Cuarta parte: El misterio del reino

Juan el Bautista predicó el reino (Mt 3,2); Jesús, después de su bautismo, también lo anunció (Mt 4,17), y nos enseñó, en el sermón de la montaña, a orar diciendo: «Venga tu reino». Así, después de enseñar el programa del reino con palabras (Mt 5—7), Jesús lo manifestó con obras (Mt 8—9), y envió a sus discípulos ordenándoles que proclamaran en el camino: «Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos» (Mt 10,7).
¿Qué es el reino de los cielos? En esta cuarta parte del evangelio de Mateo (Mt 11—13), Jesús revela a sus discípulos el misterio del reino. Lo enseña por medio de parábolas (Mt 13), y lo compara con la semilla de mostaza, la levadura, el tesoro, la perla y la red. Cada parábola transmite una enseñanza para nuestra vida: de la parábola del sembrador (Mt 13,3-8), aprendemos a ser tierra buena que acoge la palabra de Dios, la hace crecer y actúa de acuerdo con sus recomendaciones, sin preocuparse de los asuntos mundanos. La parábola de la red (Mt 13,47-50) nos enseña que en la Iglesia hay personas buenas y malas, y que todos serán juzgados al final de los tiempos: «Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes». También hay otras parábolas diseminadas en los demás evangelios: en la parábola del buen samaritano (Lc 10,29-37), aprendemos que, igual que el buen samaritano cuidó de su enemigo judío, debemos comportarnos con misericordia y amor con nuestros enemigos; la parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32) nos enseña que Dios nos perdona cuando nos apartamos de él, cualquiera que sea nuestro pecado, si nos arrepentimos. El Catecismo de la Iglesia católica enseña lo siguiente sobre el reino:
«2816. El reino de Dios es para nosotros lo más importante. Se aproxima en el Verbo encarnado, se anuncia a través de todo el evangelio, llega en la muerte y la resurrección de Cristo. El reino de Dios adviene en la Última Cena y por la Eucaristía está entre nosotros. El reino de Dios llegará en la gloria cuando Jesucristo lo devuelva a su Padre: “Incluso […] puede ser que el reino de Dios signifique Cristo en persona, al cual llamamos con nuestras voces todos los días y de quien queremos apresurar su advenimiento por nuestra espera. Como es nuestra Resurrección porque resucitamos en él, puede ser también el Reino de Dios porque en él reinaremos” (San Cipriano de Cartago).
2817. Esta petición es el Marana Tha, el grito del Espíritu y de la Esposa: “Ven, Señor Jesús”: “Incluso aunque esta oración no nos hubiera mandado pedir el advenimiento del reino, habríamos tenido que expresar esta petición, dirigiéndonos con premura a la meta de nuestras esperanzas. Las almas de los mártires, bajo el altar, invocan al Señor con grandes gritos: ‘¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia por nuestra sangre a los habitantes de la tierra?’ (Ap 6,10). En efecto, los mártires deben alcanzar la justicia al fin de los tiempos. Señor, ¡apresura, pues, la venida de tu reino!” (Tertuliano).
2818. En la Oración del Señor, se trata principalmente de la venida final del reino de Dios por medio del retorno de Cristo. Pero este deseo no distrae a la Iglesia de su misión en este mundo, más bien la compromete. Porque desde Pentecostés, la venida del reino es obra del Espíritu del Señor “a fin de santificar todas las cosas llevando a plenitud su obra en el mundo”.
2819. “El reino de Dios [es] justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo”. Los últimos tiempos en los que estamos son los de la efusión del Espíritu Santo. Desde entonces está entablado un combate decisivo entre “la carne” y el Espíritu: Solo un corazón puro puede decir con seguridad: “¡Venga a nosotros tu reino!” Es necesario haber estado en la escuela de Pablo para decir: “Que el pecado no reine ya en nuestro cuerpo mortal”. El que se conserva puro en sus acciones, sus pensamientos y sus palabras, puede decir a Dios: “¡Venga tu reino!”
2820. Discerniendo según el Espíritu, los cristianos deben distinguir entre el crecimiento del reino de Dios y el progreso de la cultura y la promoción de la sociedad en las que están implicados. Esta distinción no es una separación. La vocación del hombre a la vida eterna no suprime, sino que refuerza su deber de poner en práctica las energías y los medios recibidos del Creador para servir en este mundo a la justicia y a la paz.
2821. Esta petición está sostenida y escuchada en la oración de Jesús, presente y eficaz en la Eucaristía; su fruto es la vida nueva según las Bienaventuranzas».
No analizaremos en profundidad los acontecimientos de la sección narrativa (Mt, 11-12) que preceden al discurso de las parábolas (Mt 13). Nos contentaremos con analizar dos acontecimientos. El primero habla de que los habitantes de las ciudades del lago, Corozaín, Betsaida y Cafarnaún, no se arrepintieron y no creyeron, aunque Jesús hizo muchos milagros en ellas (Mt 11,20-24). El segundo acontecimiento habla de la oración de acción de gracias dirigida por Jesús a su Padre, en la que invita a todos los que luchan bajo el peso de la vida a convertirse en discípulos suyos (Mt 11,25-30). Aquí nos damos cuenta de que el reino es realmente un misterio, no entendemos por qué algunos se arrepienten y lo aceptan, y otros no. En cuanto al discurso parabólico (Mt 13), hablaremos solo de la parábola del sembrador. Además, expondremos otras dos parábolas que están en el evangelio de Lucas: la parábola del hijo pródigo y la del buen samaritano, porque impregnaron la vida de los cristianos en dos mil años de historia, a pesar de su ausencia en el evangelio de Mateo, conocido en los dos primeros siglos como el evangelio de los catecúmenos. Animamos a los candidatos al bautismo a leer el evangelio en su conjunto, y si tienen preguntas, a planteárselas a quienes los acompañan. Esperamos aclarar parte del «misterio del reino», sabiendo que lo esencial no reside solo en el conocimiento teórico, sino especialmente en poner en práctica estas enseñanzas.

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