Capítulo 13: La parábola del hijo pródigo

Introducción
Lectura y comprensión del evangelio
Enseñanza teológica y espiritual
Lectura y meditación

1. Introducción

La parábola del hijo pródigo ha sido considerada la perla preciosa del evangelio, ya que cuenta la historia de un padre misericordioso que da la bienvenida a su hijo pecador y que al mismo tiempo invita al hijo mayor a participar en el banquete. ¿Qué experiencia tienes con tu padre biológico? ¿Encarna la bondad, la compasión y el amor o, en cambio, has soportado su tiranía y su dureza? Si alguien peca contra ti, ¿esperas que vuelva a ti o deja de importarte? Y si regresa disculpándose, ¿buscas vengarte, o lo perdonas y aceptas sus disculpas? ¿Lo devuelves a su lugar original en tu corazón?
Todos pecamos; solo Dios está sin pecado. El hombre está constantemente sujeto a la tentación y a cometer faltas. La moral puede corregir nuestro comportamiento para sacarnos del camino del mal, especialmente cuando sabemos que hay un Dios compasivo y misericordioso que elimina nuestras faltas, sean grandes o pequeñas. El problema reside en no ser conscientes de nuestros pecados. Nuestra reunión de hoy expone el significado del pecado y sus consecuencias, arrojando luz sobre el sacramento de la penitencia, que experimentamos a lo largo de nuestra vida después del bautismo. De hecho, en el mismo día del bautismo no nos confesamos; pero después del bautismo, es nuestro deber pedirle al sacerdote el sacramento de la reconciliación. Ojalá que la reunión de hoy nos ilumine acerca de la gran misericordia de Dios para con nosotros, así como de la gravedad del pecado que cometemos, para que podamos arrepentirnos.

2. Lectura y explicación del evangelio

La parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32)

11También les dijo: «Un hombre tenía dos hijos; 12el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes. 13No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. 14Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. 15Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. 16Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. 17Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. 18Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; 19ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. 20Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. 21Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. 22Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; 23traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, 24porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Y empezaron a celebrar el banquete. 25Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, 26y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. 27Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”. 28Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo. 29Entonces él respondió a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; 30en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”. 31Él le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; 32pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

2.1 Explicación

Jesús expone en esta parábola el deseo del hijo menor de alejarse de su padre y ser independiente, después de haberle pedido su parte de la herencia. A pesar del gran amor del padre por su hijo y su deseo paternal de que se quede en casa, lo vemos respetando la libertad del hijo y su decisión de hacer su vida. Esperó pacientemente hasta que su hijo regresó; aceptó su arrepentimiento y le devolvió su condición de hijo; se alegró mucho al verlo regresar. Al final, sale a rogarle al hijo mayor que entre y participe de la alegría. Esto muestra la amplitud de la generosidad de Dios en su trato con nosotros.
El hijo menor creyó que sería feliz viviendo por su cuenta en una vida de pecado, pero reconoció que esta felicidad adquirida a través del dinero perecedero es una falsa felicidad, porque le llevó a perder su dignidad como hijo de su padre. Pidió su parte de la herencia, a pesar de que su padre estaba todavía vivo. Al querer alejarse de su hogar, comenzó a sentir una necesidad tan extrema que deseaba poder comer la comida de los cerdos, pero hasta eso se le negó. Cuando recapacitó, reconoció humildemente que había pecado y decidió expresar su arrepentimiento pidiendo solo ser un siervo contratado por su padre. La experiencia del amor vivido en la casa de su padre, y su certeza de la fidelidad del padre a este amor, le permitió arrepentirse. Este hijo ha perdido la condición de hijo, pero el padre no ha perdido su condición de padre. Estaba esperando el regreso de su hijo pecador porque su amor es mayor que cualquier ingratitud hacia él. No preguntó a su hijo arrepentido las razones de su partida y su regreso, y no lo culpó por haberse gastado todo el dinero; se contentó con arrojarse al cuello de su hijo y besarlo tiernamente, para darle el amor que perdido, y buscado, durante ese tiempo.
Esta parábola expone el gran amor del Padre que perdona el pecado incondicionalmente:

  1. El pecado y sus consecuencias: empobrecimiento de los valores, degradación social, pérdida de dignidad, falta de todo por la pérdida de todo.
  2. La conversión y sus componentes: contrición, confesión, reparación.
  3. El perdón y sus frutos en la nueva vida simbolizados por cuatro elementos:

a. La mejor túnica es el estado de santidad por la recuperación de la belleza de la imagen de Dios en nosotros.

b. El anillo es la alianza de la paternidad y la filiación entre Dios y el hombre, como muestra de la herencia del reino de los cielos.

c. Las sandalias indican la nueva dirección en el camino de la vida diaria detrás del Señor Jesús.

d. La fiesta del ternero cebado es la participación en el banquete del Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Misa.

En esta parábola, el padre sale dos veces. La primera vez, sale a dar la bienvenida a su hijo menor que ha vuelto de un país lejano, y la segunda sale para rogarle a su hijo mayor que entre y participe en la alegría del festín. El primogénito le reprocha a su padre no ser justo con él, que le había permanecido fiel. Pero el padre no emplea la ley para defender su derecho paterno y su libertad para hacer lo que quiera con sus bienes mientras viva, sino que se rebaja al nivel del pensamiento de su hijo mayor, para así ayudarle a elevarse al nivel de la filiación. Aunque este hijo mayor no dice «padre mío» cuando se dirige a él, el padre le habla con amor y le llama «hijo mío», lo que demuestra la relación íntima que los une. Cuando el hijo mayor le dice: «Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto», el padre le contesta: «Era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado». La verdadera conversión esperada por el padre no es, de hecho, la del hijo menor que ha regresado al hogar para no morir de hambre, sino la del hijo mayor, que no consigue establecer una relación real con su padre ni con su hermano.

2.2 Resumen y práctica

Si volvemos al contexto de esta parábola, al principio del capítulo 15 de Lucas, Jesús habla de la oveja perdida (Lc 15,1-7) y de la mujer que busca una moneda (dracma) perdida dentro de su casa (Lc 15,8-10). La parábola del padre amoroso (Lc 15,11-32) habla de la pérdida de dos hijos: del hijo menor que está fuera del hogar y del primogénito que está dentro. Dondequiera que estemos —perdidos, cerca o lejos, fuera de la comunidad o dentro de ella—, ¡estamos llamados a regresar al amor misericordioso de Dios que nos espera!
Podemos ver en la figura del hijo menor la imagen de los pecadores, los alejados de Dios, recaudadores de impuestos y todos los conversos del paganismo a la ley de Dios. Podemos ver en la figura del hijo mayor la imagen de todos los judíos piadosos, los fariseos y todos los que se consideran estrechamente vinculados a Dios y a su causa, a pesar de estar lejos de su modo de pensar. Tanto si hemos pecado mucho en nuestra vida, como si nos consideramos equilibrados en nuestro comportamiento, este evangelio se dirige a nosotros para invitarnos a la conversión.

¡Ser terco no trae ningún beneficio! La contrición nos lleva a la salvación y alegra el corazón de Dios. No debemos enojarnos si lo consideramos injusto con nosotros. Al contrario, estamos llamados a ser pacientes y a preguntarnos siempre si no tenemos la culpa. No debemos ser jueces de otros, sino hermanos, y caminar juntos en el camino de la conversión continua que conduce al amor infinito.

¡Ser terco no trae ningún beneficio! La contrición nos lleva a la salvación y alegra el corazón de Dios. No debemos enojarnos si lo consideramos injusto con nosotros. Al contrario, estamos llamados a ser pacientes y a preguntarnos siempre si no tenemos la culpa. No debemos ser jueces de otros, sino hermanos, y caminar juntos en el camino de la conversión continua que conduce al amor infinito.

3. Enseñanza teológica y espiritual

El misterio del arrepentimiento y la reconciliación

Cuando el creyente recibe el sacramento del bautismo y se reviste de Cristo, todos sus pecados son borrados y se convierte en un hombre nuevo. Pero ¿qué hacer cuando comete un pecado? El bautismo se da solo una vez. El Señor nos ha revelado que la misericordia de Dios es infinita, y nos ha ordenado que nos perdonemos sin medida, como le dijo a Pedro, que debía perdonar al hermano hasta setenta veces siete. Si nos ha pedido que perdonemos tanto, ¿cuánto más nos perdonará él? Por eso ha confiado a su Iglesia, a través de sus apóstoles, la tarea de proclamar el perdón de los pecados a todos los hombres. Dios no quiere que el creyente muera en pecado, y no acepta que el pecado lo aleje de la relación de amor con él. Así, a través del sacramento de la reconciliación, Dios se inclina hacia el pecador y lo devuelve a la comunión con él.
Cuando el creyente reconoce el inmenso amor de Dios por él, se da cuenta de que en su vida tiene muchos comportamientos, pensamientos, palabras o acciones que traicionan la alianza hecha con Dios. Entonces se arrepiente y decide volver a Dios, pidiendo perdón. La Iglesia pide al creyente penitente que se acerque a un sacerdote para pedir que le confiese; el sacerdote escuchará la confesión de sus pecados, compartirá con él la palabra de Dios, como en todos los sacramentos de la Iglesia, y lo perdonará en nombre de la Santísima Trinidad.
¿Por qué dirigirse a un sacerdote? ¿No es suficiente que el hombre se arrepienta directamente ante Dios? La relación con Dios es, por supuesto, personal, y es beneficioso para el creyente construir esta relación con él, que se alimenta de la oración diaria, dando gracias a Dios por todos sus beneficios, del abandono en sus manos cuando tiene problemas y preocupaciones, y de la petición de perdón por todos los pecados. Pero además de este aspecto personal de la fe, la Iglesia tiene un papel importante. Ella me confirió el bautismo por el cual me convertí en miembro vivo de la Iglesia de Cristo, es ella quien me alimenta enseñándome el evangelio, y es ella la que me administra el sacramento de la Eucaristía. Por lo tanto, Cristo llamó a sus discípulos, los instruyó antes de enviarlos a proclamar el evangelio y la conversión, además de darles la autoridad para perdonar los pecados.
Al creyente no se le pide que reciba el sacramento de la reconciliación todos los días, pero la Iglesia recomienda, en sus preceptos eclesiales, que lo reciba al menos una vez al año. Sin embargo, puede ser beneficioso que este sacramento tenga lugar varias veces al año, es decir, de vez en cuando, cuando el creyente cometa un pecado grave o cuando sienta la necesidad de renovar su relación de amor con Dios, porque no practica su fe como antes o porque se ha alejado un poco del fervor de la fe.

4. Leer y meditar

Lectura de Orígenes (c. 185-253)

El sacramento de la penitencia

Pero quizás los que nos escuchan podrían decirnos: «Los antiguos tenían más ventajas que nosotros, porque los pecadores eran perdonados por medio de sacrificios que llevaban a cabo con diferentes ritos. Nosotros, en cambio, tenemos una sola posibilidad de remisión de los pecados, dada al principio con la gracia del bautismo, después de lo cual no hay misericordia ni perdón para el pecador». Ciertamente, el cristiano, por quien Cristo murió, debe estar sujeto a una ley más severa de arrepentimiento. Antiguamente, se sacrificaban ovejas, carneros, toros y aves. En cuanto a ti, que sepas que el Hijo de Dios murió por ti. ¿Todavía te regocijas en pecar? A pesar de esto, ¡no pierdas la esperanza! ¡Ánimo! ¡Lleva una vida mejor! […] Según el evangelio, hay diferentes formas de obtener el perdón de los pecados. La primera es el bautismo; la segunda, el martirio. La tercera es por la limosna. La cuarta se obtiene cuando perdonamos a nuestros hermanos. La quinta consiste en desviar al pecador del camino equivocado, porque las Sagradas Escrituras dicen: «El que haga volver al pecador del error de su camino salvará de muerte un alma y cubrirá multitud de pecados». La sexta forma reside en la abundancia de la caridad, según la palabra del Señor: «Sus pecados, que son muchos, han sido perdonados, porque amó mucho». Todavía hay una séptima, difícil y laboriosa: es la remisión de los pecados por penitencia, cuando el pecador lava su lecho con sus lágrimas, y cuando las lágrimas se convierten en su alimento, día y noche, y no se sonroja en dar a conocer su pecado al sacerdote y pedirle el remedio necesario, según lo dicho anteriormente: «Pongo mis pecados delante de mí y perdonas todos los errores de mi corazón». Esto está en armonía con las palabras de Santiago apóstol: «Si está enfermo, que llame a los presbíteros de la Iglesia, para que oren por él y lo unjan con óleo en el nombre del Señor. La oración que nace de la fe salvará al enfermo, el Señor lo aliviará, y si tuviera pecados, le serán perdonados».

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