Capítulo 4: Juan el Bautista y el Bautismo de Jesús

Introducción
Lectura y comprensión del evangelio
Enseñanza teológica y espiritual
Lectura y meditación

1. Introducción

Juan el Bautista jugó un papel importante en la vida de Jesús: allanó el camino hacia el Mesías a través de sus enseñanzas, su vida y su martirio. Jugó un papel privilegiado en el bautismo de Jesús: Jesús inclinó la cabeza ante él cuando le pidió ser bautizado. Entonces, se reveló la Santísima Trinidad y la vida pública de Jesús tomó un nuevo impulso.
¿Quién era Juan el Bautista? ¿Cuán fue el alcance del bautismo de Jesús? ¿Cómo podemos conocer el misterio de la Santísima Trinidad a través de las enseñanzas de la Iglesia y nuestra vida diaria? Intentaremos responder a estas preguntas en la reunión de hoy.

2. Lectura y explicación del evangelio

La predicación de Juan el Bautista y el bautismo de Jesús (Mt 3,1-17)

1Por aquellos días, Juan el Bautista se presenta en el desierto de Judea, predicando: 2«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». 3Este es el que anunció el profeta Isaías diciendo: «Voz del que grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”». 4Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. 5Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y de la comarca del Jordán; 6confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán. 7Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo: «¡Raza de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? 8Dad el fruto que pide la conversión. 9Y no os hagáis ilusiones, pensando: “Tenemos por padre a Abrahán”, pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. 10Ya toca el hacha la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será talado y echado al fuego. 11Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. 12Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga».
13Por entonces viene Jesús desde Galilea al Jordán y se presenta a Juan para que lo bautice. 14Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?» 15Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia». Entonces Juan se lo permitió.
16Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. 17Y vino una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

2.1 Explicación

a. ¿Quién era Juan el Bautista? (Mt 3,1-12)
El nombre de «Juan» significa «Dios es bueno y misericordioso» y, de hecho, Juan el Bautista fue mensajero de la misericordia de Dios. Además de ser mensajero de la misericordia para sus padres estériles, Zacarías e Isabel, también preparó el camino a la vida pública de Jesús predicando la promesa de la salvación. Él es el profeta del Altísimo que supera a todos los demás profetas; De hecho, es el último profeta. Incluso antes de su nacimiento, desde el vientre de su madre, Juan se regocijó por la venida del Mesías y se llenó del Espíritu Santo durante la visita de María a Isabel. Se alegró de ser reconocido como el «amigo del Esposo» y les dijo a sus discípulos que Jesús era «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,36). Juan se asemejaba a Elías, el profeta que debe venir a preparar al pueblo que acogerá al Mesías (Lc 1,17). Pero es también más que un profeta, pues no ha nacido entre los nacidos de mujer uno más grande que Juan el Bautista (Mt 11,11). Juan concluye la larga serie de profetas y proclama la cercanía del consuelo de los creyentes oprimidos que esperaban ansiosamente la redención.
Juan bautizaba con agua y preparaba para la venida de Cristo, pero su bautismo no llevaba el fuego que quemaría los pecados de las personas que venían a él. El agua que usaba era una manera para ellos de participar en la comunidad de conversos, en espera de la expiación de sus pecados. Por otro lado, el bautismo que Jesús trae a su Iglesia es un bautismo de agua, Espíritu y fuego, que permite a las personas experimentar verdaderamente un nuevo nacimiento.
Juan el Bautista era un humilde ermitaño. Llevaba una túnica de piel de camello y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre (Mt 3,4). Su humildad se reveló aún más cuando dijo de Cristo: «Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo y no merezco ni llevarle las sandalias» (Mt 3,11). En efecto, Juan el Bautista era la linterna, pero Jesús era la Luz. Juan era la voz que clamaba en el desierto, pero Jesús era la Palabra. Juan era humilde, pero también se atrevió a decir la verdad. Denunciaba a los fariseos y saduceos que venían a que los bautizara y los instaba a dar frutos de arrepentimiento: «¡Raza de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente?» (Mt 3,7). La serpiente simboliza el mal y nos recuerda a la serpiente que tentó a Eva (Gén 3,1). Juan el Bautista dijo audazmente la verdad cuando fue denunciado por Herodes por casarse con su cuñada, la esposa de su hermano Felipe, que todavía vivía. Por esto, Juan fue encarcelado y luego ejecutado.

b. El bautismo de Jesús (Mt 3,13-17)
Cuando el Bautista dudó en bautizar a Jesús, «Jesús le contestó: “Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia”. Entonces Juan se lo permitió» (Mt 3,15). La justicia significa sumisión total al llamamiento salvífico de Dios. Jesús no necesitaba el bautismo de Juan. Fue bautizado en solidaridad con los pecadores bautizados, para demostrar que la misión de Juan el Bautista era preparar los tiempos mesiánicos.
Cuando Cristo fue bautizado, la Trinidad apareció en su gloria: el cielo se abrió sobre la tierra después de siglos de oscuridad debido al pecado del hombre y una nueva creación fue aclamada cuando la paloma del Espíritu Santo se cernió sobre las aguas (Gén 1,2). La voz del Padre proclamó que Jesús era el Hijo amado, del cual Isaac, el amado hijo de Abrahán, era símbolo al llevar la leña para el sacrificio (Gén 22,2); Jesús también es el Siervo de Dios sufriente que trae el derecho a las naciones (Is 42,1). Así, vemos cómo el bautismo de Jesús en el agua del río Jordán fue preparación para su bautismo de sangre en la cruz.

2.2 Resumen y práctica

Juan el Bautista nos da un claro ejemplo de cómo combinar la humildad con la franqueza a la hora de hablar. El amor, de hecho, cubre una multitud de pecados: «Ante todo, mantened un amor intenso entre vosotros, porque el amor tapa multitud de pecados» (1 Pe 4,8).
La venida del reino de los cielos nos empuja a producir los frutos de conversión. No podemos limitarnos a decir «Señor, Señor», sino que debemos realizar obras dignas de nuestra nueva condición. La conversión significa cambiar la mentalidad mal orientada y participar plenamente en esta nueva vida construida sobre la fe en Dios y el amor de los hermanos. El evangelio de hoy nos pide que no nos consideremos superiores a aquellos que no comparten la misma fe que nosotros, ya que podemos pensar que una vez que nos bauticemos como cristianos, eso sería suficiente para nuestra salvación. Los judíos que acudían a recibir el bautismo de Juan también lo pensaban, especialmente porque se consideraban hijos de Abrahán: «Y no os hagáis ilusiones, pensando: “Tenemos por padre a Abrahán”, pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras» (Mt 3,9). La única garantía de salvación son los frutos de la caridad y los actos de arrepentimiento dignos de la nueva vida de los hijos de Dios.
El relato del bautismo de Jesús nos llama a vivir nuestra filiación con el Padre por el poder del Espíritu Santo. En el día del bautismo de Jesús, el Padre declaró que era su Hijo amado. En el día de nuestro bautismo, seremos hijos de Dios Padre, hermanos de Jesús y templos vivos del Espíritu Santo. No olvidemos nunca nuestra nueva identidad: somos hijos de un Rey que nos ha salvado por su Hijo y que nos ama por su Espíritu. Nuestra dignidad es la suya, nuestra vida es la suya y debemos recordar esta nueva relación con la Santísima Trinidad que nos ha dado el bautismo.

3. Enseñanza teológica y espiritual

La Santísima Trinidad

Puedes conocer a Dios de lejos, y puedes conocerle más de cerca entrando en su misterio. Esto es como si alguien que pasara por delante de una iglesia, quedando maravillado de su construcción y sus muros, decidiera entrar para descubrir su belleza interior. Puedes decir que Dios es uno, y es cierto, pero si te acercas a él, descubrirás que él son tres. Por su infinito amor a los hombres, Dios se les fue revelando poco a poco, dirigiéndose a ellos en el Antiguo Testamento tras crearlos y cuidarlos a lo largo de la historia. En la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo, nacido de la Virgen María. Cuando Cristo resucitó de entre los muertos, envió el Espíritu Santo a la Iglesia y dijo a sus apóstoles: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19).
El dogma cristiano de la Trinidad es el resultado de la revelación recibida por la Iglesia. Es Dios quien se ha revelado gradualmente. La cumbre de la revelación llegó a través de Jesucristo y del Espíritu Santo, que orienta a los fieles a comprender toda la verdad. La Trinidad no es una idea inventada por los cristianos sino, por el contrario, una gracia recibida, y los primeros cristianos asumieron la responsabilidad de proclamarla al mundo, a costa de muchos sacrificios.
Creemos en un solo Dios. La Trinidad no significa multitud de dioses. Es el amor perfecto y recíproco entre el Padre y el Hijo que sella su unidad. Este amor, que es la esencia de Dios, es el Espíritu Santo. Por lo tanto, Dios que es uno, no está aislado: el amor conduce a la comunión y la unión.
Como el hombre es creado a imagen y semejanza de Dios, y como Dios es comunión, entonces el hombre no realizará su vocación, que es la imagen completa de Dios en él, sin una verdadera comunión con sus hermanos, los hombres. Asimismo, los matrimonios forman «un solo cuerpo», y todos los cristianos constituyen «un solo cuerpo» en la Iglesia, el cuerpo de Cristo.

4. Leer y meditar

Lectura de san Cirilo de Jerusalén (313-387)

La grandeza del bautismo

Y realmente es algo grande el bautismo de que hablamos: rescate de los cautivos, perdón de los pecados, muerte del pecado, nuevo nacimiento del alma, vestidura luminosa, santo sello imborrable, vehículo al cielo, delicias del paraíso, medio para el reino, don de la adopción como hijos. Por lo demás, ten en cuenta que el dragón observa junto al camino a quienes pasan: procura que no te muerda por tu infidelidad; él ve a los muchos que se salvan y busca a quien devorar. Te acercas al Padre de los Espíritus, pero es necesario pasar por aquel dragón.
¿Cómo le evitarás? Calza tus pies con el celo por el evangelio de la paz, para que, aunque te clave el diente, no te hiera: ten la fe en tu interior y una esperanza firme. Cálzate bien para que entres hasta el Señor, aunque el acceso esté ocupado por el enemigo. Prepara tu corazón para recibir la enseñanza y para la participación en los santos misterios. Ora frecuentemente para que Dios te regale con los misterios celestes e inmortales, y no le dejes ni de día ni de noche. Y cuando el sueño se aparte de tus ojos, que tu mente se ocupe en la oración. Si ves que algún torpe pensamiento asalta tu alma, que te ayude la idea del juicio, que te recordará la salvación; ten ocupada tu mente en aprender para que olvide los pensamientos depravados. Si ves a alguien diciéndote: ¿Entrarás allí para bajar al agua? ¿Acaso no tiene baños la nueva ciudad?, sábete que el dragón marino maquina estas cosas contra ti; no atiendas a las voces de quienes te hablen, sino al Dios que actúa. Guarda tu alma para que no puedas ser sorprendido por artimañas, de modo que, manteniéndote en la esperanza, llegues a ser heredero de la salvación eterna.

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