Capítulo 18: La transfiguración

Introducción
Lectura y comprensión del evangelio
Enseñanza teológica y espiritual
Lectura y meditación

1. Introducción

La fiesta de la Transfiguración se celebra el 6 de agosto de cada año, mientras que el primer domingo después de Pentecostés es la fiesta de la Santísima Trinidad. En el acontecimiento de la transfiguración se ve claramente una revelación de la Santísima Trinidad: la voz celestial del Padre se hace oír, el Hijo —Jesús— estaba de pie en la cima del monte y el Espíritu Santo aparece en forma de nube que los envolvía.
¿Puede decirse que los cristianos creen en tres dioses? ¿Qué tienen en común las tres Personas divinas (hipóstasis) y qué es característico de cada una? ¿Cuál es la importancia y el alcance de este evento de la transfiguración en la vida de Jesús y en nuestra vida de hoy? Debatiremos estas cuestiones en esta unidad.

2. Lectura y explicación del evangelio

La transfiguración (Mt 17,1-8)

1Seis días más tarde, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. 2Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. 3De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. 4Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». 5Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo». 6Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. 7Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». 8Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.

2.1 Explicación

Después de que Pedro proclamara su fe en Jesús como el Cristo, el Hijo de Dios, Jesús comenzó a hacer predicciones, haciendo tres anuncios a sus discípulos: que iría a Jerusalén, donde sufriría; que moriría y que al tercer día resucitaría. Como conocía la fragilidad de sus discípulos ante el «cáliz del sufrimiento» que iba a beber, les hizo saborear la gloria, la transfiguración, como anticipo de la resurrección. ¿Qué significa entonces que su rostro brillaba como el sol y que sus vestidos se volvieron blancos como la luz? Es la imagen de Jesús en la gloria de la resurrección. De hecho, el acontecimiento de la transfiguración tuvo lugar para fortalecer a los discípulos que iban a verlo crucificado, muerto y sepultado, para que su fe no tambalease. Jesús quiso compartir este gran acontecimiento secreto con Pedro, Santiago y Juan. Ellos habían sido testigos de la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5,22-43) y lo acompañarán a su pasión en el huerto de los olivos. Hay un orden jerárquico en la Iglesia que se debe respetar. La subida al monte va más allá del lugar geográfico y adquiere un significado teológico: es el monte de la revelación, el monte sagrado, el de la nueva Jerusalén, donde todos los pueblos se reunirán al final de los tiempos. En cuanto a la presencia de Moisés y Elías, ella nos recuerda que el Antiguo Testamento ya hablaba de la pasión de Cristo, de su muerte y resurrección. Moisés representa la Torá, la Ley, y Elías a los profetas. En el Antiguo Testamento, leemos que ninguno de los dos tenía una tumba física y se creía que ambos fueron asumidos al cielo como recompensa por su servicio terrenal, y a Elías se le vio subido sobre un «carro de fuego».
La idea de Pedro de levantar tres tiendas para Jesús, Moisés y Elías es una alusión a la fiesta judía de los Tabernáculos, Sucot, (Lev 23,33-43), que se celebraba en aquella época. La fiesta es un recuerdo de cómo la presencia resplandeciente de Dios peregrinaba con su pueblo a través del desierto cuando habitaban en tiendas (o tabernáculos) y la espera en la venida del Mesías, cuando la presencia de Dios volverá a habitar en Israel. La ironía aquí es que la mayoría de los judíos no reconocieron que él, en la Persona del Hijo, ya había venido a morar entre ellos. En la Escritura, la nube suele simbolizar la presencia velada de Dios, y especialmente aquí, como en la encarnación de Jesús, en la nube brillante los discípulos son eclipsados por Dios Espíritu Santo, mientras que el Padre se manifiesta en la voz. Se oyen las mismas palabras que cuando la voz del Padre se escuchó por primera vez cuando Jesús fue bautizado en el río Jordán: «Este es mi Hijo, el Amado» (término judío que significa primogénito y heredero), confirmando la misión de Jesús. La llamada esencial en esta escena es: «Escuchadlo», llamada dirigida a los tres discípulos y a todos nosotros. El nerviosismo y el miedo de los discípulos, al final del texto, deben entenderse como la natural reacción humana ante una teofanía, una visión de Dios.

2.2 Resumen y práctica

El Catecismo de la Iglesia católica (n. 556) explica este suceso de la vida de Jesús así:
«En el umbral de la vida pública se sitúa el bautismo; en el de la Pascua, la Transfiguración. Por el bautismo de Jesús “fue manifestado el misterio de la primera regeneración”: nuestro bautismo; la transfiguración “es el sacramento de la segunda regeneración”: nuestra propia resurrección (Santo Tomás de Aquino, S. Th., 3, q. 45, a. 4, ad 2). Desde ahora nosotros participamos en la resurrección del Señor por el Espíritu Santo que actúa en los sacramentos del Cuerpo de Cristo. La transfiguración nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo “el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo” (Flp 3,21). Pero ella nos recuerda también que “es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios” (Hch 14,22)».
La escena de la transfiguración nos invita a escuchar la voz de Dios que se sigue oyendo en nuestro mundo y dentro de cada uno de nosotros, llamándonos a imitar a Cristo en nuestra vida. La transfiguración también es una invitación a contemplar la dualidad de la muerte y de la resurrección, así como de la gloria y la humillación. Siempre es una tentación para el discípulo permanecer en la «cima de la montaña», en lugar de bajar a los problemas del mundo. Así, sabemos que cuando experimentamos el gozo de la transfiguración en nuestras vidas, debemos entender que tenemos que prepararnos para vivir la cruz, pues el gozo verdadero se completará únicamente a través de la imitación de Cristo. En el día de nuestra cruz y muerte, recordemos los días de luz y gracia.

3. Enseñanza teológica y espiritual

La Santísima Trinidad

La fe cristiana es rica en credos y dogmas, pero ninguno es más importante que el misterio de la Santísima Trinidad: Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. La Iglesia reconoce, desde el principio, que el mundo no puede aceptar fácilmente este dogma, pero sigue todo lo que ha aprendido del Señor Jesús y lo que ha entendido por el poder del Espíritu Santo. El dogma de la Trinidad indudablemente supera el entendimiento del hombre, pero es un concepto profundo que lo enriquece. Para el hombre, creado a imagen de Dios, será muy útil penetrar en la verdad de Dios.
El Antiguo Testamento habla de cómo Dios llevó a su pueblo de la servidumbre de los ídolos a la adoración del «Dios único». Dios mostró su amor y cuidado por su pueblo tras haberlo creado: lo apoyó, lo amó a pesar de sus muchos pecados, lo ayudó en las numerosas dificultades que encontró y se mantuvo fielmente a su lado en todo momento. El pueblo se alegró de la llamada de Dios, y creyó que Dios es uno, y que todos los ídolos adorados por los pueblos vecinos no contaban.
Dios amó y cuidó a su pueblo hasta el punto de que envió a su propio Hijo, como dice en el evangelio de san Juan: «Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito» (Jn 3,16). Ante la miseria del hombre, Dios no quiso quedarse en el cielo y prestar su ayuda desde lejos, sino que quiso entrar personalmente en contacto con la vida de su pueblo para salvarlo. Así, Dios envió a su Hijo, de la misma naturaleza que el Padre. El Hijo no es otro dios, o un segundo dios, adorado por los cristianos. Como el sol envía sus rayos de luz, así envió Dios a su Hijo: el rayo del sol no es otro sol, contiene la esencia del sol, pero al mismo tiempo se puede diferenciar del sol mismo. El Hijo es de la misma esencia del Padre pero, al mismo tiempo, distinto a él.
A través de los siglos, los cristianos han aceptado totalmente que su fe en Cristo es continuación de su fe en un único Dios, gracias a la inspiración del Espíritu Santo, que también es consustancial a Dios. El Espíritu Santo fue enviado tras la resurrección de Cristo, para ayudar a la Iglesia a comprender la fe recibida de Jesús. El Espíritu Santo es el Espíritu de amor que une al Padre con el Hijo. El amor no conoce división, y es el camino para perfeccionar la unidad.
Nuestra fe está en un solo Dios, que es un único Dios en tres Personas. Dios Padre es nuestro Creador, Dios Hijo es nuestro Salvador y Dios Espíritu Santo es nuestro Santificador. Lo que une la obra de las tres Personas divinas es el amor, porque Dios es amor. Pongamos al sol como imagen del misterio de la Trinidad. Por la mañana, el sol emite rayos de luz, al mediodía da calor, y por la tarde se convierte en un disco brillante; así, los rayos de luz, el calor y el disco siguen siendo el mismo y único sol. Para Dios, hay un Hijo único; lo envió para llevarnos a él, para que seamos sus hijos adoptivos. Jesús es su Hijo según la sustancia, pero nosotros nos hemos convertido en hijos por su gracia. Por eso Jesús, cuando oramos, nos enseñó y nos permitió llamar a Dios como él mismo lo llama: «Padre nuestro». ¡Qué gracia nos ha sido concedida a nosotros, criaturas, al poder llamar Padre a Dios, nuestro Creador! ¡Qué alegría reconocer que quien siembra en nosotros el deseo de la oración y de la fe es Dios mismo, porque ha puesto en nuestros corazones su Espíritu Santo! Es el Espíritu de amor, que nos llama a compartir el amor derramado en nuestros corazones. Es un amor inmenso, porque es el amor del Padre y del Hijo, es el amor de Dios. En filosofía, sería difícil explicar el misterio de la Santísima Trinidad, pero el cristiano sabe bien que esta verdad le concierne en su vida: es una fuente de gran alegría y deseo de unirse con Dios, quien es amor perfecto en toda su esencia.

4. Leer y meditar

Lectura de Santiago de Sarug (c. 451-521): Profetas y apóstoles

El evangelio se acercó y recibió de la ley la tarea de transmitir riqueza a las tierras pobres e indigentes. Hasta entonces, los profetas habían transmitido y llevado un tesoro inmenso, luego descansaron para que este tesoro llegara al mundo por los apóstoles. Los profetas alaban al Hijo por tanta humildad, lo admiran y glorifican por tanta humillación. Lo adoran porque él vino a cumplir su revelación, y todos sus símbolos y discursos fueron explicados por él. Esto es lo que le decían a nuestro Señor, cuando Elías y Moisés hablaban con él en la montaña: «Es digno de ti, Señor, cumplir los libros de los profetas, y por ti, completar todos los símbolos por su realidad». Moisés dijo: «Baja, Señor, y sigue el camino por el que has venido; ata el pecado y desata a Adán con tu crucifixión; sube a la cruz y confunde a los principados y potestades, desenmascáralos porque los gobernantes estaban en el error. Ve, muere y redime, porque he aquí que todos los muertos te miran, visita a los prisioneros y haz brillar tu luz entre los muertos. He aquí que en la cueva de los sepulcros están encerrados todos los cautivos. Ve, entra en ella y haz que los afligidos vuelvan a su lugar. Conquista al vencedor y concede la victoria a Adán que había sido vencido». Entonces también Elías habló con el Hijo en la montaña, y después de las palabras de Moisés, dio testimonio como alguien digno de confianza: «Sion es perversa, ella es como Jezabel, que solo se alivia cometiendo un asesinato. Ella, que se complace en el adulterio, huye de ti porque eres casto; ella adora a los ídolos, y porque eres Dios, odia verte». Los discípulos escucharon el discurso que tuvo lugar allí, entendieron claramente el sufrimiento del Hijo […] El encuentro de Cristo con Elías agradó a Simón, y el discurso de Moisés lo llenó de admiración. La luz lo complació, su alma estaba encantada por esta intensa gloria, amaba este lugar, no queriendo bajar […] Escuchó a los profetas contar la historia de la crucifixión, tenía miedo de bajar y encontrarse con peligros sanguinarios, por lo que dijo: «Es bueno para nosotros estar aquí, y hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías; y que nos quedemos aquí». Para el Padre invisible, la palabra de Simón no fue agradable porque dijo: «Hagamos tres tiendas para los tres». El celo del Padre reprendió a Simón por haber igualado al Hijo unigénito con Moisés y Elías. El Padre le mostró que él, Jesús, era el único Hijo. Luego derramó una sola nube, que cubría la gloria sobre el monte, para el único digno de honor, dejando a los otros dos como estaban.

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