Capítulo 16: Jesús camina sobre las aguas

Introducción
Lectura y comprensión del evangelio
Enseñanza teológica y espiritual
Lectura y meditación

1. Introducción

Nuestra reunión de hoy gira en torno al tema de la esperanza: ¿cómo vivirla en medio de las crisis de la vida? Jesús ha caminado sobre las aguas y ha calmado la tormenta y las olas que arremetían contra la barca de los discípulos. ¿Quién puede caminar sobre las aguas? ¿Qué simboliza este episodio? Nuestra vida se enfrenta a muchos retos. La Iglesia misma ha vivido, a través de los siglos, muchas persecuciones y amenazas. ¿A qué persecuciones te enfrentas hoy? ¿Hay una salida segura? Esto es lo que trataremos de aclarar en esta reunión, recordando que Cristo vivo continúa protegiendo a su pueblo de todo peligro, siempre que tenga fe y no tema.

2. Lectura y explicación del evangelio

Jesús camina sobre las aguas (Mt 14,22-33)

22Enseguida Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. 23Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo. 24Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. 25A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. 26Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma. 27Jesús les dijo enseguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» 28Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua». 29Él le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; 30pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame». 31Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?» 32En cuanto subieron a la barca amainó el viento. 33Los de la barca se postraron ante él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios».

2.1 Explicación

En este párrafo encontramos varios símbolos: la presencia de Jesús a solas en la montaña (v. 23) es un símbolo de su muerte; su aparición inesperada (v. 25) indica su regreso después de la resurrección; al caminar sobre las aguas muestra su victoria sobre el mundo de la muerte, el mundo del mar, ya que se pensaba que el mar era el lugar del diablo, donde habitaba un dragón que movía sus olas. Los discípulos en la barca son el símbolo de la Iglesia. La expresión «yo soy» —una expresión comúnmente empleada entre Jesús y sus discípulos— nos recuerda a cuando Dios se dio a conocer a Moisés en el Sinaí revelándole su nombre: «Yo soy el que soy» (Éx 3,14), así como al nombre de Enmanuel del evangelio de Mateo: «Dios con nosotros». En cuanto a la frase «no tengáis miedo» (v. 27), Jesús la repetirá en el momento de la transfiguración y durante sus apariciones después de la resurrección. Como creyentes, cada día podemos recordarnos a nosotros mismos y a los demás esta expresión: «No temas», porque Jesús está presente, de manera personal y cotidiana, para cada creyente en el mundo.
El diálogo entre Pedro y Jesús es de gran importancia eclesial porque él será cabeza de la Iglesia. Pedro no es un personaje ejemplar, sino que refleja la figura realista del discípulo y del creyente, que espera muchas cosas de Jesús, depositando en él una gran esperanza, pero que, al mismo tiempo, está lleno de dudas, por lo que tropieza y cae. Mientras Pedro mira a Jesús, es capaz caminar, pero cuando se mira a sí mismo, comienza a hundirse. Pedro nos enseña que el camino de la fe es un camino de búsqueda de Dios, intercalado con momentos de duda. En el milagro de la tempestad calmada, los discípulos gritaron: «¡Sálvanos, Señor, nos hundimos!» (Mt 8,25), ahora es Pedro quien repite el mismo grito: «¡Señor, sálvame!» Los discípulos confesaron su fe cuando Jesús subió a la barca y le dijeron: «Realmente eres Hijo de Dios» (Mt 14,33), y Pedro lo repetirá en Cesarea de Filipo (Mt 16,16). La mano del Señor sale en ayuda del discípulo que tiene poca fe. En medio de los problemas, herejías y tentaciones de la vida, la Iglesia de los discípulos y Pedro vencerán la duda con esperanza, abriendo nuestro corazón al Dios que nos da la salvación.

2.2 Resumen y práctica

El miedo de los discípulos y el grito de Pedro «¡Señor, sálvame!» muestra su «poca fe», según la expresión de Jesús. Deberían confiar en la presencia del Dios Salvador, que en los momentos difíciles siempre repite: «Soy yo, ¡no temáis!» No debemos dudar de su presencia entre nosotros, aunque las tormentas del mal se levanten contra nosotros. ¡Que nuestros corazones permanezcan abiertos a la esperanza de Jesús, que siempre está presente en medio de nuestras dificultades!
El descubrimiento de la identidad de Dios se da a través de la experiencia de la salvación. Pedro fue salvado por Jesús cuando comenzó a hundirse; del mismo modo, Jesús salva a los discípulos del mar agitado. Por eso se postraron y lo adoraron diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios». En efecto, esta es la experiencia del cristiano a través de los siglos, y tal vez sea también tu experiencia, tú que vienes a catequesis: la presencia continua del Señor vivo y resucitado hace que experimentes la auténtica salvación. Por eso siempre puedes gritar: «Jesús está vivo; me ha salvado; ¡soy testigo de su resurrección!»

3. Enseñanza teológica y espiritual

La virtud de la esperanza

La Iglesia enseña que la esperanza, la fe y la caridad son las virtudes teologales, que se distinguen de otras virtudes por el hecho de que se relacionan directamente con Dios. En el himno a la caridad, san Pablo proclama: «En una palabra, quedan estas tres: la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor» (1 Cor 13,13).
La esperanza es el deseo de las cosas del cielo, prometidas por Dios en Jesucristo. Como el que ha prometido es fiel y cumple su palabra, esperamos la realización de lo que aguardamos, en el fortalecimiento de nuestra fe y en el compromiso de la caridad.
Nuestra mirada se dirige ante todo a la vida eterna, cuando Dios resucite nuestros cuerpos mortales para habitar con él en su reino. Sin embargo, la esperanza no solo se limita a las cosas del cielo, también se extiende a nuestra vida en esta tierra.
En el Antiguo Testamento, Dios intervino de muchas formas en la vida de su pueblo, pero en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo Jesús a morar entre los hombres. Después de su resurrección, Jesús envió su Espíritu para que estuviera siempre presente en su Iglesia y en el mundo, llevando a cabo la construcción del reino de Dios. Aunque deseamos el cumplimiento del reino en los cielos, sabemos perfectamente que también está presente en la tierra, aunque de manera sacramental e incompleta. Por eso, nos comprometemos a trabajar en el campo del Señor, con la esperanza de que, a pesar de las dificultades a las que nos enfrentemos, Dios será fiel y cumplirá sus promesas.
¿Cuál es la diferencia entre esperanza y expectativa esperanzadora? Por la «esperanza», el hombre se esfuerza por ver mejorar sus condiciones de vida, lograr éxito en el trabajo, lograr su sueño de viajar o de poner fin a la guerra. Estas esperanzas son deseos, que pueden suceder o no, y el hombre a menudo reza para que suceda. La «expectativa esperanzadora» se refiere a la venida del reino de Dios; es una promesa firme y sincera de Dios. A menudo, creo que lo que experimento hoy desde mi fe cristiana tendrá un gran impacto, porque confío en que estoy participando en la obra de Dios. Vivir según el precepto del «amor al prójimo», por ejemplo, puede ser visto por alguien como una debilidad o un esfuerzo insignificante. Sin embargo, para Dios esto es de gran importancia, porque es una hilera de ladrillos colocados para construir el reino de Dios. Por la caridad, me hago colaborador de Dios en su obra redentora. Por eso, la esperanza cristiana nos da la fuerza suficiente para mantenernos firmes, fuertes e incansables, en la fe y no retroceder ante los desafíos.
Sería útil recordar la parábola de la semilla de mostaza, en la que Jesús dice: «Aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros del cielo a anidar en sus ramas» (Mt 13,32).

4. Leer y meditar

Lectura de san Isaac el Sirio (siglo VII)

Nuestra esperanza en Dios

Oh, Jesús, mi Dios, el único fuerte, ¡bendito el que recibió tu ayuda mientras levantaba su corazón hacia ti! Aleja nuestra mirada de las tentaciones del mundo, sembrando esperanza en ti y en tu encuentro. No nos permitas sucumbir a las mentiras considerándolas como verdades. Infunde, Señor, celo en nuestros corazones antes de que llegue la muerte, para que en el momento de nuestra partida sepamos para qué han servido nuestra entrada y nuestra salida de este mundo. Entonces, cumpliendo la obra a la que fuimos llamados, desde el principio, según tu voluntad, esperaremos, con el corazón lleno de confianza, recibir las grandes cosas que, según las promesas de las Escrituras, en la segunda creación están preparadas por tu amor, cosas cuyo recuerdo conservamos con fe mística. Gloria a ti, Señor. Amén.

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