Capítulo 6: Limosna, oración y ayuno

Introducción
Lectura y comprensión del evangelio
Enseñanza teológica y espiritual
Lectura y meditación

1. Introducción

La enseñanza de Jesús en su primer sermón de la montaña es muy importante para cualquier discípulo que quiera seguir al Señor. Después de su bautismo, Jesús ayunó durante cuarenta días, oró y sanó a muchos enfermos (Mt 4). Después de realizar estos grandes signos, enseña a sus discípulos y a las multitudes a hacer lo mismo, y da un ejemplo a todo cristiano de todos los siglos.
¿Cuál fue la enseñanza de Jesús sobre la limosna, la oración y el ayuno? ¿Los has practicado alguna vez en tu vida? ¿Qué novedad hay en la enseñanza de hoy? Son los temas que trataremos de explicar, mientras nos centramos en la importancia de la oración cristiana, sus métodos y cómo se practica.

2. Lectura y explicación del evangelio

Limosna, oración y ayuno (Mt 6,1-18)

1Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial. 2Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa. 3Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; 4así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. 5Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa. 6Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará. 7Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. 8No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. 9Vosotros orad así: “Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, 10venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, 11danos hoy nuestro pan de cada día, 12perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, 13no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal”. 14Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, 15pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas.

16Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga. 17Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, 18para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.

2.1 Explicación

La limosna, la oración y el ayuno son los pilares del equilibrio humano y espiritual que sostienen nuestra vida cotidiana: la relación del hombre con su hermano (la limosna), la relación con Dios (la oración) y la relación consigo mismo (el ayuno). Si falla alguna de estas relaciones, se pierde el equilibrio y se pone en peligro nuestra santidad.
Jesús insiste en que la verdadera justicia no es la que está destinada a ser vista por los demás (Mt 6,1). A diferencia de la hipocresía del que presume de sus obras caritativas, Jesús ordena practicar la limosna «en secreto», no a través de una religión puramente interna, sino a través de una vida de fe en la que vivimos una relación personal con Dios Padre. Las obras buenas (limosna, oración, sacrificios, etc.) adquieren todo su significado en esta conexión viva con el Padre. Así es como entendemos la recompensa, que no es un juicio externo de las obras justas que hemos hecho, sino una reacción natural del Padre hacia su hijo, a quien conoce perfectamente.
La limosna que se pide no es una donación superficial de dinero o bienes materiales, sino más bien un acto de misericordia con cada hermano necesitado. El motivo del llamamiento a dar limosna se sigue del comportamiento misericordioso de Dios con todos los que se vuelven a él. La imagen del «trompeteo» en las sinagogas y en las calles remite al comportamiento teatral de quien no busca una verdadera relación con Dios, sino que busca la alabanza y el prestigio ante otras personas. La relación con Dios es el punto de partida de la verdadera caridad; en otras palabras, Dios es quien debe ver este acto y no las personas.
Con respecto a la relación complementaria entre la limosna, la oración y el ayuno, san Agustín decía: «Si quieres que tu oración suba al cielo, dale dos alas, el ayuno y la limosna». Como Dios es un Padre que conoce las necesidades de sus hijos, no es necesario multiplicar palabras vanas como hacen los paganos. De hecho, estos últimos recurrían a ritos y expresiones mágicas, exagerando sus gritos y sus palabras, para obligar a sus dioses a cumplir sus solicitudes. En este contexto, en la oración del Padre nuestro Jesús enseñó a sus discípulos a dirigirse al Padre usando siempre el pronombre de primera persona del plural, «nosotros», para expresar que la oración es un vínculo de comunión entre nosotros, los hombres, y Dios. En el Padre nuestro hay dos partes: las tres primeras peticiones se refieren a la realización del reino de Dios, y las cuatro últimas presentan las necesidades materiales y espirituales del discípulo para la realización de este reino.
En cuanto al ayuno, Jesús también recomienda practicarlo en secreto, al igual que la limosna y la oración. No detalló cómo ayunar, pero insistió en ayunar «en secreto», dejando que la Iglesia dispusiera el canon correspondiente. El ayuno no es más que un medio para dominar el cuerpo y las malas tendencias. Es una preparación interior para pasar del estado de pecado al estado de gracia. Nuestras elecciones en el comer y el beber no deben ser motivo de disputa con nuestros hermanos, porque el amor debe tener prioridad en nuestros ayunos, como dice san Pablo: «Pero si un hermano sufre por causa de un alimento, tú no actúas ya conforme al amor: no destruyas con tu alimento a alguien por quien murió Cristo» (Rom 14,15).

2.2 Resumen y práctica

Frente a las divagaciones religiosas en la sociedad judía de la época, Jesús enseñó cómo actuar con rectitud y firmeza, para conformarse a la voluntad salvadora de Dios. Asimismo, condenó las apariencias externas e insistió en una vida de auténtica fe ante Dios. En este evangelio, Jesús se dirige a los creyentes piadosos de una manera especial, aconsejándoles no practicar la hipocresía y el amor a la apariencia, alentándolos a tener una relación más íntima y profunda con Dios.
En el sermón de la montaña, después de las bienaventuranzas, Jesús les pide a sus discípulos que su justicia supere a la de los escribas y fariseos (Mt 5,20). Por lo tanto, una pregunta importante para cada creyente sería: ¿Por qué oras? ¿Por qué prácticas la limosna y la caridad? Y ¿qué sentido le das a tu oración si no te hablas con tu prójimo? Si todas tus acciones están dirigidas a tu propia satisfacción o a agradar a los hombres, significa que utilizas la limosna, la oración y el ayuno para potenciar tu propia imagen y atraer la alabanza de los demás, hipócritamente. ¡Eso es lo que Dios detesta! Pero si los practicas en secreto, el evangelio de hoy nos dice que serás recompensado. Este es exactamente el tema de nuestra próxima reunión: no es necesario preocuparse por el reino de Dios, porque Dios Padre cuida a sus hijos, los conoce y los ama.

3. Enseñanza teológica y espiritual

La oración cristiana

¿Qué diferencia la oración cristiana de la oración de las demás religiones? Cuando Jesús enseñó a sus discípulos a rezar, les enseñó a decir: «Padre nuestro». La oración cristiana nos pone en presencia de Dios todopoderoso, sin un miedo tembloroso ni un mero sentimiento del deber. La oración se recita con la confianza de los hijos para con su Padre. De hecho, Jesús oró a su Padre de esta manera, y su misión consistió en que nos convirtiéramos en hijos adoptivos de Dios. Por eso, no quería darnos una oración de esclavos, sino una oración de hijos adoptados que llaman a su padre.

La oración del cristiano no es independiente de las oraciones de los demás. Si rezas en tu habitación, en secreto, con palabras que te brotan del corazón y expresan tus preocupaciones, Jesús escuchará tu oración y la llevará ante Dios Padre, junto a las de la Iglesia entera, e intercederá por todos nosotros.
La oración cristiana no está separada de la vida cotidiana. Dios quiere que le hablemos con sinceridad, no simplemente recitando palabras mientras nuestro corazón está lejos de él. Jesús mismo lleva nuestra oración ante el Padre, supliendo cualquier falta causada por nuestros pecados. ¡Qué buena noticia saber que mi oración está unida a la de Jesús y a la de toda la Iglesia! Así, nuestras oraciones son como una extensión de la Misa, parten de la Eucaristía y toman de ella todo su poder.
¿Es la oración un deber diario? El Señor no nos obliga a orar, pero debemos desear alimentar nuestra relación con él. Por lo tanto, es muy importante que dediquemos un tiempo diario a la oración, tal vez varias veces al día; pongámonos en su presencia y expresemos nuestros pensamientos, lo que habita en lo más profundo de nuestro corazón. Encomendémosle nuestras intenciones y hagamos silencio para escuchar lo que nos dice. La oración es un diálogo en el que hablo y escucho. Dice un santo: Miro a Dios y lo amo mientras oro. Me siento en silencio y lo contemplo con todo mi corazón, o miro un icono o una cruz, y dejo que el amor de Dios me invada.
Existen muchas oraciones cristianas conocidas que enriquecen nuestra fe cristiana y que podemos recitar, solos o en comunidad, como el Padre nuestro, el Ave María, himnos, salmos, etc.

4. Leer y meditar

Lectura de san Juan Crisóstomo (354-407)

La oración es la luz del alma

El bien supremo es la oración, el lazo familiar con Dios. Es comunicación y unión con Dios. Así como nuestros ojos se iluminan cuando ven la luz, el alma extendida hacia Dios está iluminada por su luz inexpresable. La oración no es el efecto de una actitud externa, sino que proviene del corazón. No se limita a horas u horarios específicos, sino que se desarrolla continuamente, día y noche.
De hecho, no es suficiente que el pensamiento recurra a Dios cuando se aplica a la oración; es igualmente necesario, incluso cuando está absorto en otras ocupaciones, como el cuidado de los pobres u otras acciones benéficas, mezclar el deseo y el recuerdo de Dios, para ser incesantemente saciado por el amor de Dios y para ofrecérselo al Señor del universo.
La oración es la luz del alma, el verdadero conocimiento de Dios, la mediadora entre Dios y los hombres. A través de ella, el alma sube al cielo y abraza a Dios en un abrazo inexpresable; sedienta de leche divina, como un bebé, llora con lágrimas a su madre. Ella expresa sus deseos más profundos y recibe obsequios que sobrepasan cualquier naturaleza visible. Porque la oración se presenta como un poderoso embajador, se regocija y alivia el alma. Cuando hablo de oración, no imagines que se trata de palabras. La oración es un impulso hacia Dios, un amor indescriptible que no es de naturaleza humana y del cual el apóstol habla así: «Igualmente, el mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido; pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rom 8,26). Dicha oración, si Dios le concede gracia a alguien, es para él una riqueza inalienable, un alimento celestial que sacia el alma. El que lo ha probado está animado con un deseo eterno hacia el Señor, como un fuego devorador que enciende su corazón.
Cuando la practiques con su pureza original, adorna tu casa de mansedumbre y humildad, ilumínala con justicia; engalánala con obras buenas como de un vestido precioso; decora tu casa, en vez de con piedra y mosaicos, con fe y paciencia. Y encima de todo, coloca la oración en la parte superior del edificio para completar tu casa. Entonces prepararás al Señor un hogar perfecto. Podrás acogerle como en un palacio real y resplandeciente, tú que, por gracia, lo posees ya en el templo de tu alma.

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