Capítulo 12: La parábola del sembrador

Introducción
Lectura y comprensión del evangelio
Enseñanza teológica y espiritual
Lectura y meditación

1. Introducción

Aprendemos mucho de la tierra. En un momento en que el tráfico, la industria y el comercio aún no se habían desarrollado, la agricultura era la principal fuente de vida de nuestros antepasados. ¿Alguna vez has sembrado grano en el campo? ¿Ha fructificado? De hecho, Jesús usaba parábolas que hablan de la vida cotidiana en el campo para que los hombres entendieran las verdades celestiales, relacionando el mundo natural con las verdades espirituales. La parábola despierta la curiosidad, el pensamiento y la reflexión del oyente sobre cómo aplicarla en la vida.
En Mt 13 hay siete parábolas cuya enseñanza es única: el reino de Dios es espiritual e interior, no es en absoluto un reino externo y temporal como el esperado por los judíos. ¿Influye en tu vida el hecho de asistir a las reuniones de catecumenado? ¿Las preocupaciones cotidianas o las presiones sociales y familiares disminuyen tu deseo del bautismo? ¿Qué fruto crees que das en tu vida? Trataremos de hablar sobre la parábola del sembrador en nuestra reunión de hoy, así como sobre la conciencia interna y moral que debe conducir nuestras vidas.

2. Lectura y explicación del evangelio

La parábola del sembrador (Mt 13,1-9)

1Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. 2Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. 3Les habló muchas cosas en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. 4Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. 5Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; 6pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. 7Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. 8Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta. 9El que tenga oídos, que oiga».

2.1 Explicación

La parábola es una enseñanza simple y fácil de entender, que permite al oyente pensar y reflexionar en profundidad sobre una situación hasta poder emitir un juicio espontáneo sobre sí mismo. En términos científicos, la palabra «parábola» es una curva que va indirectamente de un punto A hasta un punto B, en la forma aproximada de un semicírculo. Lingüísticamente, el término deriva de una palabra griega que significa comparación, una cosa que se coloca junto a otra. La parábola es un relato que contiene una enseñanza que no se puede descubrir de inmediato. Los pueblos utilizan los proverbios según su cultura local. En el Antiguo Testamento hay un libro, el libro de los Proverbios, que contiene una gran cantidad de reglas y dichos sabios relacionados con la vida moral. Jesús empleó este género literario de «parábolas» que expresan ideas en forma de relatos breves inspirados en la vida cotidiana.
Se considera la parábola del sembrador como la parábola más importante y conocida. En principio, es una historia fácil de entender, pero Jesús da su explicación en Mt 13,18-23. La parábola expone cuatro tipos de tierra que reciben grano: el borde del camino, los lugares rocosos, la tierra entre abrojos y la tierra buena. De esta semilla se obtienen cuatro resultados diferentes: granos comidos por los pájaros, granos marchitos y sin raíces, granos sofocados por las espinas, y granos que dan fruto.
El primer sembrador es Dios, que envió a su Hijo al mundo. Jesús es la semilla del cielo enviada a la tierra para traer la alianza de la nueva salvación. El sembrador está seguro de la abundancia de los frutos, a pesar de los peligros; y el anuncio del reino saldrá victorioso al final, a pesar de las dificultades. Con la venida de Cristo, han comenzado los últimos días y se ha producido un vínculo natural entre el grano y la tierra. La enseñanza de la parábola reside en la producción de frutos. Por lo tanto, el final de la parábola enfatiza los granos que caen en la tierra buena y dan fruto «unos ciento, otros sesenta y otros treinta», compensando así el gran trabajo inicial del sembrador.
El evangelio de Mateo mostraba en los capítulos 11 y 12 la incredulidad de algunos judíos y su rechazo a la predicación de Jesús. Ahora en el discurso parabólico (Mt 13), especialmente en la parábola del sembrador, describe esas primeras respuestas al anuncio previo de la venida del reino, en palabras (Mt 5-7) y en hechos (Mt 8-9).

2.2 Resumen y práctica

La parábola del sembrador nos invita a ser tierra buena donde la proclamación del reino pueda dar fruto. Sin embargo, en el mundo, hay muchas preocupaciones. Somos invitados a no desanimarnos y perder la confianza en el poder de la Palabra de Dios en nuestro mundo. La parábola nos muestra el camino para encontrarnos con la Palabra y el método adecuado para reformar nuestros corazones. No debemos permitir que las riquezas de la tierra y sus poderes nos alejen de la verdadera brújula, en la que descansa nuestra salvación eterna.
El sembrador continúa hoy su trabajo en el mundo y en nuestra vida. La parábola desafía la forma en la que acogemos la Palabra; pone ante nosotros, por así decirlo, un manual de formas de actuar adecuadas. Nuestros corazones transformados serán tierra buena que nutrirá la Palabra sembrada, dando cosechas de calidad y en cantidad. El fruto que tenemos que dar se manifiesta asimismo en nuestro esfuerzo de evangelizar a los demás y persuadirlos de la Buena Noticia de Cristo, a través de nuestra vida ordinaria, mediante palabras y acciones.
Quizás algunos pueden llegar a culpar al Sembrador de no saber discernir los diferentes tipos de tierra donde siembra su Palabra. Puede que se pregunten: ¿por qué deja que parte del grano caiga al borde del camino o en los lugares pedregosos? El motivo principal de esta figura de los cuatro tipos de tierra es la llamada a nuestro corazón, cualquiera que sea su estado, para que nos demos cuenta de que ninguno está privado de la gracia de Dios ni de su Palabra.

3. Enseñanza teológica y espiritual

La conciencia

La voz de la conciencia es la voz de Dios en el hombre, que lo guía a elegir el bien y actuar en consecuencia. Cuando Dios creó al hombre, lo llamó a obrar de acuerdo con su deseo de amar. La conciencia no es exclusiva de los cristianos, porque Dios quiere el bien de todos los hombres, y trata de guiarlos, por todos los medios, para que actúen de acuerdo con su voluntad. El cristiano, por otro lado, está llamado a formar su conciencia, haciéndola crecer de acuerdo con las enseñanzas de Cristo en el evangelio y en la Iglesia.
Todos los hombres tienen un mínimo de discernimiento entre el bien y el mal. Pero el creyente, discípulo de Cristo, está llamado a dejar que el Espíritu de Dios lo guíe a la verdad plena; no aceptará vivir la caridad en su grado inferior, sino que buscará con todas sus fuerzas discernir la voluntad de Dios en las diferentes circunstancias de la vida. El buen creyente se esforzará por formar su conciencia y entrenarse para escuchar la voz de Dios.
El cristiano debe, por eso, estudiar la enseñanza de la Iglesia en materia de moral y ética. La Iglesia tiene mucho que decir en esta área. Presenta doctrinas sobre el respeto a la vida, el mundo de la familia y la sociedad, el respeto al cuerpo, la dimensión sexual, la dignidad humana, las virtudes, etc. No es que la Iglesia imponga mandamientos en todos estos ámbitos, sino que más bien ilumina el camino del creyente para que sepa elegir el amor en todas las circunstancias de la vida.
El creyente está llamado a escuchar la voz de su conciencia, es decir, la voz de Dios en su interior. Los santos acostumbran a hacer examen de conciencia todos los días, revisando su comportamiento al final o en la mitad del día, para ver si han actuado de acuerdo con la fe o si han tendido a caer en el mal, el odio, la rivalidad y la concupiscencia. No debemos desviarnos, actuando descuidadamente por capricho, sino obrar más bien por reacciones inspiradas en el espíritu del evangelio.
Cristo nos dice que busquemos la luz que está dentro de nosotros, fuera de las tinieblas, que nos hacen olvidar nuestra conciencia y silenciar la voz de Dios o hacer oídos sordos a su voz. Yendo a la deriva en la oscuridad, nuestro corazón se endurece y nos convierte en hijos de la oscuridad, perdiendo la Luz que brilla en nosotros. Caminemos por el camino de la luz mientras la tengamos dentro de nosotros.

4. Leer y meditar

Lectura de san Juan Crisóstomo (354-407)

Honrar el Cuerpo de Cristo

Debemos adherirnos estrechamente a las enseñanzas de nuestro Señor y a la salvación de nuestras almas, para que seamos dignos de recibir la gracia divina y llegar al paraíso eterno. Aquellos que se interesaban principalmente por la purificación de la vajilla y de otros utensilios, o por cuáles son los días importantes del mes, eran ignorantes y no habían logrado comprender por qué era correcto recoger espigas en el día del sábado o curar a un paralítico. Así que no han progresado en la virtud y están perdidos. Dios, de hecho, quiere misericordia, no sacrificios. Por eso debemos preocuparnos, sobre todo, del bienestar de las almas, y no de los días ni de las cosas que están destinadas solo al servicio del hombre.
No penséis que podemos alcanzar la salvación haciendo uso del dinero destinado a la ayuda de los huérfanos, las viudas y las personas en similar necesidad, para hacer un copón de oro para el Santísimo sacramento, decorado con piedras preciosas o para un altar ricamente decorado para celebrar la liturgia. ¿Deseas realmente honrar el Cuerpo de Cristo? No lo desprecies cuando está desnudo. No lo honres aquí, en el edificio de la iglesia, con sedas, para descuidarlo fuera, cuando sufre el frío y la desnudez. Porque el que dijo: «Esto es mi Cuerpo» es el mismo que dijo: «Me visteis hambriento y no me disteis de comer». Da de comer al hambriento y luego ven a adornar la mesa. El templo del cuerpo de tu hermano afligido es más precioso que este templo (la iglesia). El Cuerpo de Cristo se convierte para ti en un altar. Es más santo que el altar de piedra en el que celebras el santo sacrificio. Podéis contemplar este altar en todas partes, en la calle y en las plazas.
Nuestro Señor se ha hecho igual a estas almas, y ha sido duro con los que no se ocupan de ellas, diciendo: «Tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber… Estuve desnudo y no me vestisteis» (Mt 25,42-43). Así que si rechazas esta enseñanza y te preocupas más por la vajilla o el dinero, no te beneficiarás de ella.

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