Capítulo 5: Las Bienaventuranzas

Introducción
Lectura y comprensión del evangelio
Enseñanza teológica y espiritual
Lectura y meditación

1. Introducción

En el Monte Sinaí, Dios entregó a Moisés los Diez Mandamientos, la base del Antiguo Testamento y su esencia. Y en la montaña de Galilea, Jesús enseñó las bienaventuranzas, la base y la esencia de sus enseñanzas. La montaña es el lugar topográfico más cercano a Dios. Es el lugar de la revelación, el lugar apropiado para el encuentro entre Dios y el hombre. El sermón de la montaña es una de las páginas más bellas de todos los libros del mundo. Los Padres de la Iglesia lo consideraron el resumen de todo el evangelio y de la vida cristiana.

¿Alguna vez has escuchado a alguien decir «¡Bien hecho, amigo!»? ¿Por qué las personas se felicitan mutuamente? Jesús nos felicita a través de las bienaventuranzas, las cuales nos conducirán al reino de Dios. ¿Es esto nuevo respecto a las enseñanzas de los judíos del pasado, o la novedad del contenido concierne a toda la humanidad? Esto es lo que trataremos de explicar hoy a través de la enseñanza de Jesús en su primer discurso gracias a Mateo.

2. Lectura y explicación del evangelio

Las bienaventuranzas (Mt 5,1-12)

1Al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; 2y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: 3«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. 4Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. 5Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. 6Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. 7Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. 8Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. 9Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. 10Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. 11Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. 12Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros».

2.1 Explicación

Las bienaventuranzas anuncian que el reino es una gracia. Decir «bienaventurado» al comienzo de una oración es una expresión bíblica tradicional (Sal 1,1; Prov 3,13, Ecl 25,8-9). Expresa una recompensa a una persona o una comunidad, que ya se ha aceptado o se aceptará. Jesús premia a las personas distinguidas por estas cualidades, diciendo que son candidatos a ser admitidos en el reino de Dios.
En la primera y la octava bienaventuranza encontramos una frase repetida: «Porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3; 5,10). También hay personas llamadas dos veces bienaventuradas por la «justicia» (Mt 5,6; 5,10). La novena bienaventuranza (Mt 5,11-12) tiene el mismo contenido que la octava, pero tiene mayor impacto porque se dirige de manera directa a sus oyentes, y a nosotros.
Las bienaventuranzas se dividen en dos partes: las cuatro primeras (Mt 5,3-6) se centran en la actitud de pobreza y humildad ante Dios. Las cuatro bienaventuranzas siguientes (Mt 5,7-10) hablan del comportamiento con los demás. La última bienaventuranza recuerda al Salmo que dice: «El Señor es mi pastor… tu vara y tu cayado me sosiegan» (Sal 23).

Cada bienaventuranza tiene su significado:

  • «Bienaventurados los pobres en el espíritu»: son aquellos que no esperan nada de las personas o de sus propias fuerzas; ponen toda su confianza en Dios. La adición de la palabra «espíritu» en Mateo enfatiza la dimensión religiosa y espiritual, sin afectar a las dimensiones económica y social.
  • «Bienaventurados los mansos»: el humilde o manso es quien vive la infancia espiritual. La mansedumbre se basa en la abnegación, la humildad y en el alejamiento de la venganza y la ira. No es signo de debilidad, sino de la capacidad de dominio de sí, de perdón y de humildad.
  • «Bienaventurados los que lloran»: el contexto del duelo evangélico es el de las persecuciones experimentadas por los primeros cristianos. Jesús consuela a los afligidos con la proximidad de la consolación que vendrá al final de los tiempos (Is 40,1; 61,3). La consolación proporciona fuerza, coraje y esperanza a la hora de enfrentarse a las dificultades.
  • «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia»: la palabra «justicia» significa la voluntad de Dios. En el desierto del Sinaí, el maná fue dado por la gracia de Dios al pueblo errante. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la Palabra de Dios, y se sacian de su ley en el agua viva y en el pan del cielo, cantando: «El Señor es mi pastor, nada me falta».
  • «Bienaventurados los misericordiosos»: las obras de misericordia son obras concretas, que consisten en ayudar al hambriento, al sediento o al que está desnudo, enfermo, prisionero o es extranjero (cf. Mt 25,31-46). La misericordia de Dios con nosotros está condicionada por nuestras obras de misericordia; nos enseñó a rezar: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden».
  • «Bienaventurados los limpios de corazón»: en la Biblia, el corazón no solo indica el lugar del que salen los sentimientos, sino que es «nuestro centro escondido», donde yo «me adentro… el lugar de la verdad, allí donde elegimos entre la vida y la muerte. Es el lugar del encuentro, ya que a imagen de Dios, vivimos en relación» (CEC 2563).
  • «Bienaventurados los que trabajan por la paz»: la palabra hebrea Shalom no solo se refiere a la paz política, sino también a todos los beneficios materiales y espirituales. El que defiende la paz no es un simple pacifista; es un creador de comprensión y entendimiento mutuo. Será llamado hijo de Dios, hecho a su imagen y semejanza, como fue anunciado por los ángeles el día del nacimiento de Jesús (Lc 2,14).
  • «Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia… Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa». El tema de la octava y la novena bienaventuranza es la persecución, que puede darse de dos maneras: corporal (persecución, prisión, asesinato) y moral (desprecio, crítica hiriente, calumnia). ¡Ten cuidado de no perseguir a los demás! Pero si sufrimos la persecución, hemos de saber que no es algo excepcional o circunscrito a un tiempo o lugar. Según Jesús, el estado de vida de cada creyente implica seguir a Dios. La forma del plural «vosotros» (Mt 5,11) no se utiliza solo para dirigirse a los discípulos, sino a todos los cristianos a lo largo de los siglos.

2.2 Resumen y práctica

Podemos resumir el mensaje de las bienaventuranzas así:

a. Indicaciones. Las bienaventuranzas son, en primer lugar, acciones que indican algo. Prueba de ello es la utilización de verbos al modo indicativo (el de la constatación de hechos). En efecto, dan valor a ciertas personas desfavorecidas, y así la se cambia «sabiduría» del mundo. No es el estado de pobreza y tristeza lo que es bendecido, sino el reino de los cielos que trastoca los valores humanos y mundanos. De hecho, la sabiduría de la cruz y de la resurrección se manifiestan a través de él.

b. Acciones. En segundo lugar, las bienaventuranzas hacen realidad las promesas de Dios. Fíjate en que estas bienaventuranzas están en voz pasiva (serán consolados, serán saciados, serán llamados, etc.), dejando espacio a Dios para que actúe. Dios no está, de hecho, de brazos cruzados, sino que siempre defiende a los que ama.

c. Imperativos. En tercer lugar, las bienaventuranzas nos llaman a actuar de acuerdo con el reino de los cielos. Las bienaventuranzas 2 a 7 están en tiempo futuro (aunque en las lenguas semíticas, hebreo y árabe, el tiempo presente indica tanto el presente como el futuro). Por lo tanto, no solo Dios es responsable del futuro que ha prometido, sino que también ha llamado al hombre para que lo ayude en su propia redención.

3. Enseñanza teológica y espiritual

El reino de Dios

Dios ha creado al hombre para hacerle participar en su vida, su amor y su alegría. Por eso el hombre está ansioso por vivir de acuerdo con estos preceptos. Pero el pecado y los problemas del mundo siembran en él el dolor en vez de la alegría, el odio en lugar del amor y la muerte en vez de la vida. Sin embargo, Dios no abandona a su criatura, sino que permanece fiel a su amor instituyendo profetas y maestros entre su pueblo para despertar en ellos la promesa del reino venidero.
Los judíos entendieron que Cristo vendría a reinar como todos los reyes de la tierra. Por eso Jesús quiso recordarnos en distintas ocasiones y de muchas maneras que su reino no es de este mundo. Es decir, no se parece a los hombres en su forma de gobernar y no busca el dinero, las guerras y las invasiones.
Su reino no es de este mundo, pero su punto de partida está en él. Jesús dijo: «El reino de Dios está entre vosotros» (Lc 17,21). En otras palabras, Jesús quiso decir que cuando Dios reine sobre los pensamientos y corazones, y cuando nos abramos a la llamada de Dios, entonces podremos saborear un anticipo del cielo, porque el amor de Dios es nuestro camino a la redención. Sin embargo, el hombre vive en un mundo terrenal donde no puede dedicarse «exclusivamente» a Dios. Así, el reino de Dios se cumpliría en el cielo, donde una nueva vida con Dios lo será «todo en todos» (1 Cor 15,28).
El evangelio habla de la culminación del reino, cuando Dios cumpla las promesas del Antiguo Testamento de una manera única e íntegra. En efecto, la realización de la promesa en Jesús supera todas las expectativas.

4. Leer y meditar

Lectura de san Agustín (354-430)

La belleza antigua

¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre las bellezas de tus criaturas. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me retenían alejado de ti aquellas realidades que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y ahuyentaste mi ceguera; exhalaste tu fragancia y respiré, y ya suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y ardo en deseos de tu paz.
Cuando yo me adhiera a ti con todo mi ser, ya no habrá más dolor ni trabajo para mí, y mi vida será viva, llena toda de ti. Pero ahora, como al que tú llenas lo elevas, soy una carga para mí mismo, porque no estoy lleno de ti. Contienden mis alegrías, dignas de ser lloradas, con mis tristezas, dignas de alegría, y no sé de qué parte está la victoria. Contienden mis tristezas malas con mis gozos buenos, y no sé de qué parte está la victoria. ¡Ay de mí, Señor! ¡Ten misericordia de mí! ¡Ay de mí! He aquí que no oculto mis llagas. Tú eres médico, y yo estoy enfermo; tú eres misericordioso, y yo miserable. ¿Acaso no es tentación la vida humana sobre la tierra? ¿Quién hay que guste de las molestias y trabajos? Tú mandas tolerarlos, no amarlos. Nadie ama lo que tolera, aunque ame el tolerarlo. Porque, aunque goce en tolerarlo, más quisiera, sin embargo, que no hubiese cosa que tolerar. En las cosas adversas deseo las prósperas, en las cosas prósperas temo las adversas. ¿Qué lugar intermedio hay entre estas cosas en el que la vida humana no sea una tentación? ¡Ay de las prosperidades mundanas una y dos veces: por el temor de la adversidad y la corrupción de la alegría! ¡Ay de las adversidades mundanas una, dos y tres veces: por el deseo de la prosperidad y por la dureza de la misma adversidad y por el riesgo de perder la paciencia! ¿Acaso no es tentación ininterrumpida la vida humana sobre la tierra? […]

Toda mi esperanza no estriba sino en tu muy grande misericordia. Da lo que mandas y manda lo que quieras. […] ¡Oh amor que siempre ardes y nunca te extingues! Caridad, Dios mío, enciéndeme. ¿Mandas la continencia? Da lo que mandas y manda lo que quieras.

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