la oración comunitaria, Dios la ama y responde a ella. Hagamos que el perdón del prójimo sea ilimitado.
Las enseñanzas de Jesús son eternas y se aplican igualmente a todas las comunidades. A través del bautismo, somos hechos miembros de la comunidad de la Iglesia que vive esta fraternidad. No importa cuántas personas hayan dejado de creer en los valores cristianos, esta página del evangelio sigue siendo un puro reflejo de lo que los santos viven en la tierra.

3. Enseñanza teológica y espiritual

La Iglesia

Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica

La Iglesia es un artículo de fe de nuestro Credo, porque es un regalo muy importante que Dios nos da. Jesús la fundó durante su vida, por su muerte y resurrección, y le confirió su Espíritu Santo.
La Iglesia es «una y católica». Dios lo quiere así: una, unida en la fe, en la caridad y en el compromiso con el reino de Dios. Por eso, la Iglesia sufre por sus divisiones, ya sea dentro de la misma comunidad eclesial o entre iglesias de distintas denominaciones, por razones de fe, de pecado, o por disputas históricas insuperables hasta ahora. A partir de la difusión del cristianismo por todo el mundo, se fundaron Iglesias según las culturas locales, dando lugar a iglesias sirias, coptas, armenias, griegas y latinas. Tal diversidad no es división, sino una base sólida para la Iglesia, fundada en la cultura y civilización local. Tal diversidad es una bendición por su riqueza, pero también es una amenaza para la unidad de la Iglesia. Dios quiere una sola Iglesia unida y le ha dado su Espíritu Santo, que obra para la renovación de las personas y de las estructuras, creando un diálogo entre las diversas Iglesias orientales y occidentales. Por eso creemos que llegará la unidad, cuyos signos ya están presentes hoy y son visibles cada vez que saboreamos la presencia del único Señor en la Iglesia.
La Iglesia es «santa», porque es el Cuerpo de Jesucristo y cada creyente es miembro de este Cuerpo. La Iglesia se constituye en torno a la Eucaristía, cuando los creyentes se unen para comulgar juntos el Cuerpo de Cristo. Es santa porque su santidad proviene del mismo Señor Jesús, que la hizo suya. Su santidad no se puede atribuir a la santidad de sus hijos, si bien tal santidad es deseada, sino al hecho de que ella es la Iglesia de Cristo. La Iglesia es consciente de los pecados de sus miembros, ya sean individuales o colectivos, pero espera en la gracia del Señor que purifica las mentes y los corazones. Esta santidad de la Iglesia es un don de Dios, y no se basa en los méritos de sus fieles. Por eso, la Iglesia se regocija en los santos, faros brillantes entre nosotros, prueba de la eficacia de la gracia de Dios en la vida del creyente y, al mismo tiempo, reflejo honesto de la santidad de la Iglesia.
La Iglesia es «apostólica» porque fue instituida sobre la fe de los apóstoles. Jesús le dijo a Pedro: «Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia». Los himnos cristianos ensalzan a los apóstoles, porque son los cimientos y las columnas de la Iglesia. En efecto, a la Iglesia se le confía el depósito de la fe de los apóstoles, y ella se cuida de permanecer fiel a sus enseñanzas. Día tras día, es consciente de su deber de tratar de conocer las profundas dimensiones de esta fe y de poner en práctica su riqueza y su fuerza. Emplea nuevos lenguajes e intenta, en las diversas culturas, responder, a través del diálogo, a los diversos interrogantes del hombre de hoy.

4. Leer y meditar

Lectura del teólogo contemporáneo P. Yves Congar (1904-1995)

¿Por qué amo a la Iglesia?

Amo a la Iglesia porque es mi madre, mi familia, mi país y mi existencia espiritual. Con frecuencia he preguntado sobre el destino de mis oraciones y creencias y si se derivan solo de mí. Mi madre humana ha envejecido a lo largo de los años. Mi Iglesia también tiene algunas arrugas y tradiciones anticuadas, pero siempre se esfuerza por ser, no solo la Iglesia de las generaciones anteriores al mundo moderno, sino también la Iglesia de todas las generaciones del mundo actual. La Iglesia sabe perfectamente que tiene una misión y que su futuro depende de su presencia en el futuro del mundo. Si buscamos una Iglesia libre de errores humanos para poder comprometernos con ella, nunca nos comprometeremos. Sobre todo, debemos concebir el futuro de la Iglesia como una historia vinculada a una misión. ¡Ya no podemos hablar de la Iglesia como una institución obsoleta o rígida! La verdad de la Iglesia es que es renovada cada día, en fidelidad a su Señor y a su divino Esposo.

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