Capítulo 9: La vocación de Mateo

Introducción
Lectura y comprensión del evangelio
Enseñanza teológica y espiritual
Lectura y meditación

1. Introducción

A veces pensamos que Dios solo llama a su lado a personas cuyas cualidades humanas y sociales son perfectas. Olvidamos que Jesús llamó a sus discípulos de entre los pescadores, los recaudadores de impuestos, los pecadores y la gente corriente. De hecho, cuando la misericordia de Dios abraza el corazón del hombre, transforma a una persona normal en una persona carismática y creativa en la fe y el amor. Y cuando esta misericordia nos crea nuevamente, nos envía al mundo a proclamar la Buena Noticia, no a través de nuestras obras hechas por orgullo, sino a través de la acción de Dios que ama a todos los hombres.
¿Alguna vez has tenido la oportunidad de experimentar una invitación y una llamada de Dios en tu vida? ¿Alguien ha confiado en ti, pidiéndote ayuda en algún proyecto? ¿Cómo explicas si no tu presencia aquí entre los catecúmenos, candidatos para el bautismo? ¿Alguna vez has experimentado el amor de Dios personalmente? ¿Crees que tu pertenencia al nuevo cuerpo eclesial te hará compartir más tus dones con los demás, o se trata solo de un compromiso rentable para ti? Estos son los temas que se discutirán en la reunión de hoy, centrada en la vocación cristiana y su dimensión comunitaria y eclesial.

2. Lectura y explicación del evangelio

La vocación de Mateo (Mt 9,9-13)

9Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él se levantó y lo siguió. 10Y estando en la casa, sentado a la mesa, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús y sus discípulos. 11Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: «¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?» 12Jesús lo oyó y dijo: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. 13Andad, aprended lo que significa “Misericordia quiero y no sacrificio”: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores».

2.1 Explicación

El poder milagroso de Jesús no solo consistía en curar enfermedades físicas, sino que también busca darle al hombre la remisión de todos los males que le amenazaban. El significado, de hecho, del nombre Jesús es «Dios salva», el que salva a su pueblo de sus pecados, lo que demuestra la gran misericordia de Dios Padre con el mundo. Estos son, pues, los «titulares» del evangelio de la llamada de Mateo (Mt 9,9) y la posterior controversia sobre el hecho de que Jesús comparta mesa con los pecadores (Mt 9,10-13).
La vocación de Mateo (Mt 9,9) se asemeja por su esquema narrativo a la de los cuatro primeros discípulos (4,18-22): Jesús pasa, le ve y le llama; la persona llamada se levanta y le sigue. Jesús sigue pasando por nuestro mundo hoy, llamando continuamente a los hombres a seguirle en el camino de la salvación. Jesús ya ha llamado a unos pescadores, y ahora llama a un pecador: Mateo es recaudador de impuestos para el Imperio romano. Era considerado un pecador incorregible debido a su amistad con el invasor extranjero pagano, y por quedarse con parte del dinero recaudado. Por eso, cualquier judío que observara la ley tenía que alejarse de él. Sin embargo, Jesús le miró con misericordia, y le amó, ofreciéndole la oportunidad de ayudarle a proclamar el reino. Nadie miró a Mateo como Jesús; la gente prefería señalarle y burlarse de él. Por el contrario, Jesús nos enseña que el pecador será corregido por la misericordia y no por el juicio. Mateo originariamente se llamaba Leví (Mc 2,14; Lc 5,27), pero el significado etimológico de Mateo es «don de Dios».
Mateo dio un banquete en honor de Jesús e invitó también a sus amigos. Los fariseos, por su parte, criticaron la presencia de Jesús y de sus discípulos con los pecadores. Entonces Jesús respondió tomando una imagen de la vida cotidiana y una cita del profeta Oseas. Todos entienden la imagen de los enfermos que necesitan un médico, por lo que Jesús decidió, implícitamente, situar a Mateo y a sus acompañantes en la categoría de enfermos que necesitan curación y no bajo una ley que los juzga y los aísla.
El Señor cita al profeta Oseas, del Antiguo Testamento: «Quiero misericordia y no sacrificio» (Os 6,6). Esto aclara la idea de que Dios no rechaza las oraciones y sacrificios ordenados por la ley, sino los ritos externos carentes de toda compasión de corazón y de pureza de intención. No es el hecho de sentarse a la mesa con el pecador lo que contamina al hombre, sino ofrecer un sacrificio con desprecio y odio hacia los demás.

2.2 Resumen y práctica

Lo que Dios detesta es el comportamiento hipócrita. Dios se alegra si eres un pecador arrepentido. No le interesan los sacrificios externos vistosos. La verdadera justicia que se pide al discípulo es que armonice sus palabras con sus obras. Por eso, Jesús dijo en el sermón de la montaña: «Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda» (Mt 5,23-24).
Hoy, Jesús pasa y te llama a seguirle. No importa si eres un gran pecador o un creyente con pecados pequeños. Lo importante es convertirse y entrar en el programa del reino del cielo. Dios te está creando de nuevo por su gracia, y cuenta contigo para proclamar su perdón y amor a todos los hombres, tal y como hizo contigo. Por esta razón, debes alejarte de toda hipocresía, confesar tu pecado y luchar para ser discípulo de Cristo y perseverar en ello.
Recuerda que la esencia de la ley y los mandamientos es acercar los hombres a Dios, y no separarlos de él ni de los demás. Bajo el aislamiento subyace el orgullo y el egoísmo. Nuestra virtud descansa en el hecho de que somos pecadores arrepentidos y perdonados. No somos las élites de la sociedad ni de la Iglesia. El que se prepara para el bautismo comprende que está abandonando gradualmente sus viejos hábitos y tendencias para vivir una nueva vida en Cristo.
Si aceptas esta llamada a la conversión, gracias al bautismo, pasarás a formar parte de la comunidad de creyentes, de aquellos que viven el camino hacia la santidad, bajo la dirección de los obispos, los sucesores de los apóstoles. Y cuando hayas progresado un poco en la vida cristiana, quizá Cristo te llame, una vez más, a la consagración en la vida religiosa o sacerdotal. ¡Nada de temor a Cristo y a su Iglesia!, ¡vive con permanente gozo y ve de victoria en victoria!

3. Enseñanza teológica y espiritual

La Iglesia

Uno de los principales regalos que Dios nos da es la Iglesia, que consiste en una comunidad de creyentes en Cristo. Cuando Jesús comenzó el ministerio público, después de su bautismo en el Jordán y de pasar 40 días ayunando en el desierto, llamó a los discípulos para que lo acompañaran. Les instruyó con sus palabras, sus acciones, sus declaraciones, sus vigilias nocturnas y su oración por ellos. Después de su ascensión, les confió la misión de ser su Iglesia presente en el corazón del mundo. La experiencia que vivida por los discípulos con Cristo es muy importante; en efecto, fueron testigos oculares de lo que sucedió y se les encomendó acompañar a los futuros creyentes, de generación en generación, y permanecer fieles a la fe recibida de Cristo.
San Pablo llama a la Iglesia «Cuerpo de Cristo». Después de la resurrección, Jesús entró en la gloria de Dios y su cuerpo ya no era tangible. Entonces surge una pregunta: ¿cómo podrían encontrarse las personas con él?, ¿cómo escucharían sus palabras y llegarían a conocerlo? Esta es la misión de la Iglesia: continuar la misión de Cristo en el corazón del mundo, acompañar a los enfermos, iluminar a los que buscan el verdadero significado de la vida, garantizar la protección de la vida humana y la dignidad del hombre y santificar a los creyentes por la gracia de Dios y el derramamiento del Espíritu Santo.
Como el cuerpo, que es uno, tiene muchos miembros, los creyentes, a pesar de ser numerosos en todo el mundo, formamos un solo cuerpo; y cada uno de nosotros es un miembro, igual en dignidad a los demás, y está dotado de un carisma, un don de la gracia, para vivir la misión de Cristo, con los demás miembros del cuerpo.
El bautismo marca la entrada en la Iglesia; cuando nos revestimos en Cristo, la comunidad cristiana nos recibe como hijos de Dios. Por eso no es bueno que el cristiano viva aislado su fe, separado del Cuerpo de Cristo. La Eucaristía, la santa Misa, es de suma importancia en este sentido: es la celebración del cuerpo eucarístico y eclesial de Cristo. Nos reunimos alrededor del Señor para ofrecerle el sacrificio de acción de gracias, él nos libera por su palabra y nos hace uno en su Cuerpo, que recibimos en la sagrada Comunión. Intercambiamos un saludo de paz, sin olvidar nuestra obligación de ayudar a los más necesitados. Todo esto lo ha dispuesto claramente la Iglesia, inspirada por el Espíritu Santo; es el fundamento de la vida de todo cristiano.
La Iglesia se organiza en torno a sus pastores: el Papa, el obispo de Roma, los patriarcas y los obispos. Estos últimos delegan a los sacerdotes al servicio del pueblo, según su distribución geográfica en parroquias. Es importante que el cristiano pertenezca a una sola parroquia. Así puede llegar a conocer a la comunidad cristiana y viceversa; juntos caminarán, como una familia, hacia el reino y su misión.

4. Leer y meditar

Lectura de san Ignacio de Antioquía (ca. 110)

A la Iglesia de Roma

Ignacio, que es llamado también Teóforo (portador de Dios), a la Iglesia que ha hallado misericordia en la benevolencia del Padre Altísimo y de Jesucristo su único Hijo; a la Iglesia que es amada e iluminada por medio de la voluntad de Aquel que quiso todas las cosas que son, por la fe y el amor a Jesucristo nuestro Dios; a la que tiene la presidencia en el territorio de la región de los Romanos, siendo digna de Dios, digna de honor, digna de parabienes, digna de alabanza, digna de éxito, digna en pureza, y teniendo la presidencia del amor, andando en la ley de Cristo y llevando el nombre del Padre; Iglesia a la cual yo saludo en el nombre de Jesucristo el Hijo del Padre; a los que en la carne y en el espíritu están unidos a cada uno de sus mandamientos, siendo llenos de la gracia de Dios sin fluctuación, y limpiados de toda mancha extraña; salutaciones abundantes en Jesucristo nuestro Dios en su irreprochabilidad.
Escribo a todas las Iglesias, y hago saber a todos que de mi propio libre albedrío muero por Dios, a menos que vosotros me lo estorbéis. Os exhorto, pues, que no uséis de una bondad fuera de sazón. Dejadme que sea entregado a las fieras puesto que por ellas puedo llegar a Dios. Soy el trigo de Dios, y soy molido por las dentelladas de las fieras, para que pueda ser hallado pan puro [de Cristo]. Antes atraed a las fieras, para que puedan ser mi sepulcro, y que no deje parte alguna de mi cuerpo detrás, y así, cuando muera, no seré una carga para nadie. Entonces seré verdaderamente un discípulo de Jesucristo, cuando el mundo ya no pueda ver mi cuerpo. Rogad al Señor por mí, para que por medio de estos instrumentos pueda ser hallado un sacrificio para Dios. No os mando nada, como hicieron Pedro y Pablo. Ellos eran apóstoles, yo soy un reo; ellos eran libres, pero yo soy un esclavo en este mismo momento. Con todo, cuando sufra, entonces seré un hombre libre de Jesucristo, y seré levantado libre en él. Ahora estoy aprendiendo en mis cadenas a descartar toda clase de deseo.

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