Capítulo 15: El milagro de la multiplicación de los panes

Introducción
Lectura y comprensión del evangelio
Enseñanza teológica y espiritual
Lectura y meditación

1. Introducción

El milagro de la multiplicación de los panes y los peces aparece dos veces en el evangelio: la primera multiplicación (Mt 14,13-21) alimentó a unos cinco mil hombres, y la segunda (Mt 15,32-39) a unos cuatro mil. Los gestos, expresiones y acciones de Jesús en ambos milagros son similares a los de la Última Cena y a la fracción del pan en Emaús con sus discípulos después de su resurrección: «Él tomó el pan, levantó los ojos al cielo, lo bendijo, lo partió y se lo dio a sus discípulos». La similitud de las acciones nos lleva hacia el sentido eucarístico de la Última Cena.
¿Alguna vez has experimentado la acción milagrosa de Dios llenando un vacío de tu vida? ¿Has realizado alguna obra de caridad, como dar comida a los pobres, sin pedir nada a cambio? ¿Qué impresión tienes cuando vas a Misa? ¿Te sientes en sintonía con las oraciones, la homilía te alimenta, o te mantienes aislado en tu mundo, dentro de tus propios sentimientos interiores, sin poder concentrarte y entrar en la profundidad del misterio? Esto es lo que trataremos de explicar en nuestra reunión de hoy: el significado del milagro y la importancia del sacramento de la Eucaristía en la vida cristiana.

2. Lectura y explicación del evangelio

El milagro de la multiplicación de los panes (Mt 14,13-21)

13Al enterarse Jesús se marchó de allí en barca, a solas, a un lugar desierto. Cuando la gente lo supo, lo siguió por tierra desde los poblados. 14Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ella y curó a los enfermos.
15Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida». 16Jesús les replicó: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer». 17Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces». 18Les dijo: «Traédmelos». 19Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. 20Comieron todos y se saciaron y recogieron doce cestos llenos de sobras. 21Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

2.1 Explicación

El evangelista menciona dos milagros de multiplicación de panes y peces. El primero (Mt 14,13-21) ocurre en un contexto judío que aparece a través de las cifras utilizadas: cinco panes, cinco mil hombres que comieron y doce cestas de restos. El número cinco indica los cinco libros de la ley y el número doce es el de las tribus de Israel (y el de los apóstoles). El segundo milagro (Mt 15,32-39) ocurre en un contexto pagano que también aparece a través de las figuras: siete panes y siete canastas, el número siete simboliza la perfección. Los que comieron fueron cuatro mil, número que indica los cuatro puntos cardinales de la tierra: norte, sur, este y oeste.
Este milagro muestra la abundancia de los dones de Dios para la humanidad. Ciertamente, él es el Dios de la plenitud que llena todo vacío de nuestra vida. La importancia de este acontecimiento también aparece a través de sus significados simbólicos y sus consecuencias a nivel mesiánico, eclesial y sacramental.
En el nivel mesiánico, Jesús se manifiesta como el pastor que lleva a su rebaño a los prados de pasto (fíjate en la palabra «pasto» en v. 19). Él proclamó: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28). Y aquí lo encontramos alimentando a los hambrientos, regándolos con sus bendiciones. El trasfondo de este milagro es la alimentación del pueblo hambriento por parte de Dios a través del maná y las codornices, en el desierto en tiempos de Moisés. El propósito del milagro no es tanto mostrar el poder de Dios como la manifestación de su misericordia concreta hacia todos aquellos que tienen problemas, hambre o carencias. De hecho, Jesús «se compadeció» de la muchedumbre y curó a los enfermos (v. 14); esta es la prueba irrefutable de que él es el Mesías esperado.
El plano eclesial aparece a través de los discípulos, a quienes Jesús ha involucrado en la distribución del pan. Él se lo dio en primer lugar, y fueron ellos quienes luego lo distribuyeron entre las multitudes (v. 19). De hecho, el papel de la Iglesia es la continuidad de la multiplicación de las bendiciones de Dios, la explicación del evangelio y la distribución de los sacramentos a todo el pueblo de Dios. La sorprendente orden de Jesús: «Dadles vosotros de comer» (v. 16) no es más que un estímulo para moverlos de una situación de «poca» fe a la de una fe más profunda, confiando más en la presencia del Enmanuel, del Dios con nosotros presente entre ellos. La mención de mujeres y niños al lado de los hombres al final del texto puede indicar la dimensión familiar y secular de la Iglesia, junto con la clerical y sacerdotal simbolizada por los discípulos.
Este nivel eclesial está claramente vinculado con la dimensión eucarística, que aparece a través de las acciones litúrgicas mencionadas de Jesús: «Tomando los cinco panes […] alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos» (v. 19). El gesto de bendición se asemeja a la oración judía generalmente proclamada antes de la comida, pero el modelo eucarístico es claro: «Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos» y alude a esa última cena entre Jesús y sus discípulos, que tuvo lugar llegada la noche.

2.2 Resumen y práctica

Jesús tomó los pocos panes y peces que tenían sus discípulos, los multiplicó y, gracias a eso, alimentó a las multitudes y llenaron varias cestas con las sobras. Presentar lo que tenemos al Señor es la fuente de sus dones y beneficios. Tal vez, creemos que los dones materiales y espirituales son mínimos comparados con las necesidades del mundo, pero la experiencia de los discípulos nos anima a no guardarlos para nosotros, sino, por el contrario, a presentárselos al Señor. Él nos los devolverá multiplicados y sobreabundantes. En la tradición bizantina, se dice: «Te ofrecemos lo que es tuyo, en nombre de todos y para todos».
El hecho de que se llenaran doce canastas de sobras, como el número de los discípulos, indica que cada uno de ellos, con su canasta, tendría que continuar lo que Jesús había comenzado. De hecho, cada discípulo tiene el deber de perpetuar la predicación de la Palabra de Dios, visitar a los necesitados, fundar iglesias, administrar los sacramentos y celebrar la Eucaristía. Así continuará la vida cristiana, y no tendrá fin.

3. Enseñanza teológica y espiritual

El sacramento de la Eucaristía

La Iglesia también llama a la Eucaristía «el sacramento de los sacramentos» porque considera que es la fuente y la cumbre de la vida cristiana. El Señor Jesús, en la noche anterior a su crucifixión y muerte, reunió a sus discípulos, y con un gesto muy significativo tomó el pan en sus manos, dio gracias a Dios Padre, lo bendijo, lo partió y se lo dio a sus discípulos diciendo: «Tomad y comed, esto es mi cuerpo». Así, el pan partido es su cuerpo, partido en la cruz para la salvación del mundo. Luego tomó el cáliz, dio gracias y se lo dio a sus discípulos, para que pudieran compartir su sangre derramada por ellos y por el mundo. Después, les dijo que hicieran esto en memoria suya. La Iglesia ha mantenido hasta hoy este depósito de fe; se reúne cada día, y Jesús, resucitado de los muertos y ascendido al cielo, está siempre presente en medio de ella a través del Espíritu Santo. Por medio del sacerdote, que actúa en la persona de Cristo, parte el pan y presenta el cáliz de la salvación a todos los fieles, para que participen de su Cuerpo y su Sangre, y se hagan uno con él.
Esta celebración es el fundamento de la Iglesia; esta se edifica en aquella. Cada vez que nos reunimos en la Misa, el Señor Jesús nos une a su Cuerpo y nos convertimos en su Iglesia. Durante la Misa, en el momento de la epíclesis, el sacerdote reza para que el Espíritu Santo descienda sobre las ofrendas y sobre la comunidad allí reunida. Creemos que, así como el Espíritu de Dios transforma el pan en el Cuerpo de Cristo y el vino en su Sangre, también transforma a la comunidad presente en su Cuerpo. A partir de ahí, los elementos que constituyen la Misa adquieren un significado muy original y extraordinario. Así, los fieles se dan el gesto de paz en señal de su nueva fraternidad, porque constituyen una sola familia, el pueblo de Dios. Todos se ponen de pie y rezan juntos el Padre nuestro con Cristo, Hijo único de Dios, porque son hijos de un solo Padre que mora en el cielo.
La Eucaristía es el fundamento central de nuestra vida. Todos los domingos venimos a la Iglesia, trayendo con nosotros todo lo que hemos experimentado durante la semana y todo lo que soportamos en nombre de la caridad; presentamos todo esto como un don a Dios, un regalo similar a la ofrenda de su Hijo realizada en la cruz. Así, la ofrenda de los fieles se convierte, con la de Cristo, en una ofrenda pura aceptada por Dios Padre. A su vez, el Señor Dios nos ofrece el don más precioso, su Cuerpo y su Sangre, como alimento espiritual. Este pan eucarístico es un alimento esencial para el creyente y le acompaña durante toda su vida de fe. En nuestro caminar por la vida, la comunión nos fortalece para que podamos crecer espiritualmente y superar los diferentes desafíos de la vida.
La Iglesia prescribe ir a Misa todos los domingos y solemnidades; es un deber saludable para todo creyente. Además, muchos cristianos participan diariamente en la Misa, que se convierte para ellos en fundamento de su vida espiritual.

4. Leer y meditar

Lectura de san Ireneo de Lyon (c.140-202)

La Eucaristía, garantía de la resurrección

El Verbo de Dios nos redimió con su sangre. Como dice el apóstol: «En él tenemos la redención por su sangre y la remisión de los pecados» (Col 1,14). Y, como somos sus miembros (1 Cor 6,15) y nos alimentamos por medio de criaturas, él mismo nos facilita su creación, haciendo salir el sol y llover como él quiere (Mt 5,45). Pues él mismo confesó que el cáliz, que es una criatura, es su sangre (Lc 22,20; 1 Cor 11,25), con el cual hace crecer nuestra sangre; y el pan, que es también una criatura, declaró que es su propio cuerpo (Lc 22,19; 1 Cor 11,24), con el cual hace crecer nuestros cuerpos. En consecuencia, si el cáliz mezclado y el pan fabricado reciben la palabra de Dios para convertirse en Eucaristía de la sangre y el cuerpo de Cristo, y por medio de estos crece y se desarrolla la carne de nuestro ser, ¿cómo pueden ellos negar que la carne sea capaz de recibir el don de Dios que es la vida eterna, ya que se ha nutrido con la sangre y el cuerpo de Cristo, y se ha convertido en miembro suyo? Cuando escribe el apóstol en su Carta a los Efesios: «Somos miembros de su cuerpo» (Ef 5,30), de su carne y de sus huesos, no lo dice de algún hombre espiritual e invisible —pues «un espíritu no tiene carne ni huesos» (Lc 24,39)—, sino de aquel ser que es verdadero hombre, que está formado por carne, huesos y nervios, el cual se nutre de la sangre del Señor y se desarrolla con el pan de su cuerpo. Cuando una rama desgajada de la vid se planta en la tierra, se pudre, crece y se multiplica por obra del Espíritu de Dios que todo lo contiene. Luego, por la sabiduría divina, se hace útil a los hombres, y recibiendo la Palabra de Dios, se convierte en Eucaristía, que es el cuerpo y la sangre de Cristo. De modo semejante también nuestros cuerpos, alimentados con ella y sepultados en la tierra, se pudren en esta para resucitar en el tiempo oportuno: es el Verbo de Dios quien les concede la resurrección, para la gloria de Dios Padre (Flp 2,11). Este es quien transforma lo mortal en inmortal, y a lo corruptible concede gratuitamente hacerse incorruptible (1 Cor 15,53), pues el poder de Dios se manifiesta en la debilidad (2 Cor 12,9). Por eso, no debemos presumir de tener la vida por nosotros mismos, pues esto sería levantarse contra Dios, con una mente ingrata. Al contrario, por la experiencia hemos de aprender que de su grandeza, y no de nuestra naturaleza, recibimos como don el vivir para siempre. Así pues, ni vayamos alguna vez a privarnos de la gloria que de Dios procede, ni ignoremos lo que es nuestra naturaleza; sino que hemos de saber cuál es el alcance del poder divino, y qué recibe el hombre en razón de beneficio. De este modo no erraremos acerca de la verdadera comprensión de lo que es propio de Dios y de lo que al hombre corresponde. ¿O acaso, como antes hemos dicho, no ha permitido Dios que nosotros nos desintegremos (en la tierra), a fin de que por todos los medios hagamos el esfuerzo por aprender, venciendo la ignorancia sobre Dios y sobre nosotros mismos?

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