Capítulo 14: La parábola del buen samaritano

Introducción
Lectura y comprensión del evangelio
Enseñanza teológica y espiritual
Lectura y meditación

1. Introducción

La parábola del buen samaritano habla de la relación con los enemigos y de la misericordia. Los instrumentos utilizados para vendar las heridas se consideran medios de curación —se utilizaban en la medicina antigua— o como símbolos de curación para el alma y el cuerpo en la vida religiosa cristiana.
¿Quién es tu enemigo? ¿Cómo te comportas con él? ¿Cuál es tu experiencia con las obras de misericordia corporales y espirituales? Quizás es relativamente más fácil ayudar a nuestros amigos o parientes cuando lo necesitan; podemos hacer lo mismo con aquellos que no conocemos, pero ¿podemos hacer una obra de caridad a alguien que nos ha herido o causado un daño? ¿Cómo es posible que el sacramento de la unción de enfermos tenga efectos espirituales y corporales? A todas estas preguntas trataremos de responder en nuestra reunión de hoy.

2. Lectura y explicación del evangelio

La parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37)

25En esto se levantó un maestro de la ley y le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?» 26Él le dijo: «¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?» 27Él respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo». 28Él le dijo: «Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida». 29Pero el maestro de la ley, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?» 30Respondió Jesús diciendo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. 31Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. 32Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. 33Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, se compadeció, 34y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. 35Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”. 36¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?» 37Él dijo: «El que practicó la misericordia con él». Jesús le dijo: «Anda y haz tú lo mismo».

2.1 Explicación

Según el evangelio de Lucas, Jesús contó la parábola del buen samaritano yendo de camino a Jerusalén, en el contexto de una conversación con un doctor de la ley judío sobre el amor a Dios y al prójimo. El texto está dividido en dos párrafos: el primero (Lc 10,25-28) habla de la vida eterna; el segundo (Lc 10, 29-37) cuenta la parábola y presenta la conclusión. En cada párrafo, encontramos el mismo plan:

Pregunta del doctor de la ley (v. 25)                             Pregunta del doctor de la ley (v. 29)
Respuesta de Jesús con una pregunta (v. 26)            Jesús responde con la parábola y una pregunta (vv.30-36)
Respuesta del doctor de la ley (v. 27)                          Respuesta del doctor de la ley (v. 37a)
Confirmación de la respuesta de Jesús (v. 28)         Confirmación de la respuesta de Jesús (v. 37b)

La primera pregunta dirigida a Jesús es crucial: «¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?» (v. 25). Esta cuestión expresa una preocupación seria por la salvación. Todos esperamos tener vida eterna. La respuesta de Jesús (v. 26) señala la continuidad de la aceptación de la ley del Antiguo Testamento en el Nuevo Testamento: los diez mandamientos continúan siendo válidos. Es probable que al hombre de hoy no le guste cumplir órdenes; de hecho, se está alejando de todo tipo de imperativos y leyes externas. Al mismo tiempo, está influido por las ciencias humanas y sociales que se centran en el yo y en los deseos internos, y en no limitar el progreso personal en nombre del principio de libertad. En cambio, el hecho de que los diez mandamientos estén relacionados con un contexto teológico permite un pensamiento moral equilibrado para el mundo de hoy, porque en ellos descubrimos valores para el bien del hombre de todos los tiempos. Estos valores son: la conciencia de la presencia de Dios y de su acción en el mundo; la apreciación de la dimensión sagrada del tiempo y la alternancia entre trabajo y descanso; la insistencia en la permanencia del vínculo entre marido y mujer, y en la solidaridad entre los miembros de la familia; el respeto por el derecho a la vida y su dignidad; el respeto por las personas y sus bienes, etc. Todo esto llevó a Cristo a resumir los mandamientos en dos (Mc 12,29-31): «Ama al Señor tu Dios», como primer mandamiento, y «ama a tu prójimo como a ti mismo», como el segundo, parecido al primero, como si fueran dos caras de una misma moneda. De hecho, el amor a Dios (Dt 6,5) y el amor al prójimo (Lev 19,18) son la síntesis de la ley. La fe auténtica debe concretarse en nuestras relaciones en la vida.
«¿Y quién es mi prójimo?» (v. 29). Para un judío, el prójimo podría ser cualquier judío o un extranjero residente entre judíos (Lev 19,34), así como alguien temeroso de Dios o un prosélito del paganismo; pero no hay universalidad para este término: no incluye a los enemigos (samaritanos). El objetivo de la parábola es invitar a amar a los enemigos, que representan los últimos en la lista de los «prójimos». La historia de hostilidad entre judíos y samaritanos se remonta a la muerte del rey Salomón (935 a. C.) cuando el reino se dividió en dos: el reino de Israel en el norte, cuya capital es Samaría, dirigido por el general del ejército; y el reino de Judá en el sur, cuya capital es Jerusalén, dirigido por el hijo de Salomón. El segundo cisma ocurrió en 721 a. C., cuando los habitantes de Samaría fueron exiliados (el pequeño exilio) por los asirios, y en su lugar se instalaron extranjeros paganos que se mezclaron con la población restante, e incorporaron sus dioses paganos junto al Dios verdadero, de manera que los judíos los llamaban «samaritanos politeístas». La tercera división ocurrió en el siglo IV a. C., cuando los samaritanos que regresaron del exilio construyeron un templo en el monte Guerizín, estableciendo un lugar de peregrinación que rivalizaba con el templo del monte de Jerusalén. El último cisma ocurrió en 128 a. C., cuando el rey judío Juan Hircano I quemó el templo de Samaría, hecho que alimentó el odio de los samaritanos.
La parábola describe una realidad concreta: Jerusalén está a una altitud de
750 m; la distancia a Jericó es de 27 km, y Jericó está a 250 m sobre el nivel del mar. Este camino entre Jerusalén y Jericó era muy peligroso al pasar por una zona frecuentada por ladrones. En aquel tiempo, la historia contada por Jesús era bien conocida. Pero lo que llama la atención es la elección de Jesús de los personajes: el sacerdote, el levita y el samaritano. En Jericó había muchos sacerdotes (que administraban los sacrificios) y levitas (encargados del templo). Iban a Jerusalén una vez al año, cuando llegaba su turno de servicio en el templo. Su comportamiento parece similar al nuestro en tales circunstancias: miedo, falta de tiempo, falta de interés… Pero como son personas religiosas y consagradas, debemos añadir otra razón: la de la pureza ritual. El herido, de hecho, se estaba muriendo, y estaba prohibido que los religiosos tocaran a los muertos (Lev 21,1-4); de lo contrario, quedaban impuros y no podían desempeñar su servicio religioso sin antes realizar los ritos de purificación. Su error consistía en priorizar las leyes de la pureza ritual a la ley trascendental de la misericordia, como dijo el profeta Oseas: «Quiero misericordia y no sacrificio» (Os 6,6). Jesús recordará esto (Mt 9,13), y agregará: «El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado» (Mc 2,27).
En cuanto al samaritano, considerado enemigo de los judíos, el texto nos dice que se compadeció al ver al hombre herido (v. 33). Esta misericordia nacida de sus entrañas no es un mero sentimiento de compasión, sino una fuerza que desencadena la acción y el compromiso. Por eso se acercó a herido, vendó sus heridas, vertió aceite y vino sobre ellas, lo llevó al albergue, lo cuidó y gastó su propio dinero para su cuidado. Tal comportamiento indica una gran compasión, pero también cierta familiaridad con la medicina. El evangelista Lucas, que era médico de profesión, menciona muchas palabras médicas y al mismo tiempo abrevia la descripción (v. 33). Esto podría ser una alusión al sacramento de la unción de los enfermos deseado por Jesús, quien previamente envió a sus discípulos a hacer lo mismo (Mc 6,13). Pero los Padres de la Iglesia vieron en el buen samaritano a Jesús mismo, que se inclina sobre la humanidad para vendar sus heridas abiertas por causa del pecado. Y le confió esta tarea a la Iglesia (el albergue) para que pudiera continuar su acción salvífica. Hasta bien entrada la Edad Media, los hospitales o albergues a menudo eran administrados por la Iglesia, por monjes y monjas, para el descanso y el cuidado de los peregrinos cansados, enfermos o heridos.

2.2 Resumen y práctica

La parábola del buen samaritano es una llamada de Dios para que hagamos lo mismo (Lc 10,37). La persona herida no es solo la que ha sido asaltada por ladrones; de hecho, hay heridas psicológicas y espirituales más dolorosas y peligrosas que las que vemos generalizadas en todas las sociedades y épocas. Si hay suficiente misericordia en nuestros corazones, estaremos atentos a nuestro prójimo y sentiremos su dolor. Por eso, la Iglesia nos propone vivir siete obras de misericordia «corporales»: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger a los peregrinos, visitar a los enfermos, visitar a los encarcelados y enterrar a los muertos. También nos propone otras siete obras de misericordia «espirituales»: enseñar al que no sabe, corregir al que se equivoca, dar buen consejo al que lo necesita, perdonar las injurias, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos del prójimo y orar por los vivos y los difuntos. Con ello, haremos real y presente la misericordia del buen samaritano con el prójimo, a quien la divina providencia ha puesto en nuestro camino.
El trabajo apostólico debe estar abierto tanto al prójimo como al enemigo. Según las palabras de san Pablo: «No hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gál 3,28). En principio, la parábola debe responder a la pregunta «¿quién es mi prójimo?» Pero el texto termina sin responder directamente a la pregunta. De hecho, Jesús transforma esa pregunta en otra: «¿De quién soy prójimo?» Jesús cambió radicalmente la forma de pensar judía: ya no soy el centro del mundo que define a las personas en relación conmigo, sino que el centro ha pasado a ser el otro, especialmente el necesitado; y yo me defino en relación con él. Se le da prioridad al otro.

3. Enseñanza teológica y espiritual

El sacramento de la unción de los enfermos

La Iglesia celebra muchos servicios religiosos, pero identifica especialmente siete ritos fundamentales a los que ha llamado «sacramentos». Durante mucho tiempo se les ha dado el nombre de «los siete sacramentos de la Iglesia». Dos de ellos se llaman sacramentos de curación: el sacramento de la reconciliación cura el pecado que mata, y vivifica nuestra relación con Dios; el sacramento de la unción de los enfermos da a la persona enferma todo lo que necesita para sanar su cuerpo y alma, y para recibir el perdón de los pecados.
Desde tiempos de los apóstoles, se ha mantenido la costumbre de imponer las manos sobre los enfermos y rezar por ellos, como hizo Cristo. La Iglesia ha preservado este ritual y le ha dado una importancia primordial, llamándolo sacramento, porque asegura que, en lo que hace, es Cristo mismo quien actúa; es él mismo quien impone su mano cuando el sacerdote lo hace, es él mismo quien lo unge, y es él mismo quien da el perdón. En este rito, la Iglesia cree que el enfermo entra en comunión con el acontecimiento de la muerte y resurrección de Cristo, gracias a este sacramento, como ocurre con todos los demás sacramentos. Así, la fuerza de Cristo que venció la muerte se hace presente en él. Por lo tanto, es una gran gracia la que recibe el enfermo cuando recibe el sacramento de la unción de los enfermos.
¿En qué momento se administra este sacramento y en qué circunstancias de enfermedad? Cuando la enfermedad empeora se puede pedir el sacramento; por ejemplo, cuando alguien sufre una enfermedad potencialmente mortal, o una parálisis que le impide seguir viviendo normalmente, o incluso antes de someterse a una operación de riesgo. En este difícil momento, la Iglesia acude, a través de la persona del sacerdote y de algunos creyentes, es mejor que el sacerdote esté acompañado durante su visita, para orar con el enfermo, ungirle con el santo óleo y darle el perdón de los pecados.
En la enfermedad, la persona se da cuenta de que su nuevo estado de salud lo ha alejado de la Iglesia. Por eso es la Iglesia la que acude a él, a su casa, para confirmar que el vínculo de amor en Cristo es más fuerte que todo mal, y que su enfermedad no lo alejará del Cuerpo eclesial al que pertenece. Por el contrario, el paciente sigue siendo, en su enfermedad, un miembro vivo de la Iglesia, que posee todas las gracias capaces de enriquecerla. Cualquiera que sea el estado del enfermo, puede colaborar en la acción de Dios para la salvación del mundo. La Iglesia reza con él y lo unge para proclamar la presencia de Cristo a su lado en el sufrimiento.

4. Leer y meditar

Comunicación y encuentro

Con motivo de la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, el séptimo domingo de Pascua, el 1 de junio de 2014, el papa Francisco publicó un mensaje titulado: «Comunicación al servicio de una auténtica cultura de encuentro», fechado el 24 de enero de 2014, fiesta de san Francisco de Sales, patrón de la prensa católica. En este mensaje, Su Santidad habla del buen samaritano.
El Papa comienza su mensaje señalando que dentro de la humanidad persisten las divisiones, a veces muy marcadas. A nivel mundial, existe una escandalosa brecha entre el lujo de los más ricos y la miseria de los más pobres. A menudo basta con salir a las calles de una ciudad para ver el contraste entre las personas que viven en las aceras y las luces brillantes de las tiendas. Su Santidad dice que estamos tan acostumbrados que ya no nos molesta. El mundo sufre muchas formas de exclusión, marginación y pobreza, así como conflictos que combinan causas económicas, políticas, ideológicas y, desafortunadamente, también religiosas.
Su Santidad afirma que, en este mundo, los medios de comunicación pueden ayudar a sentirnos más cerca unos de otros, a hacernos percibir un sentido renovado de la unidad de la familia humana, que alienta la solidaridad y el compromiso serio con una vida más digna. Comunicarnos bien nos ayuda a acercarnos y conocernos mejor, a estar más unidos. Los muros que nos dividen solo pueden superarse si estamos listos para escucharnos y aprender unos de otros. Necesitamos resolver las diferencias a través de un diálogo que nos permita crecer en comprensión y respeto.
Así, el Papa plantea la pregunta: «¿Cómo puede la comunicación estar al servicio de una auténtica cultura del encuentro?» La respuesta se podría encontrar en el ejemplo del buen samaritano (Lc 10,25-37), que es también una parábola sobre comunicación. En efecto, los que se comunican se hacen prójimos, cercanos. El buen samaritano no solo se acerca, sino que se hace cargo del hombre medio muerto que encuentra al borde del camino. Jesús invierte la perspectiva: no se trata de reconocer al otro como mi semejante, sino de ser capaz de hacerme semejante al otro. La comunicación significa, pues, tomar conciencia de que somos humanos, hijos de Dios. Entre estas calles también están las digitales, pobladas de humanidad, a menudo herida: hombres y mujeres que buscan una salvación o una esperanza. Gracias también a las redes, el mensaje cristiano puede viajar «hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8). Precisamente por eso el testimonio cristiano, gracias a la red, puede alcanzar las periferias existenciales para encontrarse con los heridos, los enfermos y aquellos que buscan una salvación auténtica y duradera. La revolución de los medios de comunicación e información es un desafío grande y emocionante, que requiere energía e imaginación para transmitir la belleza de Dios a los demás.

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