Capítulo 7: La divina providencia

Introducción
Lectura y comprensión del evangelio
Enseñanza teológica y espiritual
Lectura y meditación

1. Introducción

En el primer discurso de Jesús en la montaña (Mt 5—7), hay varias enseñanzas sobre la relación del Antiguo Testamento con el Nuevo; los tipos de oración y petición; la puerta estrecha y la ancha; los dos caminos de la vida y la importancia de dar buenos frutos. No podemos explicar todas estas enseñanzas en nuestros encuentros, pero todo discípulo del reino debe leerlas con atención y aplicarlas en su vida real.
El tema de hoy es Dios Padre, la primera Persona de la Santísima Trinidad. El Espíritu Santo —el elemento fundamental para renacer en el pasaje evangélico de Nicodemo— es a menudo mencionado en varios lugares del evangelio, y la vida de Jesús se describe extensamente a lo largo del evangelio, pero son raras las alusiones al Padre. ¿Es cierto que Dios es nuestro Padre y que se preocupa por nosotros, sus hijos? ¿O es un Dios trascendente, al que es imposible llamar «Padre nuestro» y del cual no somos hijos hechos a su imagen y semejanza? ¿Qué relación mantiene Dios Padre con las criaturas? Este es el contenido principal de lo que debatiremos en el encuentro de hoy.

2. Lectura y explicación del evangelio

La divina providencia (Mt 6,25-34)

25Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? 26Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? 27¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? 28¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. 29Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. 30Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? 31No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. 32Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. 33Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. 34Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia.

2.1 Explicación

Aunque el texto del evangelio de hoy es un himno muy hermoso sobre la divina providencia, siempre ha sido objeto de muchos malentendidos como si invitara a la ociosidad. Es cierto que Jesús no quería animar a la pereza, pero la idea esencial gira en torno al hecho de no preocuparse demasiado (el verbo agobiarse o inquietarse aparece seis veces en este texto) por las cosas materiales y mundanas, lo que nos puede alejar de la búsqueda del reino y del abandono filial, lleno de confianza, en nuestro Padre celestial.
La primera parte del texto (Mt 6,25-30) se centra en evitar la excesiva preocupación por el alimento y el vestido. A lo largo de la historia, los hombres se habían dedicado a proveer alimentos, sembrando los campos, cosechándolos y construyendo graneros, mientras que las mujeres proporcionaban el vestido, cosiendo e hilando. Entonces Jesús dijo: «Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe?»
La segunda parte del texto (Mt 6,31-33) habla del propósito de la vida del hombre, que debe guiar su comportamiento: el objetivo principal debe ser buscar el reino de Dios y su justicia. El tema principal del sermón de la montaña es el programa del reino.
Los asuntos mundanos son un problema de fe, pues quienes se afanan en estas cosas son paganos y no creyentes. Así, en el sermón estos paganos aparecen diversas veces: «Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso» (Mt 6,32); «Si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?» (Mt 5,47); «Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis» (Mt 6,7-8). Jesús nos exhorta a evitar las acciones de los paganos y a esforzarnos por vivir en unidad con Dios Padre, porque él ciertamente proveerá las necesidades materiales y espirituales a su debido tiempo.
El último versículo (Mt 6,34) nos da la recomendación principal que el discípulo debe adoptar en su vida: vivir el presente y no preocuparse por el mañana. El miedo al futuro es una preocupación principal y vital para muchas personas. El pueblo hebreo que vagaba por el desierto tenía que recoger el maná suficiente para un día y, si lo guardaba hasta el día siguiente, se infestaba de gusanos y se pudría (Éx 16,4; 16-21). Es lo que Jesús enseñó a sus discípulos.

2.2 Resumen y práctica

Jesús nos invita a confiar en Dios Padre que cuida de sus hijos, de ahí la necesidad de abandonarnos completamente a su voluntad paterna. Él nos enseñó en la oración del Padre nuestro a decir: «Danos hoy nuestro pan de cada día», que expresaba el papel principal del padre de familia: proporcionar a los hijos el alimento diario, mientras estos, a su vez, se apoyan y confían en él.
No nos comportemos con los paganos, que solo se preocupan por las cosas mundanas. El discípulo debe buscar ante todo el reino de Dios; en otras palabras, debe buscar el verdadero tesoro de la vida, esto es, cumplir la justicia, desear realizar la voluntad del Padre, y vivir según la ley del reino de Dios y sus mandamientos. Esto no significa vivir con los brazos cruzados, sino que debemos esforzarnos por ayudar a otros materialmente. Compartir recursos con los demás es un acto de caridad muy loable.
En su infinita sabiduría, Jesús nos pide que no nos preocupemos por el día de mañana porque cada día tiene lo suyo. A menudo, proyectamos planes para asegurar nuestra vida, la de nuestros hijos, nuestra vejez, etc. Trabajamos para un futuro incierto, desconocido y lleno de sorpresas. Al contrario, Jesús nos llama a alimentar nuestra fe en Dios diariamente y nos anima a dejar nuestro futuro en las manos del Padre.
En resumen, el evangelio de hoy nos llama a una «tranquilidad mental comprometida» en consonancia con el reino de los cielos y su justicia (hacer caridad a nuestros hermanos en nombre de Dios), y al mismo tiempo, nos libera de la constante obsesión de que vivimos como huérfanos, sin nadie que nos cuide.

3. Enseñanza teológica y espiritual

Dios Padre «Creo en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra…»

Ser cristiano es tener el coraje de creer que Dios es Padre. No es suficiente que creas en su presencia, incluso los impíos saben que existe. Creer que él es Padre equivale a creer que te ama y te cuida como un padre a sus hijos, y a veces aún más, porque hay padres que desafortunadamente no se comportan como tales. Dios es la verdadera imagen de un Padre amoroso. Creer que es Padre también es creer que no es Padre solo para ti, sino también para cada hombre. Además envió a su Unigénito, Jesucristo, para hacernos participar en su filiación divina. Jesús, Hijo de Dios según la naturaleza, se ha convertido en uno de nosotros, en un hombre, para que seamos hijos por adopción.
Dios Padre es todopoderoso, soberano de todo, «porque nada es imposible para Dios» (Lc 1,37). Esta verdad es el punto de convergencia de muchas religiones. Pero en el cristianismo, se añade una dimensión de amor al poder divino, al igual que su autoridad, porque Dios Padre pone su fuerza a nuestro servicio. Jesús dijo de sí mismo: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,28). Dios es todopoderoso, en el sentido de que trabaja por la salvación de todos. Cuando Jesús dijo que es el buen Pastor que cuida a sus ovejas y da su vida por ellas, añadió: «Nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre» (Jn 10,29). Por el misterio de su redención, Dios no deja que nada se extravíe, y su obra es la salvación de todos; por eso envió a su único Hijo, para darnos la vida (eterna) por medio de él.
Dios Padre es el creador del cielo y la tierra. San Pablo dice: «El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?» (Rom 8,32). Creemos que Dios creó al hombre, y creó para él todo lo que existe. La creación no es un acto del pasado, como si Dios hubiera terminado su obra y ahora esté descansando; la creación es, de hecho, un proceso continuo, como un padre que cuida a sus hijos, proporcionándoles comida, ropa, educación y apoyo. La Iglesia también cree en la divina providencia. Esto no significa que Dios haya escrito la historia, y que maneje, según lo considere conveniente, las decisiones de los hombres y sus vidas. La libertad es una noción que se relaciona con la dignidad del hombre y sus derechos, y Dios quiere al hombre libre de toda forma de esclavitud. Un hombre liberado de la esclavitud es verdaderamente libre para elegir a Dios y amarlo. Ni siquiera la fe es una obligación: Dios quiere que el hombre lo elija libremente. Dios respeta las decisiones del hombre, pero también continúa inspirándolo, llamándolo y ayudándolo a elegir lo mejor.
Su providencia consiste en acompañar al hombre, sin importar cuánto se aleje el hombre de Dios ni lo duras que sean sus circunstancias. La vida humana es frágil y es susceptible de dolor y de muerte. Dios creó las leyes de la naturaleza pero no interviene para cambiarlas todos los días; sin embargo, como un padre que se preocupa, permanece cerca de sus hijos y camina con ellos en todas sus circunstancias para salvarlos si es necesario. Incluso en la muerte, Dios no se ausenta, sino que viene a resucitar al hombre dándole la vida plena, la vida eterna.

4. Leer y meditar

Lectura del Catecismo de la Iglesia Católica

Sobre Dios Padre

Al designar a Dios con el nombre de «Padre», el lenguaje de la fe indica principalmente dos aspectos: que Dios es origen primero de todo y autoridad transcendente y que es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos. Esta ternura paternal de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de la maternidad (cf. Is 66,13; Sal 131,2) que indica más expresivamente la inmanencia de Dios, la intimidad entre Dios y su criatura. El lenguaje de la fe se sirve así de la experiencia humana de los padres que son en cierta manera los primeros representantes de Dios para el hombre. Pero esta experiencia dice también que los padres humanos son falibles y que pueden desfigurar la imagen de la paternidad y de la maternidad. Conviene recordar, entonces, que Dios transciende la distinción humana de los sexos. No es hombre ni mujer, es Dios. Transciende también la paternidad y la maternidad humanas (cf. Sal 27,10), aunque sea su origen y medida (cf. Ef 3,14; Is 49,15): Nadie es padre como lo es Dios.

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