Capítulo 3: El relato de la Navidad

Introducción
Lectura y comprensión del evangelio
Enseñanza teológica y espiritual
Lectura y meditación

1. Introducción

Nos preparamos para la Navidad en las semanas que la preceden. Decoramos el árbol de Navidad, compramos regalos y ropa, preparamos comida, pero nuestra verdadera preparación es la penitencia, la oración y la meditación para esta gran celebración. José y María llevaron una vida similar a la que hacemos en cualquier pueblo de hoy, disponiéndose para la inminente llegada de su hijo. Como el emperador Augusto había decretado el deber de registrarse en un censo, José y María viajaron hacia el sur, a Belén, para empadronarse, y durante esos días le llegó el momento de dar a luz.

¿Qué significa el evangelio de la Navidad para nosotros? ¿Cuál es la importancia de la encarnación en la historia de la humanidad? ¿Qué tiene que ver con nosotros? El tema de hoy se centrará en el hecho de que Dios se apareció ante nosotros con forma de niño. Esto es lo que llevó a santa Teresa del Niño Jesús a decir: «¿Cómo puede alguien tenerle miedo a un Dios que se hizo niño?»

2. Lectura y explicación del evangelio

Nacimiento de Jesús (Lc 2,1-20)

1Sucedió en aquellos días que salió un decreto del emperador Augusto, ordenando que se empadronase todo el Imperio. 2Este primer empadronamiento se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. 3Y todos iban a empadronarse, cada cual a su ciudad. 4También José, por ser de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, 5para empadronarse con su esposa María, que estaba encinta. 6Y sucedió que, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto 7y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada. 8En aquella misma región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. 9De repente un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor. 10El ángel les dijo: «No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: 11hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. 12Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». 13De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: 14«Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad». 15Y sucedió que, cuando los ángeles se marcharon al cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vayamos, pues, a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha comunicado». 16Fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. 17Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño. 18Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. 19María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. 20Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho.

2.1 Explicación

El relato de la Navidad contiene importantes significados teológicos escondidos en sus detalles históricos, geográficos y personales. Desde el punto de vista histórico, muchos conceptos se invierten: César Augusto, que había ordenado el censo, ya no es el centro de atención. El recién nacido, al ser el Mesías, es ahora el foco de atención.
Geográficamente, el foco de atención se desplaza del Imperio romano y de la provincia de Siria a Galilea, en Judá, y a Belén, la ciudad de David, donde Jesús nace en un pesebre. El evangelio da una razón clara para eso: «Porque no había sitio para ellos en la posada» (Lc 2,7). A nivel personal, se nos presenta la Sagrada Familia —José, María y el Niño Jesús— y una compañía de ángeles celestiales que se encuentran con los pastores en el campo: todos estos personajes representan una única familia.
El evangelio llama «primogénito» al recién nacido (Lc 2,7). De hecho, el primogénito es el que abre el seno de su madre, tenga hermanos menores o no. Los «hermanos» de Jesús mencionados en el evangelio no son sus hermanos de sangre, ya que conocemos a sus madres (Mt 27,56). Según la tradición judía, el primogénito era ofrecido a Dios y era redimido con sacrificios y ofrendas para ser devuelto sano y salvo a su hogar (Éx 13,2-12). José y María necesitaban tener una gran fe para ver en el Niño Jesús al Mesías, el Salvador largamente esperado. Nacer en un pesebre no armonizaba con las numerosas imágenes milagrosas de las profecías de Dios que encontramos en el Antiguo Testamento. Aquí yace un bebé silencioso en medio de la noche y en completo aislamiento. Se presenta pobre, indefenso, Dios escondido en forma humana: ¡él es la Palabra de Dios hecha carne! A pesar de esta apariencia humilde, José y María se quedan asombrados ante este misterioso niño, porque ellos mismos provienen de esos pobres que han esperado durante mucho tiempo la redención. Su fe les ayuda, en efecto, a descubrir el poder de Dios hecho carne en su inmenso amor por la humanidad.
Los ángeles son siervos y mensajeros de Dios, que llevan las buenas nuevas a su pueblo. Se presentan en su modo habitual:
Adoran a Dios constantemente y le cantan himnos.
Comparten la alegría del cielo con nosotros.
Anuncian a los pastores la buena nueva del nacimiento de Cristo en un pesebre.
– No invitaron a los ricos y poderosos a inclinarse y adorar al que cumple las promesas. En efecto, los ricos se negaron a ir a un humilde pesebre, como más tarde se negarían a creer en el Mesías colgado en la humillación de la cruz de madera.
Los pastores, humildes y marginados, son los primeros testigos, adoradores y evangelizadores. Representan a los niños pequeños a quienes Dios revela los secretos de su reino (Lc 10,21). Todo hombre pobre y humilde a lo largo de la historia será como estos niños pequeños, los privilegiados a la hora de recibir las revelaciones de los misterios de Dios y de la redención. Por lo tanto, la alegría rebosa en los corazones de los creyentes; los pastores regresaron alabando a Dios después de haber visto al niño Jesús en el pesebre. Y todos quedaban maravillados al escucharlos.

2.2 Resumen y práctica

La Navidad, el nacimiento de Cristo, es la historia de la unión entre sus naturalezas divina y humana. San Pablo afirma de Cristo: «Siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres» (Flp 2,6-7). Cuando san Pedro invitaba a los creyentes a mantenerse alejados de la depravación de la lujuria, fijaba la meta final: «Con las cuales [sus gracias] se nos han concedido las preciosas y sublimes promesas, para que, por medio de ellas, seáis partícipes de la naturaleza divina, escapando de la corrupción que reina en el mundo por la concupiscencia» (2 Pe 1,4). Dios se hizo hombre para elevar al hombre a la piedad, levantándolo de las preocupaciones mundanas.
En el momento del parto, la Sagrada Familia experimentó las dificultades de viajar y de la pobreza. Por eso, la Navidad nos invita a vivir la pobreza por libre elección y a evitar derrochar en frivolidades. Liberarnos de las cosas mundanas nos ayuda a vivir más apegados a Cristo y a compartir los sufrimientos de los demás. De hecho, los refugiados y los deportados de hoy están experimentando el viaje de la Sagrada Familia de Nazaret a Belén, a Egipto y de regreso a Galilea. Nuestra solidaridad con nuestros hermanos pobres debería hacernos pensar que, a menudo, tenemos más de lo que necesitamos, y que muchos pobres en el mundo carecen de lo necesario para vivir y de muchas de las cosas que tenemos a mano.
La experiencia de los pastores nos enseña que conocer a Cristo realmente cambia nuestra vida. Los pastores se hallaban en un estado de profundo temor (Lc 2,9). Después de conocer a Jesús (Lc 2,16), regresaron glorificando a Dios y bendiciéndolo (Lc 2,20). Al igual que estos pastores, debemos buscar el encuentro con Cristo. Esperemos que los belenes en nuestros hogares e iglesias se conviertan en nuestro lugar preferido para la adoración, la oración y la meditación. Quien conoce a Cristo experimenta un cambio radical en su vida y se convierte en portador de la Buena Noticia.

3. Enseñanza teológica y espiritual

El misterio de la encarnación

Dios, que está por encima de todo y es más grande que todo, en su incomparable amor, no ha querido permanecer en el cielo alejado de nuestra existencia. Quiso compartir nuestra vida para hacernos partícipes a su vez de sus riquezas y su divinidad. Y para poder compartir nuestros sufrimientos, envió a su Hijo unigénito, al Enmanuel, Dios-con-nosotros, igual en todo a él, para hacerse hombre entre nosotros. Él concedió a sus discípulos poder compartir su vida para que pudieran aprender de él y de la verdad que él revelaba, materializada en su mayor acto de amor en la cruz y en su gloriosa resurrección de entre los muertos.
Para comprender esto, los seres humanos necesitamos que ese conocimiento se extienda por nuestros sentidos. Y Dios, en su amor ilimitado, respetó la naturaleza humana y aceptó entablar una relación con nosotros. Por eso, envió a su propio Hijo a vivir entre nosotros, al que hemos visto con nuestros propios ojos, oído con nuestros oídos y tocado con nuestras propias manos (1 Jn 1,1).
Porque tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único para que se hiciera hombre, asemejándose a nosotros en todo, excepto en el pecado, viviendo como nosotros, experimentando la muerte y la sepultura. Por eso nos concedió la vida eterna a través de su resurrección.
¿Qué significa que el Hijo de Dios se hizo hombre? Significa que vivió entre nosotros durante treinta y tres años, como un hombre como nosotros. Sin embargo, no debemos olvidar que mantuvo su naturaleza divina durante su vida terrenal, manifestándola en todo su esplendor en la resurrección. En la tierra, hizo milagros, habló con Dios, su padre, afirmando que él era más que el templo y la ley del Antiguo Testamento. En efecto, él es la verdadera Palabra de Dios, definitiva y completa, que estaba con el Padre desde la eternidad, antes de la creación del mundo.
A lo largo de su historia, la Iglesia ha sido plenamente consciente de las dimensiones del amor divino y ha preservado el término «misterio» para la encarnación, respetando la riqueza de esta realidad, que sigue siendo inconcebible para nuestro pensamiento humano. Así, la entendemos en la medida de lo posible; nos regocijamos en esta realidad y vivimos en ella, a pesar de que trasciende nuestra comprensión actual. Entramos en esta realidad día tras día, nos alimentamos de ella, pero no podemos agotar su verdad. En este sentido, la Iglesia habla de ciertos «misterios», como la encarnación, la redención y la Trinidad, todos ellos revelados por el Señor, pero imposibles de comprender plenamente mientras caminamos por este mundo. Esperamos el momento de encontrarnos cara a cara con Dios, cuando «seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es» (1 Jn 3,2).

4. Leer y meditar

Lectura de san Máximo el Confesor (580-662)

La encarnación sigue siendo un misterio

El Verbo de Dios nació según la carne una vez por todas, por su bondad y condescendencia para con los hombres, pero continúa naciendo espiritualmente en aquellos que lo desean; en ellos se hace niño y en ellos se va formando a medida que crecen sus virtudes; se da a conocer a sí mismo según la capacidad de cada uno, capacidad que él conoce; y si no se comunica en toda su dignidad y grandeza no es porque no lo desee, sino porque conoce las limitaciones de la facultad receptiva de cada uno, y por esto nadie puede conocerlo de un modo perfecto. Y así, aunque la Palabra de Dios siempre se manifiesta en la vida de quienes participan de él, sin embargo, debido a que el misterio es trascendente, él permanece siempre invisible para todos.
En el Oriente una estrella brilla en pleno día y guía a los magos hasta el lugar en que yace el Verbo encarnado; con ello se demuestra que el Verbo, contenido en la ley y los profetas, supera místicamente el conocimiento sensible y conduce a los gentiles a la luz de un conocimiento superior. Las enseñanzas de la ley y los profetas, cristianamente entendidas, son como la estrella que conduce al conocimiento del Verbo encarnado a todos aquellos que han sido llamados por designio gratuito de Dios.
Así, pues, Dios se hace perfecto hombre, sin que le falte nada de lo que pertenece a la naturaleza humana, excepto el pecado (el cual, por lo demás, no es inherente a la naturaleza humana); de este modo ofrece a la voracidad insaciable del dragón infernal el señuelo de su carne, excitando su avidez; al morderlo, este cebo se había de convertir para él en veneno mortal y causa de su total ruina, por la fuerza de la divinidad que en su interior llevaba oculta; esta misma fuerza divina serviría, en cambio, de remedio para la naturaleza humana, restituyéndola a su dignidad primitiva.
La encarnación de Dios es un gran misterio, y nunca dejará de serlo. ¿Cómo el Verbo, que existe personal y substancialmente en el Padre, puede al mismo tiempo existir personal y substancialmente en la carne? ¿Cómo, siendo todo él Dios por naturaleza, se hizo hombre todo él por naturaleza, y esto sin mengua alguna ni de la naturaleza divina, según la cual es Dios, ni de la nuestra, según la cual es hombre? Únicamente la fe puede captar estos misterios, esta fe que es el fundamento y la base de todo aquello que excede la experiencia y el conocimiento natural.

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