Capítulo 11: Las comunidades del lago y la revelación a los sencillos

Introducción
Lectura y comprensión del evangelio
Enseñanza teológica y espiritual
Lectura y meditación

1. Introducción

A veces nos preguntamos por qué algunas personas se niegan a creer a pesar de la presencia de muchos santos y apariciones que se han producido en nuestro mundo. ¿Revela Dios su voluntad salvadora a determinadas personas o a todos los hombres? A pesar de los muchos milagros realizados por Cristo entre sus contemporáneos, solo aceptaron el reino la gente sencilla con una fe de niño. ¿Cómo entender entonces el tema de la gracia y de la revelación particular, y su relación con la conversión y la fe? El evangelio de hoy amenaza a los no arrepentidos y a los no creyentes con el castigo del infierno, y promete el descanso a todos los cansados y agobiados. Si estás pasando un momento de fatiga y preocupaciones de todo tipo, recuerda las palabras que san Agustín te dirige: «Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

2. Lectura y explicación del evangelio

Jesús denuncia las ciudades a orillas del lago (Mt 11,20-24)

El Padre revela el evangelio a los sencillos (Mt 11,25-30)

20Entonces se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho la mayor parte de sus milagros, porque no se habían convertido: 21«¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza. 22Pues os digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras. 23Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy. 24Pues os digo que el día del juicio le será más llevadero a Sodoma que a ti».
25En aquel momento tomó la palabra Jesús y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. 26Sí, Padre, así te ha parecido bien. 27Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. 28Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. 29Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. 30Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

2.1 Explicación

Estamos ante dos textos sucesivos del evangelio de Mateo. El primero expone un cuadro sombrío para los que se niegan a aceptar el mensaje de Jesús y rechazan arrepentirse (Mt 11,20-24). El segundo da una idea positiva de la revelación reservada por Dios a los sencillos y cansados por el peso de sus cargas (Mt 11,25-30).
El primer texto (Mt 11,20-24) presenta la realidad de algunas ciudades a orillas del lago Tiberíades que rechazaron el mensaje de Cristo. Al comienzo del evangelio de Mateo (4,23-25), sabemos que Jesús predicó en Galilea y que su fama se extendió por todo el país hasta el punto de que las multitudes comenzaron a seguirle. Sin embargo, Jesús recriminaba a las personas de su generación que le rechazaran y que no aceptaran el mensaje de Juan el Bautista, porque consideraban que llevaba una vida demasiado austera en sacrificios y abstinencia, y reprobaban que Jesús comiera con pecadores y publicanos (Mt 11,16-19). En este contexto, queda clara la situación: los pueblos junto al lago no se convirtieron a pesar de que habían asistido a numerosos milagros de Jesús. De una manera dura e inusual, Jesús denuncia a los habitantes de estas ciudades, Corozaín, Betsaida y Cafarnaún, amenazándoles con el infierno y la condenación eterna. El propósito de los milagros era incitar a la conversión de los habitantes de estas ciudades y ofrecerles la vida eterna; pero, debido a su negativa, estarán sujetos a un juicio severo. Tengamos en cuenta que Jesús no les cierra la puerta, sino que les da una segunda oportunidad y, en su gran misericordia, regresará a Cafarnaún y a las ciudades del lago Tiberíades (Mt 14,14; 17,24). La puerta del arrepentimiento está siempre abierta para los creyentes.
El segundo pasaje (Mt 11,25-30) expone una oración y una invitación. La oración de Jesús es una acción de gracias dirigida al Padre. Dios, en efecto, revela su voluntad a los pequeños. Jesús es el Hijo de Dios y el único verdadero revelador de la voluntad del Padre. Encomendó a la Iglesia que continuara después de él la proclamación del amor de Dios a los hombres. Quien descubre, a través de la enseñanza de Jesús y de la Iglesia, la voluntad del Padre y la ponga en práctica entrará en la categoría de los pequeños que pueden alabar a Dios, como los niños que agitaban sus ramos y gritaban ¡Hosanna!, de quienes se dice: «De la boca de los pequeñuelos y de los niños de pecho sacaré una alabanza» (Mt 21,16). Por otro lado, los sabios y los inteligentes son los que conocen bien las Sagradas Escrituras y las enseñan a los demás, sin ponerlas en práctica, ya que han hecho de sus tradiciones un añadido al espíritu de la ley, transformándola en un yugo muy pesado. Por eso, en la segunda parte de este texto (Mt 11,28-30), Jesús invita a todos los que bregan bajo el peso de las leyes añadidas a cargar con su yugo, es decir, con su enseñanza fácil y liviana. No debemos creer que la enseñanza de Jesús es más fácil que la de los fariseos; pero si uno desea vivir la voluntad de Dios, no recurrirá a la hipocresía y a la falsedad, y así llevará una vida más sencilla, sin orgullo y sin sentirse superior a los demás. De hecho, nuestra fatiga es causada por el peso de las máscaras que ocultan la verdad de la persona.

2.2 Resumen y práctica

Abramos los ojos de nuestro corazón para ver la acción de Dios en nuestra vida y en el mundo. El problema del hombre es que olvida las muchas intervenciones de Dios en su historia. El que sabe que Dios está presente y que actúa debe convertirse, volverse hacia Dios, confesando sus pecados y armonizando su vida y sus palabras. En nuestro camino hacia el bautismo, debemos reflexionar seriamente sobre el tema de la conversión, comprometernos a cambiar de corazón y de pensamiento, y responder con fe renovada a la revelación del amor de Dios que hemos experimentado.
Jesús nos enseña a alabar al Padre por todos sus dones y gracias. Nuestra oración no solo debe contener peticiones, sino que, en primer lugar, tenemos que dar gracias a Dios y alabarlo. Es más, ¡el que sabe dar gracias recibirá aún más bendiciones y gracias!
Jesús, manso y humilde de corazón, nos invita a ser como él. Su humildad hizo que se convirtiera en el Siervo sufriente de Dios. «La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará» (Mt 12,20). El que se humille como Jesús será elevado; y quien acoja al reino como un niño será considerado grande en el cielo. Cumplir nuestras simples y pequeñas tareas diarias nos llevará a la santidad. Así, entendía santa Teresa del Niño Jesús el camino de la perfección, y nos mostró con su ejemplo la «infancia espiritual».

3. Enseñanza teológica y espiritual

Dios se revela al hombre

Cuando Dios creó el cielo y la tierra, extendió su mano al hombre para revelarse a sí mismo, de modo que el hombre pudiera establecer una relación personal con Dios, construida sobre la fe. Es una gran bendición para el hombre comprender el misterio de Dios, conocerlo y amarlo. La revelación de Dios comenzó al principio de la historia humana y continuó hasta la cima, con la venida de Jesucristo, Hijo de Dios y su Palabra definitiva. La Iglesia sigue viviendo esta revelación de una manera viva, entendiendo, día tras día, la profundidad del misterio de Dios y su riqueza.
Es importante entender que la revelación de Dios de sí mismo no se produjo mediante el envío de pensamientos, filosofías o palabras prefabricadas. Su revelación ha estado acompañada por sus intervenciones a lo largo de la historia. Su gran amor se manifiesta en el hecho de que la revelación va de la mano de la salvación que nos ofrece. De hecho, si nos hubiera salvado sin manifestar su identidad, nos habría salvado con «ayuda exterior», como un rico da limosna a un pobre, pero se mantiene alejado de él. La salvación de Dios llega, por el contrario, a través de su participación activa, porque nos ha adoptado a través de su Hijo Jesucristo. Por eso realmente quiere que lo conozcamos, lo amemos y establezcamos con él una relación de hijos con su Padre. Por otro lado, si se hubiera revelado sin salvarnos, habría aparecido como un ser trascendente, altivo y arrogante, al que no importaría nuestra pobre condición. ¡No hay revelación sin salvación, y no hay salvación sin revelación! Así es como se manifestó la voluntad de Dios y su infinito amor por nosotros.
Dios intervino ya en tiempos antiguos; habló con Adán, Noé, Abrahán y muchos otros, y selló una alianza con ellos. Sus intervenciones en la historia tenían como propósito el bien del pueblo elegido, que luego se extendería por toda la tierra. La salida de Egipto ocurrió gracias al poderoso brazo de Dios y el acompañamiento de su pueblo día y noche durante todo el camino. Cada vez que intervenía en la historia, le daba una misión particular a alguien, explicando los objetivos. «En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo» (Heb 1,1-2). Con Jesús se cumplió la plenitud de la revelación.
Cuando Felipe le pidió a Jesús que manifestara al Padre, el Señor le respondió: «El que me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14,9). Y el prólogo del evangelio de Juan dice: «A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer» (Jn 1,18). Jesús era la Palabra del Padre en sus acciones, sus enseñanzas y toda su vida. Por eso, llamó a sus discípulos a que vivieran con él durante todo su ministerio público, para que pudieran ver, oír y tocar, con sus propios sentidos, a Dios. El punto culminante llegó cuando lo vieron resucitado de entre los muertos y glorificado, y por la gracia del Espíritu Santo, entendieron que él era de la misma sustancia que Dios, «lleno de gracia y verdad».
La Iglesia ha dado testimonio de esta experiencia hasta hoy y la transmite de generación en generación. En todo momento, la Palabra de Dios en la Iglesia es una luz para los fieles y los guía a establecer con Dios una relación que los lleve a la vida. A lo largo de los siglos, la Iglesia comprende cada vez más la revelación, y la expresa en sus enseñanzas y dogmas, iluminados particularmente por los libros del Nuevo Testamento, desde los evangelios hasta el Apocalipsis, que representan para ella el corazón de la revelación, y a los que recurre constantemente para consolidar su fe.

4. Leer y meditar

Lectura de san Clemente de Alejandría (c. 215)

El bautismo de la iluminación

Una vez bautizados, hemos sido iluminados; iluminados, hemos sido adoptados como hijos; adoptados, hemos sido hechos perfectos; perfectos, hemos sido inmortales. Está escrito: «Yo os dije: dioses sois, e hijos todos del Altísimo» (Sal 82,6). Esta obra recibe diversos nombres: gracia, iluminación, perfección, baño. Baño, por el que somos purificados de nuestros pecados; gracia, por la que se nos perdona la pena por ellos merecida; iluminación, por la que contemplamos aquella santa y salvadora luz, es decir, aquella por la que podemos llegar a contemplar lo divino; y perfección, decimos, finalmente, porque nada nos falta. Pues, ¿qué puede faltarle a quien ha conocido a Dios?
El que ha sido regenerado, como el nombre indica, siendo iluminado ha sido liberado al punto de las tinieblas y, por eso mismo, ha recibido la luz.
Como aquellos que, sacudidos del sueño, se despiertan enseguida interiormente, o mejor, como aquellos que intentan quitarse de los ojos las cataratas, y no pueden recibir la luz exterior, de la que se ven privados, pero, desembarazándose al fin de lo que obstruía sus ojos, dejan libre su pupila, así también nosotros, al recibir el bautismo, nos desembarazamos de los pecados que, cual sombrías nubes, oscurecían al Espíritu divino; dejamos libre, luminoso y sin impedimento alguno el ojo del espíritu, con el único que contemplamos lo divino, ya que el Espíritu Santo desciende desde el cielo para estar a nuestro lado.
Esta mixtura de resplandor eterno es capaz de ver la luz eterna, pues lo semejante es amigo de lo semejante… Cuando nos arrepentimos de nuestros pecados y renunciamos a sus males pasando por el filtro del bautismo, corremos hacia la luz eterna, como hijos hacia el Padre.

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