Capítulo 17: La profesión de fe de Pedro

Introducción
Lectura y comprensión del evangelio
Enseñanza teológica y espiritual
Lectura y meditación

1. Introducción

La profesión de fe de Pedro de que Jesús es el Hijo de Dios representa un punto culminante fundamental en el evangelio. Es un «punto objetivo» en el que los discípulos, con Pedro a la cabeza, pudieron entender la personalidad de Jesús. Se trata a la vez de un «punto de partida» para comprender al Cristo crucificado, ya que este conocimiento de Pedro de la verdad de Jesús representa la primera etapa de las sucesivas revelaciones de dicha identidad, que culminan en la cruz. Pedro es signo de la unidad de la Iglesia, y le corresponde confirmar a los hermanos en la fe y la caridad: «Yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos» (Lc 22,32). La fe de Pedro es decisiva en la formación de la primera comunidad cristiana. Así, en el sacerdocio, cada misionero y cada sacerdote tienen el deber de ser testigo de la unidad de la Iglesia: deben confirmar a los hermanos en la fe y alentarlos a permanecer fieles a ella; no deben mezclarse con quienes critican a la Iglesia, sino que deben construirla, unirla y defenderla.
¿Quién es Jesús para ti? ¿Ya has saboreado lo bueno que es y has decidido seguirlo en el camino de la santidad y el sacerdocio? ¿Crees que tu experiencia es suficiente para avanzar en esta vocación? ¿Cuáles son los criterios requeridos para el candidato al sacerdocio y cuál es el papel del sacerdote en la comunidad cristiana? Esto es lo que consideraremos en nuestra reunión de hoy.

2. Lectura y explicación del evangelio

La profesión de fe de Pedro (Mt 16,13-20)

13Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» 14Ellos contestaron: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas». 15Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» 16Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». 17Jesús le respondió: «¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. 18Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. 19Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». 20Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

2.1 Explicación

En este texto, hay dos partes: la primera (vv. 13-16) nos habla de Jesús y su personalidad; la segunda (vv. 17-20) es la respuesta que Jesús le da a Pedro, enfatizando su papel específico en relación con los demás apóstoles y en el seno de la comunidad cristiana. El evangelio de Mateo es el evangelio de la Iglesia. Vemos surgir la personalidad de Pedro en varios textos: cuando camina sobre el agua, su profesión de fe y el pago del tributo al César. La pregunta esencial de Jesús se refería al «Hijo del hombre» que vendría al final de los tiempos (Mt 24,44; Dan 7,13), una expresión que indicaría a Jesús mismo. La respuesta de los discípulos fue que algunos pensaban, como Herodes, que el «Hijo del hombre» era Juan el Bautista (Mt 14,2); otros creían que era Elías, es decir, el profeta esperado que vendría a preparar la llegada del Mesías; y otros afirmaban que era Jeremías o uno de los profetas, es decir, aquellos que gozaban del favor de Dios para con el pueblo de Israel oprimido por los enemigos romanos. Pero la respuesta de Pedro, «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo», expresa una fe perfecta en Jesús como el Cristo esperado, el Hijo de Dios, del cual el Antiguo Testamento había hablado, quien daría la vida eterna por su muerte en la cruz. Ciertamente, esta respuesta de Pedro no era fácil de dar, y por eso Jesús respondió aclarando lo siguiente:
En el v. 17, la expresión «ni la carne ni la sangre» alude al hombre completo, enfatizando el lado frágil, material y corporal. Pedro tuvo el privilegio de recibir una especial revelación divina (Mt 11,25-27), y de recibir la gracia de saber quién es realmente Jesús, una comprensión diferente a la de los demás discípulos. Esto es lo que le dio a Pedro y sus sucesores, los papas: una posición especial en la responsabilidad de la Iglesia, llamada «ministerio petrino».
En el v. 18, Jesús llama «Pedro» (que en griego significa «piedra» o «roca») a Simón, señalando su papel especial en la construcción de la Iglesia. De hecho, esta está fundada sobre la roca de la fe y pertenece a Cristo. La primera persona singular del posesivo en «mi iglesia» indica que todos sus responsables son solo administradores del único dueño, que es Cristo. Él prometió que sería eterna, pues está fundada en la fe.
En el v. 19, vemos que a Pedro se le confían las «llaves», lo que le convierte en el responsable de la «casa», acogiendo en la comunidad de creyentes a los que son de Dios y rechazando a los que no son dignos de ella. Sin embargo, es su deber no ser como los fariseos, a quienes Jesús se dirigió con estas palabras: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren» (Mt 23,13). Con respecto al «atar y desatar», estas son dos palabras usadas por los doctores de la ley, en un sentido dogmático y legislativo, para decir lo que está permitido y lo que está prohibido.

2.2 Resumen y práctica

Jesús te pregunta hoy, querido catecúmeno, como una vez preguntó a sus discípulos: «¿Quién soy yo para ti?» ¿Tu respuesta será dictada por lo que hayas aprendido en la teología y la catequesis, o será personal y se basará en tu experiencia cotidiana? Ha llegado el momento de centrarse, en primer lugar, en tu vida como cristiano, en tu experiencia personal con Cristo, porque generalmente esta da comienzo al viaje de fe que, más tarde, se alimentará de la enseñanza catequética.
Jesús prometió que el infierno no atravesaría las puertas de la Iglesia, construida sobre la roca de la fe. Por eso, dos mil años después, la Iglesia sigue en pie a pesar de las numerosas persecuciones y guerras. Por otra parte, podemos ver en esta promesa de Jesús una advertencia para cada comunidad, cada familia o cada vida humana que vive apartada de la fe, lejos de la profundidad espiritual querida por Jesús. Esto es algo que debemos temer mucho, pues la caída y la extinción están en el horizonte.

3. Enseñanza teológica y espiritual

El sacramento del orden

Este es uno de los sacramentos más importantes en la vida de la Iglesia, siendo instituido por Jesús para edificar su Iglesia. También se le llama el sacramento del «ministerio» o servicio, porque Dios llamó e instituyó al sacerdote no solo para su propia santidad, sino también, y de manera especial, para el servicio del pueblo de Dios. La Iglesia cree en la «sucesión apostólica», es decir, Jesús llamó a los doce apóstoles para fundar su Iglesia; estos últimos, a su vez, designaron sucesores mediante la llamada de Dios y la imposición de manos. Esta herencia, recibida de Cristo y sus apóstoles, la perpetuamos hoy con los obispos y sacerdotes, hasta el final de los tiempos. El obispo y los sacerdotes cooperan para construir la Iglesia en una misión pastoral, que consta de tres servicios o ministerios: enseñar, santificar y administrar.

  • Enseñar: La enseñanza consiste en recibir primero la Palabra de Dios anunciada en el evangelio y en la fe de la Iglesia. Son los obispos y sacerdotes los que la proclaman y explican a los fieles. Estos la estudian, meditan en ella y reciben la inspiración de su luz para poder obrar bien en su vida, actuando en conformidad con el evangelio. Esta tarea no es exclusiva de los sacerdotes, sino que todo creyente bien instruido en la enseñanza de la fe cristiana —de manera académica o práctica— debe ayudar a esta tarea. Sin embargo, el Señor Jesús ha confiado a sus discípulos y a sus sucesores, obispos y sacerdotes, la responsabilidad de ofrecer las enseñanzas verdaderas, de evitar la difusión de herejías o desviaciones entre los fieles. Por eso, creemos que la fe de Pedro siempre está presente en la fe del obispo de Roma, el papa, quien, a su vez, define los artículos de la fe cristiana en comunión con los obispos del mundo.
  • Santificar: Todo laico está implicado en la santificación del mundo, porque es miembro del Cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo. Pero, en particular, se les confía a los sacerdotes la tarea de llevar a cabo las celebraciones eclesiales, especialmente los sacramentos. Estos son los que bautizan, confirman, perdonan los pecados, etc.
  • Administrar: La administración es la gestión del pueblo de Dios, no solo a nivel organizativo, sino en un contexto pastoral más amplio. Los sacerdotes velan por la parroquia, se interesan por quienes se ausentan de las celebraciones, visitan a los enfermos, favorecen la ayuda a los pobres, realizan las actividades que alegran a los feligreses, organizan actividades misioneras y trabajan para que vida cristiana crezca en todas sus dimensiones. Cristo Jesús es el primer sacerdote, es incluso el único sacerdote; los demás, sin embargo, participan en su sacerdocio, porque su ofrenda no es otra que la del Señor, advenida ya en la cruz. El bautismo también se celebra en su nombre, y la remisión de los pecados es conferida por la gracia de su cruz, que ha eliminado nuestros pecados. Es Cristo quien ha tomado nuestra humanidad y ha entrado con ella en el Santo de los santos, es decir, en el cielo ante el trono de Dios. Por su gracia recibimos todas las demás gracias. Él es el camino, la verdad y la vida. La Iglesia trabaja, con sus sacerdotes y sus fieles, cada uno con su propio don o carisma, para preparar el camino por el que Cristo se hace todo en todos.

4. Leer y meditar

Lectura del Concilio ecuménico Vaticano II

La vocación de los sacerdotes a la santidad

Por el sacramento del orden los presbíteros se configuran con Cristo Sacerdote, como miembros con la Cabeza, para la estructuración y edificación de todo su Cuerpo, que es la Iglesia, como cooperadores del orden episcopal. Ya en la consagración del bautismo, como todos los fieles cristianos, recibieron ciertamente la señal y el don de tan gran vocación y gracia para sentirse capaces y obligados, en la misma debilidad humana, a seguir la perfección, según la palabra del Señor: «Sed, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial» (Mt 5,48). Los sacerdotes están obligados especialmente a adquirir aquella perfección, puesto que, consagrados de una forma nueva a Dios en la recepción del orden, se constituyen en instrumentos vivos del Sacerdote Eterno para poder proseguir, a través del tiempo, su obra admirable, que reintegró, con divina eficacia, todo el género humano. Puesto que todo sacerdote representa a su modo la persona del mismo Cristo, tiene también, al mismo tiempo que sirve a la plebe encomendada y a todo el pueblo de Dios, la gracia singular de poder conseguir más aptamente la perfección de Aquel cuya función representa, y la de que sane la debilidad de la carne humana la santidad del que por nosotros fue hecho Pontífice «santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores» (Heb 7, 26).
Cristo, a quien el Padre santificó o consagró y envió al mundo, «se entregó por nosotros para rescatarnos de toda iniquidad, y adquirirse un pueblo propio y aceptable, celador de obras buenas» (Tit 2, 14), y así, por su pasión, entró en su gloria; semejantemente los presbíteros, consagrados por la unción del Espíritu Santo y enviados por Cristo, mortifican en sí mismos las tendencias de la carne y se entregan totalmente al servicio de los hombres, y de esta forma pueden caminar hacia el varón perfecto, en la santidad con que han sido enriquecidos en Cristo.

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