Capítulo 10: El envío de los discípulos

Introducción
Lectura y comprensión del evangelio
Enseñanza teológica y espiritual
Lectura y meditación

1. Introducción

Antes de resucitar, Jesús envía a sus discípulos a una misión limitada a la casa de Israel. Es un «ejercicio de entrenamiento» antes de comenzar, después de la resurrección, una misión universal abierta a todos los pueblos de la tierra. La cruz de Cristo y su resurrección forjan la vida de la Iglesia y todos sus sacramentos. El sacramento de la confirmación (también administrado en la Iglesia católica romana), que habitualmente recibimos los cristianos de oriente junto con el bautismo, nos recuerda el envío del Espíritu Santo a los discípulos, y nos confirma a lo largo de nuestra vida en el camino del testimonio de las enseñanzas de Cristo, hasta el martirio, si fuera necesario.
Jesús explica su programa de misión a los discípulos en el discurso apostólico que hoy leemos; les advierte que se enfrentarán a muchos problemas y sufrirán persecuciones, a veces incluso de sus propios familiares. Quizás te estén persiguiendo hoy por tu participación en la catequesis. O tal vez, te has enfrentado a problemas importantes en tu vida. Recuerda que Jesús te dice: «¡No tengas miedo! El discípulo no es más que el maestro; si perseveras hasta el final serás salvado». Así es como la Palabra de Dios nos anima a vivir nuestro testimonio cristiano en la vida diaria.

2. Lectura y explicación del evangelio

El envío de los discípulos (Mt 10,16-33) and add the verses 27-33

16Mirad que yo os envío como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas. 17Pero ¡cuidado con la gente!, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas 18y os harán comparecer ante goberna-dores y reyes por mi causa, para dar testimonio ante ellos y ante los gentiles. 19Cuando os entreguen, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en aquel momento se os sugerirá lo que tenéis que decir, 20porque no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. 21El hermano entregará al hermano a la muerte, el padre al hijo; se rebelarán los hijos contra sus padres y los matarán. 22Y seréis odiados por todos a causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final se salvará. 23Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra. En verdad os digo que no terminaréis con las ciudades de Israel antes de que vuelva el Hijo del hombre.
24Un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo; 25ya le basta al discípulo con ser como su maestro y al esclavo como su amo. Si al dueño de casa lo han llamado Belzebú, ¡cuánto más a los criados! 26No les tengáis miedo, porque nada hay encubierto que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido que no llegue a saberse. 27Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea. 28No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. 29¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. 30Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. 31Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones. 32A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. 33Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos.

2.1 Explicación

Estas palabras de Jesús hablan de las persecuciones a las que se enfrentarán los discípulos. He aquí las ideas principales:
1. Introducción (Mt 9,35—10,5a): Mateo repasa las tres actividades misioneras de Cristo: la enseñanza, la proclamación del reino y la curación (Mt 4,23). Jesús se revela como el Pastor lleno de la misericordia de Dios y de su amor por los hombres, como lo contrario a los pastores de Israel; él invita al pueblo a regresar al camino de Dios. Llama a Pedro a ser el «primero» entre los doce apóstoles, anunciando así el primado de Pedro sobre los demás discípulos.
2. La tarea de los enviados (Mt 10,5b-15). Este párrafo se puede dividir así:

  • El ámbito de acción (10,5b-6).
  • El programa de acción (10,7-8a).
  • El equipo (10,8b-10).
  • El estilo misionero (10,11-15).

La primera etapa de la misión evangelizadora comienza durante la vida de Cristo como una etapa de formación, que busca a la oveja perdida de Israel: el Mesías busca reunir al pueblo disperso (Is 11,12). Fíjate en que servir al reino (Mt 10,7) es como servir al hombre (Mt 10,8). Por otra parte, los consejos sobre el equipaje y el equipo —a diferencia del evangelio de Marcos, donde se aconseja llevar solo un bastón y sandalias— ponen de relieve la confianza en la providencia de Dios, que no se preocupa por la falta de hospitalidad (cf. el tema de providencia en Mt 6,25-34). La paz (Mt 10,13) es la gran bendición mesiánica que es dada en la misión (Is 9,1-6; 11,6-9).
3. Envío al mundo y persecuciones (Mt 10,16-33). El tono cambia en este párrafo, al pasar de hablar de los deberes y tareas al destino de dolor y persecución a los que tendrán que enfrentarse los discípulos. La misión cristiana se caracteriza por el dolor. En este párrafo hay una introducción (Mt 10,16) y tres unidades literarias. La introducción habla de ser enviado en medio de los peligros y pide que se combinen la astucia y la inocencia. La primera unidad literaria (Mt 10,17-23) habla de las persecuciones por parte de judíos y paganos y de situaciones que encontrarán los discípulos. La segunda unidad (Mt 10,24-25) es la parte central y habla de la identificación entre el discípulo y el maestro, por un lado, y entre el sirviente y el amo por otro. La tercera unidad anima a los discípulos a no tener miedo (Mt 10,26.28.31) y les confirma que Dios es el Señor de la historia y que juzgará, de manera justa, a cada uno según sus propias acciones.
4. Discipulado y recompensa del que acoge al discípulo (Mt 10,34-42). Los primeros versículos (10,34-36) exponen la misión contradictoria de Jesús y el estado de división de la familia debido a Cristo: en el seno del mismo hogar, hay quienes quieren creer y practicar su fe comprometiéndose, y quienes la rechazan. La segunda unidad (Mt 10,37-39) habla de las consecuencias en la vida de quien acepta la misión de Cristo. La última unidad (Mt 10,40-42) trata de la relación de la persona que es objeto de la misión con los enviados y con Dios.
5. Conclusión (Mt 11,1). Este versículo es la conclusión de todos los discursos del evangelio de Mateo. A diferencia de Mc 6,12.13.30 y Lc 9,6.10, a Mateo no le interesa tanto el cumplimiento de esta misión por parte de los discípulos; él continúa, de hecho, contando el ministerio de Cristo en medio de su pueblo. La verdadera misión universal de los discípulos se aborda de nuevo en la última parte de este evangelio (Mt 28,16-20).

2.2 Resumen y práctica

Querido hermano candidato al bautismo, hoy escuchas la catequesis y las enseñanzas. Aún no has recibido los sacramentos del bautismo y la confirmación, y aún no has sido enviado oficialmente al mundo para proclamar a Cristo. Aun así, estás llamado a entrenarte para dar testimonio de Cristo en tus acciones antes que en tus palabras. El mensajero de Cristo sabe que primero debe ser una oveja que sigue al pastor al aprisco de la vida. En el camino, debe ayudar a los demás, curando las heridas de la humanidad.
Cristo promete la recompensa al que lo sigue hasta el final. Pero a lo largo de esta vida, nos enfrentaremos a muchos problemas. Debemos aceptarlos con la esperanza del creyente que mira la cruz gloriosa y recibe de ella fortaleza y ayuda. Hay muchos lobos e innumerables persecuciones. Por eso sabemos que cada creyente tiene que llevar una cruz. El cristianismo vivió tres siglos sin que los creyentes pudieran practicar en libertad sus costumbres religiosas; y la sangre de los mártires se convirtió en semilla de los santos. También hoy los cristianos estamos experimentando diferentes persecuciones, nos cuesta resistir las tentaciones de la vida diaria y nos enfrentamos a persecuciones de otro tipo. Sabemos que el sacramento de la confirmación, que recibimos junto con el bautismo, nos proporciona la fuerza del Espíritu Santo que nos ayuda a lo largo de nuestras vidas a dar testimonio de las enseñanzas de Cristo, incluso a derramar nuestra sangre si fuera necesario. El discurso apostólico de Jesús (Mt 10) es el itinerario de nuestra vida en este mundo.

3. Enseñanza teológica y espiritual

El Espíritu Santo y el sacramento de la confirmación

El evangelio de Lucas relata cómo el Espíritu Santo descendió sobre María en la anunciación y que el Hijo de Dios se encarnó en su vientre. Vemos que el mismo Espíritu descendió sobre Jesús el día de su bautismo, al comienzo de su ministerio público. Después, el Espíritu Santo acompañó al Señor Jesús a lo largo de su vida en nuestra tierra, hasta su pasión, su muerte y su resurrección. Igualmente, una vez resucitado, Jesús envía el Espíritu a su Iglesia: «Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros […] será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho» (Jn 14,16-26). La relación entre el Señor Jesús y el Espíritu Santo es muy estrecha, tanto que podemos llamarlo el «Espíritu de Jesús».
La Iglesia recibió el Espíritu Santo el día de Pentecostés, cincuenta días después de la resurrección de Cristo. Al leer el libro de los Hechos de los apóstoles, vemos que la Iglesia primitiva realiza las mismas obras que Jesús. Ella vive por su Espíritu, y camina inspirada por él. Él está poderosamente presente en ella, la fortalece y la alienta, la introduce profundamente en la comprensión del misterio de Cristo. Él la guía en su camino hacia el reino y la ayuda a transmitir la Buena Noticia en palabras y acciones, para que pueda discernir el camino correcto.
El Espíritu de Dios continúa actuando en la vida de los creyentes, alimentándolos con los sentimientos de Cristo: un gran amor y la posibilidad del perdón.
También siembra la paz y el deseo de orar en sus corazones, y les enseña cómo orar y la actitud de su corazón al hacerlo. En este sentido, san Pablo dice: «Nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rom 8,26). Los frutos del Espíritu son numerosos, y san Pablo los enumera: «Amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad» (Gál 5,22). Sus dones también son variados: «Espíritu de sabiduría y entendimiento, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor» (Is 11,2). Todo esto muestra la riqueza que Dios derrama en los corazones de quienes lo aman a través del Espíritu Santo.
La acción del Espíritu Santo excede toda imaginación porque no conoce límites. Según la expresión de Jesús, actúa como el viento, que no conoce fronteras, que viaja por todas partes sin tener en cuenta las fronteras levantadas por los hombres. El Espíritu de Dios actúa incluso entre los no creyentes guiándolos al amor verdadero y al conocimiento de Dios en Cristo. Así vemos que muchas personas buscan a Jesús, o al menos se adhieren a sus enseñanzas y principios. Dios, en efecto, actúa para que los corazones estén preparados para recibir la Buena Noticia: el evangelio de Jesucristo. En cuanto a los creyentes, reciben al Espíritu Santo a través de los sacramentos, especialmente durante la confirmación.
El creyente entra a la Iglesia por el bautismo, ya que se convierte en un nuevo hombre resucitado con Cristo. Pero aunque el don del Espíritu es accesible en todo momento, el sacramento de la confirmación lo fortalece. Cuando el sacerdote pone la mano sobre la frente del bautizado y lo unge con el santo Crisma, como signo de la unción celestial, el Espíritu de Dios habita en él para que pueda dar testimonio de él en su vida y difundir en el mundo la buena nueva de Cristo. La Iglesia oriental quiso conferir el sacramento de la confirmación junto con el del bautismo para insistir en la unidad de los dos sacramentos y en el importante papel del Espíritu en la vida del creyente. Por otro lado, la Iglesia latina administra la confirmación por separado, más tarde, reservando así a cada sacramento (bautismo, confirmación) su lugar específico. Esto es así solo en el caso de los niños: cuando un adulto es bautizado, también es confirmado inmediatamente después y recibe la primera Comunión, preferiblemente en la Vigilia pascual.

4. Leer y meditar

Lectura de Teodoro de Mopsuestia (c. 350-428)

El sacramento de la confirmación

Cuando hayas recibido la gracia del bautismo y te hayas vestido con la túnica blanca inmaculada, el obispo se acercará y te marcará la frente, diciendo: «Es bautizado N. en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo». Cuando Jesús salió del agua, recibió la gracia del Espíritu Santo que descendió en forma de paloma y habitó en él. Es una unción del Espíritu Santo, como está escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido», y también «Dios a Jesús de Nazaret le ungió “con el Espíritu Santo y con poder”». Esto muestra que el Espíritu Santo es uno con él. Esto es exactamente lo que sucede con la unción del aceite que practicamos: marca a los que lo reciben y nunca los deja.
Tú también debes ser ungido en la frente. El obispo hace la señal de la cruz diciendo: «N., sé sellado en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo». Esta expresión indica que, al nombrar «al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo», el Espíritu Santo viene sobre ti. Has sido ungido por él y lo has recibido por la gracia. Él es tuyo y permanece en ti. En ese momento, ya recibes de él los primeros frutos, aunque no aprovechas aún de todos los bienes que vendrán. Es un símbolo. Pero más tarde, recibirás toda la gracia que te liberará de la muerte, la corrupción, el dolor y el cambio; tu cuerpo también durará para siempre y estará libre de la decadencia, y tu alma no estará expuesta a ningún otro movimiento hacia el mal.

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