Capítulo 8: La curación del criado del centurión

Introducción
Lectura y comprensión del evangelio
Enseñanza teológica y espiritual
Lectura y meditación

1. Introducción

Algunos judíos creían que la salvación era una realidad que les pertenecía exclusivamente, porque era el «pueblo elegido» de Dios; los demás pueblos no tendrían la oportunidad de entrar en el reino de Dios. Sin embargo, Jesús vino a abrir de par en par las puertas para que todos se salvaran, con una condición: la fe. Tras curar al criado del centurión pagano, dijo que «en Israel no he encontrado en nadie tanta fe» (Mt 8,10).
Tú, que has creído y has querido seguir a Jesús y te preparas para él en el catecumenado, te pareces, por tu fe, al centurión pagano, y puedes escuchar una voz que te dice internamente: «Tu fe es mayor que la de los propios cristianos para quienes la fe se ha convertido en una rutina». Lo que importa es que profeses tu fe en palabras y hechos, sin compararte con los demás. Dios te mira personalmente, te ama y te llama a la salvación.

2. Lectura y explicación del evangelio

La curación del criado del centurión (Mt 8,5-13)

5Al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: 6«Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho». 7Le contestó: «Voy yo a curarlo». 8Pero el centurión le replicó: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. 9Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; a mi criado: “Haz esto”, y lo hace». 10Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: «En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. 11Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; 12en cambio, a los hijos del reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes». 13Y dijo Jesús al centurión: «Vete; que te suceda según has creído». Y en aquel momento se puso bueno el criado.

2.1 Explicación

Cuando Jesús entró en Cafarnaún, el centurión se le acercó y le contó que su criado estaba enfermo. Jesús de inmediato iría a curarlo. Esta iniciativa de Jesús muestra que él iba más allá de las tradiciones judías, que prohibían que un judío entrara en casa de un pagano por temor a ser contaminado. Esta apertura universal de la salvación queda clara en el evangelio de Mateo desde las primeras páginas, con la llegada de los Magos para adorar al niño. El deseo de Jesús es llevar la salvación a todos los hombres, con la única condición de que crean en él. Jesús prescinde de las diferencias étnicas, poniendo la salvación al alcance de todos independientemente de la nación u origen étnico.
A esta iniciativa de Jesús, le sucede la más humilde respuesta de fe del centurión, que expresa que no es digno de recibir al Mesías enviado por Dios. Expone su manera de comportarse con los soldados, a quienes da órdenes estando lejos de ellos y se cumplen sin necesidad de estar él delante; y le sugiere a Jesús que haga lo mismo, sanando a distancia sin necesidad de tocar al enfermo.
En este momento Jesús alaba la fe del centurión pagano, que adopta una actitud de profunda humildad y sometimiento a la poderosa palabra de Jesús. El pueblo judío no pudo manifestar tal fe, a pesar de las firmes promesas de la salvación al final de los tiempos. La imagen de sentarse en la mesa del banquete del reino no debe entenderse como una expresión concreta y material de gozo eterno, sino como un símbolo bíblico (Is 25,6; Sal 107,3) que indica la abundancia del gozo sin fin. Al final, Jesús envió al centurión, diciendo: «Vete, que te suceda según has creído», afirmando que, gracias a la fe, podemos recibir la remisión de los pecados (Mt 9,2), realizar milagros (Mt 17,20) y obtener todo lo que pedimos (Mt 21,22) para nuestra salvación eterna.

2.2 Resumen y práctica

Este pasaje del evangelio nos trae buenas noticias: confirma la efectividad de la palabra de Jesús al sanar a distancia y desvela la dimensión universal de la salvación dada por Jesús, que no conoce límites de pertenencia a una etnia o nación, sino que descansa totalmente en la verdadera fe en la Palabra de Dios.
De aquí surge la pregunta: ¿cómo describes tu fe en Dios? ¿Deseas ardientemente el paraíso y sus beneficios materiales abrazando la fe cristiana? ¿Vas progresando en tu vida de fe con humildad y abandono a la voluntad de Dios, o te rebelas contra todo lo que te disgusta en la vida? ¿Sabes que Jesús es todopoderoso y que puede convertir tus preocupaciones y enfermedades en gloria y resurrección? Por su encarnación, su muerte y su resurrección, Jesús no eliminó el mal del mundo, sino que lo transformó, en nosotros mismos, en esperanza. Jesús vino a liberar a los hombres de la servidumbre más dolorosa, la del pecado. Por eso, lo que se nos pide, antes de que sea demasiado tarde, es arrepentirnos de nuestro pasado de pecado y comprometernos con el reino de Dios, en una vida de fe, en nuestras palabras y obras.

3. Enseñanza teológica y espiritual

La virtud de la fe

Dios creó al hombre con una sed innata de él y una disposición natural a la fe en él. A esto se refiere Jesús al decir: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado» (Jn 6,44). La sed es también un tema importante en la oración de los Salmos: «Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío» (Sal 42,2). La gracia de Dios no se detiene en este deseo interno, sino que sale al encuentro del hombre. El sentimiento interno no es suficiente; de lo contrario, Dios se convierte en una proyección de lo que llevamos en nuestra imaginación. Dios viene a encontrarse con el hombre en el corazón del mundo, en el corazón de la historia. De hecho, Dios se ha revelado a la humanidad de muchas maneras: nos ha hablado a través de los profetas y ha intervenido en la vida de su pueblo salvándolo en varias ocasiones. En estos últimos tiempos, ha enviado a su propio Hijo, su Palabra eterna, plenitud de la revelación divina.
La fe es la respuesta del hombre a una doble llamada: la que está inscrita en lo más profundo de su ser y la que está en armonía con la revelación de Dios. Se trata de una sed interior y, al mismo tiempo, de una llamada que se escucha. La fe requiere que el hombre escuche profundamente esta voz interior, comprendiendo todo a la luz de su conocimiento del Señor Jesús. Además, cuando uno escucha la palabra de Cristo, experimenta dentro de sí mismo amor, alegría y paz. Esto indica que el que ha pronunciado estas palabras es el mismo que nos ha creado y ha sembrado en nosotros el amor de su palabra.
Dicho esto, la fe sigue siendo una elección libre. Si Dios quisiera obligar a las personas a creer en él, se revelaría de otra manera. La relación entre el hombre y Dios se basa en una propuesta libre sobre la que el hombre puede construir. Como toda relación de amor, se dan muchas señales, como la presencia de Dios que llena nuestras vidas. Es deseable que el creyente pueda leer estas señales y escuchar la voz de Dios que le llama a vivir en todo momento de acuerdo con esta fe.
La fe da frutos y los creyentes se sienten seguros cuando ponen su vida en las manos de Dios. Esto no significa, sin embargo, que Dios decida por nosotros, sino que Dios nos protege en las caídas y dificultades de nuestra vida diaria. Dios ha creado y establecido las leyes de la naturaleza e interviene para proteger a sus hijos de las fuerzas de la naturaleza, pero no para cambiarlas. Él es el padre de todos los hombres, y «hace salir el sol sobre malos y buenos» (Mt 5,45). Los creyentes, pues, son aquellos que aceptan a Dios como compañero que les inspira en todo momento y a quienes él da la plenitud de la vida. La fe requiere una gran confianza en Dios, y esto es lo que Jesús pide una y otra vez: «Solo tienes que creer… Si tuvierais fe como un grano de mostaza […] nada os sería imposible» (Mt 17,20).
La Iglesia juega un papel esencial en la transmisión de la fe. Aunque cada uno vive su propia experiencia en el camino hacia la fe en Dios, con la ayuda del Espíritu Santo, la Iglesia se ha mantenido como guardiana de la fe desde la época de los apóstoles, encargándose de dar la enseñanza cristiana y la catequesis.

4. Leer y meditar

Lectura del teólogo jesuita alemán Karl Rahner (1904-1984)

La fe en la Iglesia pecadora

La fe auténtica de la Iglesia es la del pecador, creyente o no, que gracias al poder de la gracia vuelve constantemente a creer. Es la fe la que soporta la oscuridad del mundo, en lugar de disiparla con discusiones. Es la fe la que confiesa a Dios, en lugar de defender las posiciones que le dan a la Iglesia una fuerza humana o una apariencia dogmática encarnada en un ser social. Es la fe que, en lugar de encerrarse en la esfera de la vida privada, brilla en un trabajo concreto a través de la esperanza, la responsabilidad y el compromiso en los asuntos de este mundo. Es la fe que, en lugar de entretenerse en el mundo del pensamiento controvertido, obedece al impulso de la profecía y la gracia, para escapar del círculo vicioso provocado por la razón pura. Es una fe que entra en el mundo de lo concreto, y requiere un compromiso cristiano.
Tal fe es una gracia, pero más que eso, es Dios mismo. Es obra del hombre; y una obra como esta encuentra su base y su naturaleza en la gracia; en otras palabras, la fe es la obra del hombre que reza.

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