Capítulo 1: Jesús y Nicodemo

Introducción
Lectura y comprensión del evangelio
Enseñanza teológica y espiritual
Lectura y meditación

1. Introducción

La vida está llena de encuentros. Desde el momento del nacimiento nos encontramos con familiares, parientes, vecinos y amigos. Aprendemos de sus modos de pensar, sus conversaciones, sus expresiones y sus acciones. Nuestra personalidad se desarrolla con quienes nos rodean, dentro de una sociedad en la que las personas tienen problemas y diversas opiniones, y que buscan construir un «mundo mejor». Alguno de estos encuentros puede ser decisivo y probablemente pueda cambiarnos la vida y transformarla haciéndola más auténtica e importante. Muchos buscan tal encuentro, y sueñan con hallar un corazón que lata de amor y alegría. Algunos tienen éxito en este empeño. Otros, lamentablemente, desfiguran este sueño en una búsqueda de fama, riqueza, buena posición y éxito social.

Vemos que con Dios el procedimiento es diferente. No es el hombre el que busca el encuentro con Dios. Es Dios mismo quien viene hacia nosotros, y quien sale al encuentro de cada individuo para revelarle su amor. Dios se ha hecho hombre y ha entrado en relación con nuestro mundo. Él ha unido el cielo y la tierra y nos ha concedido la vida eterna. Al hombre le basta descubrir a Jesús, que viene a nuestro encuentro, para que su corazón se llene del agua viva y no vuelva a tener sed, ni hambre, y nazca a la vida eterna. Así, el que encuentra a Cristo y cree en él, nacerá a una vida eterna y crecerá como un majestuoso cedro que no morirá jamás.

2- Lectura y explicación del evangelio:

El encuentro de Jesús y Nicodemo (Jn 3,1-21)

1Había un hombre del grupo de los fariseos llamado Nicodemo, jefe judío. 2Este fue a ver a Jesús de noche y le dijo: «Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él». 3Jesús le contestó: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios». 4Nicodemo le pregunta: «¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?»
5Jesús le contestó: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. 6Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. 7No te extrañes de que te haya dicho: “Tenéis que nacer de nuevo”; 8el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu». 9Nicodemo le preguntó: «¿Cómo puede suceder eso?»
10Le contestó Jesús: «¿Tú eres maestro en Israel, y no lo entiendes? 11En verdad, en verdad te digo: hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero no recibís nuestro testimonio. 12Si os hablo de las cosas terrenas y no me creéis, ¿cómo creeréis si os hablo de las cosas celestiales?13Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. 14Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, 15para que todo el que cree en él tenga vida eterna. 16Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. 17Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. 18El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios. 19Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. 20Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. 21En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios».

2. 1- Explicación

Introducción: Nicodemo era un fariseo de Galilea miembro del Sanedrín (compuesto por sacerdotes, ancianos y fariseos). San Juan menciona a Nicodemo tres veces en su evangelio: 3,1-21; 7,50; 19,39.
Llega de noche: la noche simboliza el reino del mal. Cuando Judas se va de la Última Cena, Juan, el evangelista, añade: «Era de noche» (Jn 13,30); es decir, Judas abandonaba la luz (Jesús) y se adentraba en la noche. Por el contrario, Nicodemo deja la noche para entrar en la luz. Uno puede preguntarse por qué Nicodemo buscaba a Jesús de noche. Algunos responderán que era porque tenía miedo de los judíos. Pero, muy probablemente, levantarse por la noche para leer y estudiar la Torá era una prescripción de la tradición rabínica.
A. Primera parte: El diálogo con Jesús (Jn 3,2-10)
Para Nicodemo (vv. 1,2,4,9) Jesús es un «maestro venido de Dios», un maestro que se distingue de los demás. Se dirige a él respetuosamente como «Rabí», como lo haría con cualquier otro colega. Al emplear la forma «sabemos» sugiere que todos consideran que Dios está con Jesús, gracias a los signos que realiza. A la pregunta espontánea y superficial que plantea al mencionar el nacimiento del vientre de la madre, Jesús responde en un nivel más profundo y espiritual, cuando habla del nacimiento del Espíritu, de un nacimiento que no es corporal.
Las respuestas de Jesús (Jn 3,2-10): Nicodemo quiere conocer la identidad de Jesús, si es el «Mesías», cuál es su identidad terrena y política. Jesús corrige su punto de vista y dice que el verdadero encuentro con el Mesías no se basa en un conocimiento superficial, sino en un encuentro profundo con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Jesús le responde (Jn 3,3): «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios». El nuevo nacimiento es la condición para ver (y entrar en) el reino de Dios.
Jesús le respondió (Jn 3,5): «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios». El nacimiento por el agua y el Espíritu es el bautismo, que nos hace hijos de Dios por el poder del Espíritu Santo. El agua tenía un significado espiritual en el Antiguo Testamento (cf. Ez 36,25; Gén 1,2; Is 44,2). También en el Nuevo Testamento (cf. Jn 7,37-38).
Jn 3,6: «Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu». El nacimiento en la carne es el nacimiento natural en la debilidad y está destinado a la muerte. En cambio, el nacimiento del Espíritu es un renacimiento espiritual en una vida real, plena y eterna, que lleva al hombre a compartir su vida con Dios.
Jn 3,8: «El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu». El término griego pneuma es equivalente a la palabra hebrea ruah, que significa «viento» o «espíritu». En el Antiguo Testamento se compara la acción de Dios con el viento oculto: «Del mismo modo que ignoras por dónde entra el espíritu de vida en los miembros de una mujer embarazada, también ignoras la obra de Dios, que todo lo hace» (Ecl 11,5).
Jn 3,10: «¿Tú eres maestro en Israel, y no lo entiendes?» Se supone que Nicodemo debería haber entendido a Jesús, ya que el Antiguo Testamento habla de la naturaleza paternal de Dios (Os 11,1: «De Egipto llamé a mi hijo»), del renacimiento espiritual y del derramamiento del Espíritu al final de los tiempos (Ap 3).
B. Segunda parte: El monólogo de Jesús (Jn 3,11-21)
Jn 3,13: «Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre». Descender y ascender al cielo se interpreta a menudo como la encarnación y la ascensión. El verdadero significado es que Jesús puede hablar de asuntos celestiales porque es del cielo y ha venido del cielo. Los judíos creían firmemente que ningún hombre había podido ascender al cielo para conocer directamente la voluntad de Dios. Sin embargo, por medio de Jesús, esto ya no es imposible, ya que podemos obtener la sabiduría de Dios en la redención que se logró con su muerte en la cruz.
Jn 3,14: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre». Moisés levantó la serpiente en el desierto y si alguna persona era mordida por una serpiente, miraba la serpiente de bronce y vivía (Núm 21,4-9). Del mismo modo, cualquier pecador que mira al Crucificado con fe es redimido. Entonces, ¿qué significa Jesús fue elevado? Significa que Jesús fue crucificado, glorificado en su resurrección y ascensión.
Jn 3,16-18: Sí, «tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios». Estos tres versículos hablan del amor de Dios por el hombre, su plan de salvación y la respuesta del hombre en la fe. El «hijo unigénito» es Isaac (en el Antiguo Testamento) y Jesús (en el Nuevo Testamento).
Este evangelista sugiere un esquema trinitario, encontramos la acción de la Trinidad en el texto: el tiempo del Padre (vv. 16-21), del Hijo (vv. 9-15) y del Espíritu Santo (vv. 1-8).
El evangelio de Juan habla de la redención como una realidad dinámica en acción: quien acepta y cree es redimido. La redención se compara con la luz: cuando vino esta Luz, la gente se dividió entre aquellos que la aceptaron y aquellos que renunciaron a ella y eligieron las tinieblas.

2. 2- Resumen y práctica

El evangelio de hoy (este evangelio) me invita a querer renacer. Dejaré mi oscuridad pasada y seguiré la Luz de Cristo, que renueva mi vida y le da sentido y riqueza. Renacer no es tarea fácil, ya que con cada nuevo nacimiento vienen los dolores, la dificultad de dejar atrás los malos hábitos del pasado y de ponerse la túnica nueva, símbolo de pureza y santidad.

Este texto me enseña que el renacimiento requiere que viva la vida del Espíritu, según la voluntad de Dios, conociendo a ese Padre amoroso, al Hijo Redentor encarnado y resucitado en la cruz por mi redención, y al Espíritu Santo, fuente de renovación y santidad.

3- Enseñanza teológica y espiritual:

La Santísima Trinidad

Todo nacimiento es un regalo para el recién nacido, ya que nadie se da a luz a sí mismo, sino que todos nacemos de otro. El recién nacido no cobra vida por su propio esfuerzo, sino por medio de sus padres y, naturalmente, por la gracia de Dios. Por eso, el nacimiento del Espíritu es, sobre todo, un regalo de Dios. Este regalo se otorga de forma gratuita antes de que el hombre haya tenido algún mérito, y el hombre acepta el regalo, lo cuida y responde a la llamada de Dios en su corazón. El ejemplo de Nicodemo y todos aquellos que querían conocer a Jesús hablan del deseo que Dios había puesto en sus corazones para encontrarse con él. Sus corazones se conmovieron con las palabras de Jesús, sus obras y su primer encuentro, ya que el Espíritu de Dios los había predispuesto a reaccionar ante las palabras y hechos de Jesús.
Tal es el comienzo del nacimiento, y Dios prosigue su acción cuando el hombre responde a su llamada. El recién nacido llega a la vida gracias a sus padres, quienes alimentan su relación con el hijo, lo educan y lo aman de un modo indescriptible. Cuánto más, pues, Dios impulsará nuestro deseo de conocerle, y seguirá cuidando de nosotros hasta que le conozcamos mejor y renazcamos cada día. El renacimiento en el Espíritu no es algo puntual: es una obra continua de la gracia por la que pasamos del hombre viejo al hombre nuevo, abierto a la obra de Dios en la propia vida y en el mundo entero.
En este renacimiento entran en juego dos elementos:
Conocer a Jesús. De hecho, renacemos para vivir con él. El evangelio y la fe de la Iglesia son dos elementos básicos de nuestro camino hacia el nuevo nacimiento. A medida que descubramos las realidades y los significados de la fe en la vida, podremos creer en esa fe y tomar nuestras decisiones vitales en consecuencia.
Abrirse a las experiencias de vida. El hombre vive muchos acontecimientos en su vida diaria y el creyente medita sobre ellos, buscando descubrir el mensaje de Dios en estos acontecimientos. Entre los muchos pensamientos y emociones personales, el creyente examina su corazón y su mente a la luz del evangelio, para encontrar lo que Dios quiere. Los momentos duros nos enseñan a buscar la presencia de Dios en nuestra vida y nos permiten acercarnos a Jesús y ser sus discípulos.
Cuando estoy preparado para afirmar la unión de mi vida a Jesús redentor, a quien ahora ya conozco bien, me presento ante la Iglesia para recibir el sacramento del bautismo, por medio de cuya gracia Dios me concede nacer de nuevo, declarar su paternidad sobre mi persona y mi pertenencia a la Iglesia. Así, me revestiré de Cristo y me convertiré en templo del Espíritu Santo.

4. Leer y meditar

Lectura de san Cirilo de Jerusalén (313-387)
Preparación al bautismo

Ya exhaláis, iluminados, el olor de la felicidad. Son ya flores de mayor calidad las que buscáis para tejer las coronas celestes. Ya despedís la fragancia del Espíritu Santo. Estáis ya en el vestíbulo del palacio real: ¡Ojala seáis también introducidos por el mismo Rey! Brotaron ya las flores de los árboles: esperemos que se dé también el fruto maduro. Anteriormente habéis dado el nombre, ahora se os llama a la milicia. Tened en las manos las lámparas para salir a buscar a la esposa: tenéis el deseo de la ciudad celeste, el buen propósito y la lógica esperanza. Pues es veraz el que dijo: «A los que aman a Dios todo les contribuye al bien». Pues Dios es generoso para hacer el bien y, por lo demás, espera la sincera voluntad de cada uno; por eso añade el Apóstol: «A aquellos que han sido llamados según su designio» (Rom 8,28). Cuando existe un propósito sincero, hace que seas llamado; así, si solo tienes dispuesto el cuerpo, pero estás ausente con la mente, perderás el tiempo.

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